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El arte de la novela

14 de mayo de 2024 00:03

Hace casi 30 años, con la soberbia que da la juventud, traté de encontrar una definición de novela y escribí un texto muy pedante –que afortunadamente nunca publiqué– en que cito a Ortega y Gasset, García Márquez, Vargas Llosa, Broch, Kundera, Azuela, Gide, Proust y otros definidores, para al fin definir que la novela no puede definirse, tal como la indefine Pío Baroja:

“La novela, hoy por hoy, es un género multiforme, proteico, en formación, en fermentación; lo abarca todo... Pensar que para tan inmensa variedad pueda haber un molde único, me parece una prueba de doctrinarismo, de dogmatismo”. Y dice Arturo Uslar-Pietri también sobre la novela: “De la seguridad absoluta de saber lo que era arte, se había pasado a la angustiosa inseguridad de no poder saber lo que no era arte. Los más seguros y venerados criterios quedaron sin aplicación posible”. Y la novela como género tiene la culpa de eso, decía. Por tanto, digamos que una novela es un tocho de al menos un centenar de páginas que te cuenta un cuento (y que nació hace casi medio milenio con el Quijote).

Y esto viene a cuento porque en menos de un mes cayeron en mis manos tres de esos tochos que, valga el lugar común, me quitaron el aliento: Los alemanes, de Sergio del Molino; Los impotentes, de Nicolás Giacobone, y El asesino inconformista, de Carlos Bardem. Del Molino y Giacobone me curaron el marcado prejuicio contra los autores laureados y premiados (yerro: no es prejuicio, es juicio resultante de años de leer a los autores que los medios consagran, como casi todos los jóvenes escritores mexicanos de acomodadas familias que nos inundan en las librerías).

Los dos primeros publicaron sus libros en las dos poderosas multinacionales que en muchos aspectos definen qué debemos leer, qué se publica y publicita de manera masiva, y quiénes por el contrario serán condenados a la marginalidad. Sí, yo publico en una de esas dos multinacionales… En fin, hay algo en común en ambas novelas que quiero resaltar: los linchamientos mediáticos de los biempensantes –Las buenas conciencias de mi “Guanajuato (que) es a México lo que Flandes a Europa: el cogollo, la esencia de un estilo”– y el horror de las llamadas “redes sociales”, que me recordó a Umberto Eco. El linchamiento mediático de la política aragonesa Eva Schuster y la cancelación de la escritora bonaerense Emilia Mayer muestran la devastadora fuerza de esas redes y de los medios masivos de comunicación (cuyas indicaciones siguen en masa las aparentemente libres redes), pero también dos reacciones, dos respuestas que casi podríamos decir que son diametralmente opuestas.

Con Carlos Bardem hallamos a Fortunato, el reciclador de basura, el asesino inconformista, que entra en escena después de producido el linchamiento o la cancelación, cuando se hace necesaria su presencia ante el peligro de que la basura salte de las redes sociales a lugares más peligrosos (los jueces, por ejemplo). Y aunque a quien hay que amar es a Claudita, desde la óptica de Fortunato nos asomamos a las redes:

“Una vez asomó la gaita por twitter y a él, un asesino, le pareció en exceso violento. Era la amplificación perfecta de lo más mezquino del ser humano, una guarida de perros rabiosos. Claudita le explicó que no todo era así, que también era una herramienta de protesta y organización, que fue muy útil en el triunfo del 15-M. ¿Qué triunfo?, contestó Fortunato, decidido a no cruzar nunca más ese umbral de ferocidad cobarde y a distancia”. (Y ya que hablamos de las multinacionales, ¡qué fortuna tener su equilibrador, el Fondo de Cultura Económica, que publicó a Bardem en su colección popular a sólo 150 pesitos!)

Ahora bien, ¿estos linchamientos son obra de las redes sociales y la “invasión de los necios”, como dijo Eco? ¿O es nuestro carácter persecutor o inquisitorial? Mejor recordemos en qué país se originó la palabra linchar y qué sentido tuvo desde Salem hasta Alabama, y los mecanismos de algunos movimientos o fenómenos recientes muy conservadores y puritanos surgidos en ese país: no había redes sociales cuando dos de los más geniales narradores estadunidenses lo expusieron: Tom Wolfe en La hoguera de las vanidades (1987) y Phillip Roth en La mancha humana (2000), por no remontarnos a Harper Lee y Matar a un ruiseñor (1960).

En fin, Del Molino, Giacobbone y Bardem nos muestran que por suerte estamos muy lejos de presenciar el fin de la novela, anticipado hace unas décadas por Milan Kundera.

Pd. Tengo un misterio por resolver y pido ayuda: ¿alguien sabe algo del asesinato, en 1935, de Juan P. Palacios, dirigente agrario y comunista del pueblo de Picardías, Durango?

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