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El PRI resuelve... ¿para quiénes?

18 de mayo de 2024 00:03

Con frecuencia se proclama: “2 de octubre no se olvida”, “10 de junio no se olvida”. Desde la época del presidente Carranza se han dado auténticas masacres contra diversos sectores populares, y no olvidemos que para el sanguinario general Pablo González era casi un deporte asesinar campesinos zapatistas, mientras el general Francisco Murguía era apodado Pancho Reatas por su afición de ahorcar a multitud de luchadores villistas. Posteriormente, el propio Murguía dirigió una carta al general Álvaro Obregón acusándolo de ser un criminal insaciable y de mandar a ejecutar cientos de personas. Por supuesto, el llamado Manco de Celaya mandó a asesinar al propio Murguía.

Durante casi todo el siglo XX se procuró mandar al otro mundo a muchos participantes de movimientos populares y a multitud de luchadores sociales como Primo Tapia, José Guadalupe Rodríguez, Issac Arriaga y muchísimos más. Y no es que esas matanzas hayan sido olvidadas, sino que ni siquiera se sabía de ellas, porque en los principales medios de comunicación se censuraba la información sobre tales infamias cometidas principalmente por altos funcionarios del gobierno apoyados en su partido, el llamado Partido Revolucionario Institucional (PRI). Debe tomarse en cuenta que esa organización tenía un carácter multiforme y plural, y muchos de sus militantes eran gente progresista y honorable que ni siquiera conocían las monstruosidades de sus dirigencias.

Al respecto, quisiera referirme a un hecho significativo en este campo. Gustavo Patiño Guerrero fue uno de los mejores quarterbacks del equipo de futbol americano de la UNAM; era mi primo y trabajaba para el PRI. Lamentablemente, Gustavo ya no está en este mundo y no puede dar testimonio de lo que digo. Gustavo me dijo en una ocasión “Te salvaste de ser linchado”.

A principios de 1961 (no recuerdo la maldita fecha) un peruano lacayo de los magnates de la Casa Blanca que había roto relaciones con la Cuba revolucionaria decidió visitar México, en particular la Ciudad Universitaria en la capital del país. Yo y un grupo de compañeros organizamos una protesta contra la visita de ese político, y cuando nos hallábamos ya en un mitin, apareció un grupo de 20 porros que se pusieron a reprimirnos.

Disto mucho de ser un valiente al estilo de Jorge Negrete o Pedro Infante en la mayoría de sus películas, pero no pude contener la ira cuando vi que uno de esos golpeadores le daba una patada a una compañera que repartía volantes. Entonces insulté al siniestro porro y en ese momento sus compañeros empezaron a golpearme y a romper partes de mi vestidura.

Por fortuna, el que parecía comandar a los porros, un joven militante del PRI de apellido López Velarde –que me parece no era pariente del famoso poeta–, además de mentarme la madre, les ordenó que dejaran de pegarme. A fin de cuentas, no era conveniente que me hicieran víctima de una enorme golpiza en plena mañana y en medio de muchos testigos. Tiempo después, Gustavo, amigo de esos varios iracundos caballeros, me dijo que habían ansiado lincharme.

Relato este asunto porque no se trata solamente de un asunto personal, sino de la violencia cotidiana que muchos testaferros del partido oficial empleaban contra sectores de la población de esa época. Gustavo me informó que desde la Rectoría de la UNAM se repartían varios millones de pesos para reprimir fundamentalmente a grupos de izquierda, y que el monto de ese dinero provenía básicamente del PRI y del gobierno federal. En la campaña electoral de hoy en día, una apologista del PRI proclama que los mejores tiempos de México fueron bajo el mando del PRI y que ese partido sí resuelve. Opino que sí fueron mejores tiempos, pero para un grupo de explotadores y hambreadores y que el PRI sí resuelve, pero resuelve las necesidades de los opresores.

Sin embargo, hay que tomar en cuenta que en estos tiempos existen muchos chapulines que han desertado del PRI, pero que siguen conservando la ideología polvorienta de ese partido y sus métodos de trampas y triquiñuelas. Los sectores realmente democráticos de nuestro país deben cuidarse de estos nuevos seudoaliados y emprender de forma muy resuelta un camino venturoso hacia la izquierda. Si la candidata presidencial Claudia Sheinbaum proclama en forma muy optimista que México será el mejor país del mundo, esta meta no podrá lograrse si no es a partir del cumplimiento de las demandas más sustanciales de los trabajadores mexicanos y sus anhelos de crear realmente un ambiente plenamente democrático.

*Dirección de Etnología y Antropología-INAH



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