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Diablos Rojos doblan 4-3 a Yanquis, medio siglo después

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El dominicano Robinson Canó celebra con sus compañeros su primer jonrón con los Pingos. Foto cortesía Diablos Rojos
25 de marzo de 2024 07:41

Ciudad de México. Hace un siglo prohibieron ensalivar la pelota en el beisbol. Un viejo truco de peloteros eternizados en color sepia que solían humedecer con la lengua el cuero de la bola, una artimaña que fue incluida en la lista de costumbres proscritas desde 1920. Eso lo sabía la estrella mexicana Alfredo Zurdo Ortiz, serpentinero bien templado, como los de antes, cuando tuvo enfrente al monstruo del bateo, Mickey Mantle, cañonero de los Yanquis de Nueva York que había ganado una triple corona con el tolete.

Eso fue en marzo de 1968, cuando los Mulos del Bronx visitaron a los Diablos Rojos del México para un par de juegos de exhibición en el parque del Seguro Social en Narvarte, donde hoy domina una impersonal plaza comercial que borró parte de esa memoria. Tal como sucedió en ese entonces, 56 años más tarde, ayer volvieron los Yanquis a visitar a los Pingos, pero ahora en el imponente estadio Alfredo Harp Helú de la Magdalena Mixiuhca, donde los escarlatas vencieron con dosis de drama a los de Nueva York por 4-3. Una revancha con medio siglo de atraso.

No obstante, el Zurdo recuerda que echó mano de ese truco prohibido para salir intacto ante Mantle. Claro que lo sabía, lo dice con cierta malicia. Para todo pelotero existe un registro de trucos para resolver entuertos y las preguntas morales que las hagan los jueces.

Todo mundo tiene sus mañas para salir de los problemas. Siempre que sólo sean picardías de juego, se vale echar mano. Yo ni siquiera le contaba a mis receptores que había ensalivado la pelota, sólo se quejaban de que les brincaba mucho, recuerda el Zurdo a sus 80 años.

Antes también le untaban vaselina a la bola, pero tenía que ser neutra para que no oliera, o le ponían brea, para dar efecto. Eso ya no se hace. Lo que pasaba con la pelota es que se volvía muy inestable y era casi imposible de batear, agrega.

Como había hombres en base y en la caja de bateo estaba un semidiós del beisbol, el Zurdo no tuvo remilgos para ensalivar la bola. La tiró con la mejor versión que disponía en ese momento y Mantle tuvo también la malicia o la suerte de pegarle a la pelota en el lado seco –relata Ortiz–, de modo que esa bola maliciosa le jugó una mala broma al serpentinero mexicano. Doña Blanca, como le dicen con cariño los jugadores, se fue en un viaje sideral que todavía dicen quedó como recuerdo a los moradores del vecino Panteón Francés.

El primer juego de hace medio siglo fue el 18 de marzo, cuando los Diablos vencieron a los Yanquis por 5 a 3. Dos días después, los escarlatas sufrieron la derrota 9 a 1 con el Zurdo en el montículo y Mantle enviando la bola al sueño eterno en el referido camposanto.

Aquellos eran jugadores moldeados con otra arcilla, reconoce el mexicano. Estaban a caballo entre el profesionalismo y el espíritu amateur, con salarios que estaban muy lejos de las sumas actuales. Hoy son más completos los peloteros, les miden todo y la tecnología y conocimiento los hace más atletas. Pero nosotros sabíamos nuestras mañas, cuenta con picardía.

El anuncio de estos Yanquis de Nueva York detona el entusiasmo de los aficionados. Conocen el roster y saben que no vinieron algunas estrellas como Aaron Judge o Alex Verdugo, pero el equipo tiene un valor histórico como para no emocionarse. Los altavoces anuncian al lanzador mexicano Víctor González y el estadio estalla en estruendo. Hay estrellas como Giancarlo Stanton, Oswaldo Cabrera y José Treviño que provocan gritos. Aunque para muchos se trata de una alineación en la que escasean las figuras, es más un equipo de entrenamiento de primavera.

Treviño quiso venir con los Bombarderos porque tiene familia en México, ese hecho lo llevó a decir que estaba interesado en este juego.

Tengo unos tíos que vinieron. Me hablaron de esta ciudad, del ambiente y el tipo de estadio donde jugaríamos. Entendí que estaría en la mejor ciudad y el mejor estadio, así que me emocioné con eso, cuenta Treviño.

Cuando me preguntaron si quería venir, dije de inmediato que sí. El estadio es increíble, pero no quise ver fotos ni meterme a Internet para investigar antes, quería ver todo con mis propios ojos. Es un gran estadio, confesó Stanton.

Un juego pingo

El flamante Trevor Bauer se estrenó como abridor de los Diablos y consiguió los tres outs apoyado por la solvencia de sus compañeros a la defensiva. Pasaron nombres fulgurantes como Stanton y Cabrera, y regresaron al dogout sin hacer daño con el bate. En la segunda entrada, el nuevo serpentinero escarlata se lució al sacar el turno ileso, con bases llenas y Anthony Volpe ponchado abanicando. A esto se viene a un parque de pelota en domingo. Bauer lanzó tres entradas completas en las que recibió cuatro imparables, regaló dos bases por bolas y ponchó a tres.

Los escarlatas le pusieron más emoción al juego. En el cuarto rollo, Robinson Canó bateó un cuadrangular que salió por el jardín derecho. La hipérbole tradicional del beisbol diría que aquella bola llegó hasta las calles del Bronx. El público sentía que había espacio para una revancha con medio siglo de atraso.

Y en la sexta, Canó bateó un doble con una línea a lo profundo del jardín izquierdo. Un out de sacrificio de Japhet Amador, el Gigante de Mulegé, impulsó la carrera del dominicano. Ya encendidos, Aristides Aquino conectó un sencillo productor que anotó José Rondón. Un inning emotivo para los escarlatas con dos rayitas para la causa.

El mexicano Víctor González subió a la loma para lanzar por los Yankees en la séptima, esa que llaman la fatídica. Y lo fue para el de Nayarit porque Canó estuvo inspirado y pegó una línea productora de la cuarta carrera de los Diablos, anotada por Juan Carlos Gamboa. El dominicano se llevó en la cuenta un jonrón, una anotada y otra impulsada.

La novena entrada fue de drama innecesario para los que llevaban ventaja, pero un banquete para los aficionados. A un out de que los Diablos consumaran la blanqueada, los Mulos lograron mover la pizarra con un doble de Carlos Narváez que impulsó dos carreras, una de Greg Allen y otra de Jared Serna.

Para cerrar a la Diabla, es decir, haciendo malabares con el destino, Cole Gabrielson conectó un doble que empujó a Carlos Narváez para anotar otra y quedar a una de un empate. Todo se podía ir al infierno para estos escarlatas, pero lograron sacar el último out a José Rojas y dejar la pizarra 4-3. La venganza estaba consumada, pero al precio de una amenaza infernal.

 
 

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