Antes, “hacer fiesta” aludía a la capacidad que debían exhibir los sectores taurinos para, de manera individual y conjunta, contribuir a un desarrollo atractivo de la fiesta de los toros, a modo de fomentar en los públicos afición y asistencia asidua, cuidando los binomios precio-emoción y bravura-personalidad, tanto para que pudiera asistir mayor cantidad de gente como para fomentar competencias y partidarismos que desembocaran en el surgimiento de nuevas figuras e ídolos de los ruedos. Lo demás era hacer el ridículo.
El amiguismo es costumbre que favorece a amigos, reales o fingidos, en perjuicio del derecho de terceras personas o, peor, de tradiciones e instituciones que se ven debilitadas por esa práctica, sobre todo cuando esos amigos carecen de experiencia y anteponen su lealtad emergente a la preparación y profesionalismo requeridos. Esto, en política y en lo demás.
Me entero de que el sábado pasado, la alternativa del prometedor diestro mexicano Bruno Aloi en la Plaza Monumental de Aguascalientes, llamada por algunos “la otra de los Bailleres” pues también poseen la San Marcos, con Andrés Roca Rey y Luis David de padrino y testigo respectivamente, resultó un petardo gracias al escaso juego del encierro de la ganadería de Villacarmela.
Surgen entonces preguntas como: ¿Quién decidió para tan señalada ocasión que fuera precisamente esa ganadería y no otra, entre las 350 que existen en el país? ¿La autoridad, la empresa, el padrino, el toricantano? Siendo Bruno Aloi nieto, hijo y sobrino de los ganaderos de Rancho Seco, San Antonio de Padua, Cuatro Caminos y Hernández Cossío, ¿por qué no se escogieron reses de esos hierros para tan importante fecha?¿Por compromisos contraídos con anterioridad? ¿Por falta de confianza? ¿Porque entrañaban mayor dificultad? Como haya sido, en Agüitas y el resto del país los promotores taurinos ven la tempestad y no han aprendido a hincarse, como no sea ante los ases importados. Cada quien sus complejos.
En un abrir y cerrar de ojos desapareció la plaza La Florecita, en Naucalpan, con 2 mil 500 localidades y un brillante historial de 58 años. Por ahí pasaron empresarios sensibles –¡salud, doctor Alberto Narváez, Lalo Cuevas y Pepe San Martín!– que supieron hacer fiesta con toros bravos y toreros entregados en contraste con la pobre oferta de la Plaza México en estas tres décadas. Aunque La Flor fue adquirida por un ganadero de bravo, nadie pensó que la haría reverdecer laureles sino aprovecharla para otro desarrollo inmobiliario. Hay prioridades.
Apenas de México, oía yo de niño que le llamaban a Saltillo, capital de Coahuila, tan imaginativo que desde 1929 sólo ha sido bastión priísta. Luego de un coscorrón me enteré que el calificativo original era “La Atenas de México” y supe también que en tan helénica competencia contendía con Xalapa, ésta con su primera Escuela Normal del país y aquella con su Ateneo Fuente. En el virreinato coahuilteca de los Moreira, Humberto, de 2005 a 2011, construyó un Museo de la Cultura Taurina y Rubén, de 2011 a 2017, mejor prohibió la fiesta de toros por lo que el actual gobernador, Manuel Jiménez Salinas, ha decidido demoler la plaza Armillita de la capital coahuilense y levantar ahí una Expo que entre otros atractivos contará con un Wine Garden Food Court para la cultura vinícola, catas y maridajes. ¡Great! Y en Puebla, el sensible gobernador morenista, Alejandro Armenta Mier, echará abajo la plaza El Relicario-Joselito Huerta para erigir el Fórum Por amor a Puebla. Con tan sensibles gobernadores, ¿para qué queremos invasores?