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"Contar la vida era mi aspiración": Mateo Díez

24 de abril de 2024 09:00

Madrid. En el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, el escritor Luis Mateo Díez, originario de León y uno de los fabuladores de historias más importantes de las últimas décadas, fue galardonado con el Premio Cervantes, con el que se consagra como un clásico vivo de la literatura en español. En su discurso de recepción, el novelista y cuentista reconoció –tras hacer un repaso por sus grandes referentes en la literatura y en otra de sus grandes fuentes de inspiración y aficiones, el cine– que fue un niño de posguerra, la que creó una atmósfera de tristeza y desolación que lo llevó a convertirse en escritor.

Mateo Díez, nacido en el pueblo leonés de Villablino en 1942, es uno de los académicos de la Real Academia Española. Entre sus libros más destacadas se encuentran La fuente de la edad, La ruina del cielo, La cabeza en llamas y Los frutos de la niebla, en los que habla de la realidad cotidiana de la España rural, de la que él mismo procede, para atestiguar cómo se va desvaneciendo con el paso de los años.

Mateo Díez se remontó en el tiempo para explicar su presente: La infancia, decía Cesare Pavese, es el tiempo mítico del hombre, lo que a cada uno corresponde de esa edad originaria en que todo nos llega y sucede por vez primera, el asombro de la luz en la inocencia, sentimientos y emociones que van a marcarnos de forma indeleble, el patrimonio de lo primigenio, la experiencia de lo primordial.

De ahí que recordara que “fui un niño de posguerra y el lastre de ese tiempo histórico detalla en la memoria atmósferas y sucesos que la empañan, de manera que una infancia en esos años puede destilar un apego de tristeza y desolación, lo que tantas pérdidas suponen entre las familias y los vecindarios y, sin embargo, la geografía y el paisanaje de mi niñez no llegaban a enturbiarse del todo, supongo que porque la suerte de los afectos se sobreponía a la desgracia de tantas desdichas.

Mi destino de escritor, nada menos, ya ven ustedes con qué facilidad la vida me encaminaba y encandilaba, con el sustrato primitivo de una fascinación y un embeleso, de tal modo que escuchar y escribir unían lo que leer y contar tenían de aliciente y acicate. Un maravilloso entretenimiento que daría razón de ser a ese destino irremediable, si ustedes consideran la vicisitud en que ahora mismo me encuentro, intentando dar cuenta de dónde proviene el narrador que les habla y que, sin remedio, llegó a comprender como contrapartida en cuanto adquirió la lógica distancia, aquello que afirma Rilke de que la infancia es la patria perdida del hombre.

El inquietante y entrañable Don Quijote

Como es habitual en los discursos de recepción del Premio Cervantes, el galardonado hizo alusión a Don Quijote de La Mancha: El libro que escuché con mayor deleite y aprovechamiento en alguna de aquellas versiones apropiadas de nuestros clásicos. Puedo recordar muy bien la mañana de su primera lectura, cuando en el invierno del Valle la nevada nos robaba el recreo y el incipiente caballero venía de mucho más lejos de lo que me permitieran percibir los copos que alborotaban los ventanales de la escuela, de la llanura de un sol agostado o de los horizontes que propiciaban la impiedad del enajenamiento para los caballeros que iban a desfacer entuertos como quien sale de casa para remediar el mundo... Don Quijote llegaba para quedarse conmigo como un héroe no menos inquietante que entrañable, del que bastante tiempo después, cuando el incipiente narrador en que habría de convertirme, heredero a veces avergonzado de aquel niño escritor que, por suerte, nunca hizo una redacción sobre la vituperable vida de las moscas, comencé a saber que no era un héroe, que el caballero de la triste figura tenía otra catadura como figura enaltecida en la gloria de quien lo había creado, y que más bien de un antihéroe se trataba, de un reincidente perdedor, término que nunca me gustó, pero que no deja de ser significativo, abocado a las perdiciones y los fracasos, por muy ensoñados que se forjaran.

Y a partir de esa conclusión, Mateo Díez entendió poco a poco su propio oficio: Contar la vida era mi aspiración, supongo que la revelación de tantos cuentos y voces contadoras, íntimamente unidas a las propias de los grandes maestros de la ficción, a lo que el conocimiento significa en el patrimonio de la imaginación literaria, ahormaba y fertilizaba el largo proceso de aprendizaje en el que yo, pacientemente, velaba las armas del novelista, escribía con tesón y rigor buscando mis modelos y, en cualquier caso, intentando sentirme heredero de cuánto pensaba que me enriquecía al llegar a mis manos.

Y así, tras hilvanar historias y referencias literarias a lo largo de su vida, Mateo Díez volvió a esa infancia de posguerra para culminar el que fue quizá uno de los discursos más importantes de su vida: Vuelvo a recordar a mis personajes, que a veces casi se me convierten en personificaciones, y recupero la imagen de aquel héroe invernal de mi infancia que está en el subsuelo de todos ellos, que pervive en el espejo de su lucha por la vida y la quimera, lo que la imaginación procura para que la realidad, y sus precariedades y afrentas, no culmine la derrota, aunque sea en la experiencia de la muerte cuando el caballero de la triste figura cubra el límite de sus hazañas, desde el trance de una locura redentora a la quimera y, finalmente, a la cordura que ensalza y redime la existencia trastornada de quien salió de casa para salvar al mundo.

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