Hace un año, el ejército de Israel decía haber asesinado en Gaza a 15 mil “terroristas” desde octubre de 2023 (https://is.gd/c4v56X). Si ha sido fiel a su empeño, a estas alturas andará por el doble, unos 30 mil, que era lo que lo que los cálculos más altos cifraban la militancia de Hamas, por lo que esa organización ya no existiría.
Pero es una contabilidad incierta. No sólo porque, como ocurre con todos los ejércitos del mundo, el del régimen de Tel Aviv infle las bajas ajenas y minimice las propias, sino también porque no está claro a qué se refiere con “terroristas”, sino también porque no está muy claro qué quieren decir los gobernantes israelíes y sus propagandistas cuando emplean ese término.
Más de un funcionario israelí ha dicho que la población palestina en su conjunto está integrada por terroristas, y los medios del sionismo insisten una y otra vez en hablar de “niños terroristas” (https://is.gd/qPLnmU) o, al menos, de una infancia que está siendo entrenada para serlo (https://is.gd/DPULw2, https://is.gd/5s0YYC).
Ese discurso justifica el genocidio, un crimen de lesa humanidad que se comete contra seres humanos, independientemente de si son blancos o negros, árabes o judíos, terroristas o no.
Benjamin Netanyahu se escandaliza ante las acusaciones en su contra por encabezar un régimen genocida y dice que no, que qué barbaridad, que si él y los suyos pretendieran un genocidio, lo habrían logrado en una tarde, sin aclarar si se trataría de una tarde lluviosa o si habría que esperar un tiempo soleado.
Tampoco es su culpa, dijo hace unos días, la hambruna que sufren los habitantes de la franja de Gaza y que si su intención hubiese sido provocar tal circunstancia, “de dos millones de gazatíes no habría quedado nadie vivo hoy, después de 20 meses” (https://is.gd/qr4edL).
Lo cierto es que el régimen israelí empezó a cerrar el paso de la asistencia humanitaria a la franja en forma paulatina; todavía en marzo del año pasado pudo llegar a Gaza un barco de Open Arms, cuando ya un tercio de los gazatíes estaban pasando hambre.
En este año 2025, en cambio, las embarcaciones de la flotilla Libertad –en una de las cuales viajaba Greta Thunberg– fueron interceptadas en mar abierto por la marina de guerra del régimen sionista.
Pese a los bandazos de Tel Aviv entre el cinismo y la hipocresía, a los ojos del mundo ha quedado claro que el programa aplicado en Gaza se llama eliminación de la población.
No pueden tener otra cosa en mente los gobernantes israelíes cuando bombardean, además de oficinas públicas y presuntos centros de operación de los “terroristas”, viviendas civiles, escuelas, campos de refugiados, hospitales, iglesias y hasta cafeterías.
Población es otra palabra curiosa, porque no sólo se refiere a un grupo humano, sino también a su relación vital con un lugar específico. O sea que no es obligado matar a todos los integrantes de una población para borrarla de la faz de la Tierra; si rompes el vínculo entre esa gente y la zona en la que habita (no sólo matando a las personas, sino también aplicando una estrategia de tierra arrasada, como esa que le encantaba a los romanos en Cartago o a los nazis en Lídice), también habrás logrado una eliminación poblacional, un exterminio, pues, un genocidio.
El genocidio es de las cosas más horribles que pueden cometerse, pero eso no significa que sea imposible construir justificaciones para perpetrarlo.
Por ejemplo, en el siglo XIII el papa Inocencio III convocó –apoyado por el rey Felipe Augusto, así como por duques, condes y arzobispos ambiciosos– a una cruzada contra los cátaros, cristianos heterodoxos que habían prosperado en la Francia septentrional, y que resultaban un dolor de muelas para el Vaticano.
En ese contexto, los cruzados, dirigidos por un tal Arnaldo Amalrico, pusieron sitio a la ciudad de Béziers, que tenía a la sazón unos 10 mil habitantes, practicantes en su mayor parte de la fe cátara. En julio de 1209 los atacantes lograron entrar a la ciudad y cuando los mandos militares le preguntaron a Amalrico qué hacer con la población, él pronunció la frase con la que entró a la historia: “Mátenlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos”.
Dicho sea de paso, hasta antes de esa atrocidad Béziers era llamada “la pequeña Jerusalén” y habitaba en ella una comunidad judía destacada por sus sabios, sus rabinos y sus poetas, como Abraham y Jedaías Bedersi, padre e hijo (https:// is.gd/omafKc).
Esa comunidad llegó a su fin cuando los invasores pasaron a degüello a los habitantes, sin importar que fueran cátaros, judíos o leales a Roma: a fin de cuentas, tras su muerte, Dios habría de poner a cada uno en su sitio, que ya no sería Béziers sino el más allá. Aunque es verdad que no toda la población fue terminada y que algunos lograron salir vivos y asentarse en Cataluña.
Ahora, uno se pregunta si habrá un Dios que sea capaz de ponerse a clasificar a los asesinados de Gaza sin inmutarse y sin sentir náusea.
¿Sentirá náusea Dios?
¿Qué pensarán al respecto los Amalricos que gobiernan en Israel?