“Tu bebé está muerta”, le dijo de golpe el ginecólogo a Nuria Jaquelina Leyva Hernández y añadió: “Mañana te vamos a internar para hacerte un legrado”. Sorprendida por no tener ningún síntoma, regresó al consultorio con sus padres, pero el médico había cambiado de opinión: “Nunca dije eso, sólo te voy hacer unos estudios”.
En ese momento, Nuria supo que el hombre, tío del padre de la criatura, el pintor Max Sanz, cuyo nombre real es Max Sánchez López, intentaba engañarla para practicarle un aborto clandestino y así liberar a su sobrino de la responsabilidad.
La bebé nació y fue un milagro. Ahora tiene 14 años y ha sufrido en carne propia un largo viacrucis judicial para demostrar en el juzgado, con dos pruebas de ADN, que es hija de quien no quiso reconocerla. La primera la “extraviaron”.
“Sólo el de arriba lo ve, sólo Dios hará justicia a eso que me hizo; fue un abuso. A fin de cuentas, me querían hacer un aborto clandestino, engañándome. Es demasiado fuerte, muy doloroso”, dice Nuria en entrevista con este periódico.
Nuria y Max se conocieron en 2007, cuando tenían 15 años y estudiaban el bachillerato en el Centro de Educación Artística Miguel Cabrera, de Oaxaca; él, en artes plásticas y ella, en danza.
La relación de más de tres años se fue consolidando. Max solicitó permiso formal a los padres de Nuria y cuando tenían 18 años surgió el embarazo: “Su mamá habló conmigo para decirme que pensara lo que iba a hacer, incluso me dijo que ellos podían ir a pedir mi mano con mis papás, pero lo más conveniente, dijo, lo mejor era no tenerlo en ese momento, sino después”.
Añade: “Yo accedí a no tener el bebé. Fuimos con su tío ginecólogo; me hizo el ultrasonido y me dio pastillas de misoprostol, pero no me hicieron efecto”.
Pasaron los días, Nuria nunca sangró. Al volver con el médico, éste la examinó y le soltó: “Tu bebé está muerta”. “Yo me sorprendí, pero él me dijo que había que hacerme un legrado para sacármela, que tenía que internarme al día siguiente. Finalmente, le conté a mi mamá: “dicen que mi bebé ya está muerta”.
Al día siguiente, sus padres la acompañaron al médico, pero éste, al verse descubierto, negó que le fuera a practicar un legrado. Fue cuando decidieron acudir con otro especialista que fue categórico: “El bebé está vivo, sólo tiene unos hematomas en la placenta causados por la dosis de misoprostol”.
Nuria decidió tener a su bebé, y citaron a los padres de Max en el Zócalo de Oaxaca, frente a la Catedral. “Nos dijeron que su hijo Max no se iba a hacer responsable de nada, que le rascáramos como pudiéramos”.
Añade: “Yo lloraba y lloraba. Mi papá dijo ‘pues aunque sea con frijoles, pero vemos cómo le hacemos para mantenerlos. Te vamos a apoyar para que tengas a tu bebé’”.
Desprecio
Nuria dejó de ver a Max, quien la eliminó de sus redes sociales. Luego se enteró, por amigos en común, que él decía que dejó la relación porque se enteró de que el bebé que esperaba era de otro hombre.
La niña GLH nació el 25 de marzo de 2011 en un centro de salud de San Antonio de la Cal. “Decidí ya no buscarlo, seguir mi camino con el apoyo de mi familia, mis tías y mis abuelas. Así creció mi niña. Mi mamá vendía tamales, atole, zapatos…”
Gracias a ella y a sus abuelas, que le ayudaron con la crianza, Nuria empezó a estudiar para auxiliar de enfermería en un curso básico de tres años: “Mi niña fue muy enfermiza desde pequeña. Cuando tenía dos años la operaron de una fístula uretrovaginal. Tenía infecciones desde que nació por parto natural; a la semana empezó con septicemia y bilirrubina alta. La internamos en una clínica privada una semana”.
Luego se recuperó, pero las infecciones eran recurrentes. “Fue demasiado enfermiza. Vimos a pediatras y especialistas –con muchos gastos– hasta que a los dos años le hicieron una radiografía donde se ve que tenía una fístula uretrovaginal y el médico decidió operarla. Al final mejoró mucho con la cirugía”.
En tanto, Nuria estudiaba y trabajaba y su hija acudía a una escuela pública, aunque luego consiguió un puesto de asistente educativa en un colegio privado para que la niña obtuviera una beca. Después regresó a la primaria y secundaria públicas.
Uno de sus amigos fue hablar con la familia de Max para exhortarlos a que se hicieran responsables de la pequeña, pero fueron indiferentes. Ahorrando, Nuria logró estudiar la licenciatura y en 2021 se decidió a interponer la demanda por paternidad, con el expediente 491/2021 del juzgado octavo de lo familiar y conclusión de asuntos del juzgado séptimo civil del distrito judicial, Centro de Oaxaca.
“Tenía miedo de iniciar el protocolo legal, por no dañarla a ella. Mi relación con Max fue seria y formal, y no era justo que no se hiciera cargo y se hubiera negado a ser responsable”, afirma.
Debido a la lentitud de los juzgados, fue hasta el 30 de marzo de 2023 cuando el Poder Judicial obligó a Max a hacerse el examen de paternidad. “Retrasaron mucho la prueba de ADN, tres años”.
El asunto empezó a caminar hasta que la activista Diana Luz Vázquez Ruiz, impulsora de la ley Sabina en México –aprobada para sancionar a los deudores de pensión alimentaria– subió la información del caso a las redes sociales para exhibir la impunidad que cubría a Max.
Prueba “extraviada”
Al acudir a fiscalía para realizarse la prueba, señala Nuria que sufrieron revictimización. “Fue demasiado traumático para mi hija, que empezó a llorar frente a su papá. Las secretarias decían ‘¿qué más prueba quieres, si es idéntica a ti?’. Duele demasiado, sobre todo las formas”.
En diciembre le notificaron que la prueba estaba dañada: “Se cayó el plafón y se mojaron las pruebas, y entre ellas estaba la de su niña”, le dijeron. Nuria se ríe cuando recuerda la excusa: “Mi abogado y yo dijimos que evidentemente había algo raro o simplemente les estaban soltando dinero para perder la prueba”.
Fue hasta enero de 2024 cuando a la niña le practicaron una segunda prueba de paternidad. “Luego nos citaron y nos dijeron que la prueba salió positiva a 99.99 por ciento de seguridad. La juez se dirigió a Max para decirle: ‘Ahora sí, señor, usted tiene que dar pensión’, y él contestó diciendo que nunca se había negado a apoyar, cuando habían pasado 14 años sin dar pensión... Luego dice que no tiene dinero, que vive al día y que no siempre puede vender sus obras de arte, por lo cual sólo podía dar mil pesos al mes”.
La actitud de Max fue de lo toman o lo dejan. El abogado de Nuria le dijo que la niña iba a una secundaria pública y que sería bueno que pagara 50 por ciento de inscripción, útiles escolares y uniformes. Él aceptó y se comprometió a darle atención médica del IMSS y a registrarla con su apellido. Al final, aceptó dar 4 mil pesos de pensión.
El monto de ésta que ofrece Max Sanz a su hija no corresponde con su ritmo vertiginoso de vida artística internacional ni con el precio de sus obras cotizadas en dólares. Hace unos días, la revista A! Diseño lo incluyó en su libro sobre los 50 artistas plásticos de hoy.
El pasado 25 de noviembre se inauguró su exposición Destellos en el Horizonte en el Museo de la Cámara de Diputados, arropado por el legislador federal por Oaxaca Raúl Bolaños-Cacho Cué, en el edificio C de la planta baja, mientras exhibe su relación con el gobernador Salomón Jara.
Pero frente a su paternidad, Max se niega a pagar el retroactivo de los años que no pagó la pensión: “Dijo que no tenía dinero, pero ofreció un terreno ejidal. Fuimos a verlo, pero no se ha concretado nada”.
Finalmente, el 24 de febrero fueron al Registro Civil para cambiarle el apellido a la niña: “Me saludó cordialmente, pero a la niña nada. Evitó el contacto con su hija. Ahí lo exhortaron a concretar la convivencia con la menor, pero él pidió respeto porque estaba en terapia para manejar la situación. Dijo que tenía varias cosas que sanar antes de verla”.
En mayo la niña se enfermó de un cuadro gripal fuerte y Max apoyó a Nuria únicamente con 50 por ciento del precio de la consulta y de los medicamentos, a cambio de que le enviara los recibos. Después evadió hablar del pendiente de pago retroactivo y del supuesto terreno que iba dar en forma de pago: “Le está dando largas, en realidad es como si se negara. Luego, al inicio ciclo escolar, le dije que íbamos a reusar libretas; con uniformes e inscripción serían 4 mil pesos y me dijo: ‘pues te mando 2 mil pesos y mándame los recibos’.
Nuria y su hija llevan terapia sicológica particular cada 15 días o cada mes, por falta de dinero: “Todo el proceso le ha caído a ella como un balde de agua fría. Pasar dos veces la prueba de paternidad, luego que su padre no la aceptara otra vez. De hecho, me reclama y dice que ella quiere su apellido anterior”.
Cuenta que vive endeudada y que hasta la fecha no ha podido recuperarse de todo lo que debe: “Esta lucha ha sido muy cansada, muy agotadora; tanto para mí como para mi hija. Ella es la que sale perjudicada. Es, además, decepcionante sobre el género masculino”.
La activista Diana Luz Vázquez Ruiz, que dio origen con su hija a la llamada ley Sabina contra los deudores alimentarios, considera en entrevista que una tercera parte de las mujeres en México maternan sin pensión y lamenta que haya premios con exposiciones en el Congreso, exigió que retiraran la muestra de Max.
“Sanz es un delincuente, como todos los deudores alimentarios. Él ha sido omiso 15 años. Lo hace porque tiene aliados en el poder. Es una red patriarcal que le permite seguir violentando a una niña y a su madre y seguir siendo irresponsable en la impunidad.”