Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Domingo 27 de octubre de 2013 Num: 973

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Braque, el patrón
Vilma Fuentes

Concha Urquiza y la
oscura lumbre de Dios

Evodio Escalante

Basho en las versiones
de Pacheco

Marco Antonio Campos

El poeta que no quiso publicar en Londres
Vicente Fernández González

Poemas
Constantino P. Kavafis

El viejo poeta
de la ciudad

Francisco Torres Córdova

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Columnas:
Bitácora bifronte
Ricardo Venegas
Monólogos compartidos
Francisco Torres Córdova
Mentiras Transparentes
Felipe Garrido
Al Vuelo
Rogelio Guedea
La Otra Escena
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Bemol Sostenido
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Las Rayas de la Cebra
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Hugo Gutiérrez Vega

El rinoceronte vive


Foto: messinaora.it

Ionesco pensaba en el nazismo, en el fascismo y, de manera especial, en la Garda de Fier (Guardia de Hierro) del conducator Antonescu, cuando vio a su personaje permanente, Berenguer, frente a un espejo, observando una pequeña protuberancia que, con el paso de los días, se fue convirtiendo en un cuerno de rinoceronte. Ese cuerno creció en la frente de la mayoría de los ciudadanos de una ciudad que puede ser Berlín, Roma, París o Bucarest.

En ese momento se inicia la pesadilla que destruye todos los valores humanos y entroniza al Estado como dios todopoderoso, dueño de vidas y destinos. Esta terrible realidad que hundió a Europa al eliminar la individualidad y sus valores esenciales, al poco tiempo de la caída de los países del Eje, adquirió un color y un tono distintos, pero se trataba de la misma enfermedad, de un idéntico cuerno de rinoceronte, con una retórica distinta, El cuerno aparentemente renovado fue el creado por el estalinismo. En fin... diría Ionesco: la misma gata, pero revolcada; la misma feroz manera de acabar con las individualidades; en pocas palabras, el nuevo big brother orwelliano rumbo a un 1984 que deberá recibir una nueva fecha para que se cumplan sus amenazas autoritarias.

Desde La cantante calva, estrenada en 1950, Ionesco se enfrentó a temas que mucho tenían que ver con la situación europea que todavía mostraba las heridas abiertas de la segunda guerra mundial. Las críticas saludaron la llegada del teatro del absurdo iniciado por Ionesco y que, pasando por Adamov, Tardieu y George Shehade, llegó a su momento culminante con Esperando a Godot, de Samuel Beckett.

Los surrealistas Sopault, Breton y Peret se entusiasmaron con el absurdo, la irracionalidad y el humor desenfrenado de los personajes de La cantante calva: los Smith, los Martin, la sirvienta Mary y el capitán de los bomberos. Este era el verdadero antiteatro, el que hace añicos la lógica tradicional, el que, de alguna manera misteriosa, viene del Holocausto y de los horrores de la guerra, el que considera que “el humor es libertad”, que “la imaginación no es arbitraria, es reveladora”. A la postre, el teatro de Ionesco demostraba que lo irracional era la vida en la sociedad enferma de muchos males y cubierta de llagas purulentas. En fin... los aspectos realistas los ponía Ionesco y la sociedad mostraba toda su absurdidad, manifiesta, entre otras muchas locuras, en la disolución de un lenguaje que ya no cumplía su deber de comunicar a los hombres entre sí, y que tenía el absurdo gestual de los discursos de Groucho Marx. Esto latía en el fondo  de ese desenfreno verbal, de ese caminar en el escenario sin rumbo fijo, sabiendo que nunca se llega a ninguna parte; que “cuando alguien toca a la puerta, sabemos que es nadie” y que “el progreso social está mucho mejor con azúcar”. Al final, ya sabemos que la cantante calva se sigue peinando de la misma manera y que el señor Ionesco, nacido en Rumanía, pero nacionalizado francés, era un hombre que sabía muy bien que el humorismo libera y que los hombres, como diría más tarde su colega Samuel Beckett, siguen esperando a Godot.

Vi El rinoceronte en Bucarest en 1964. Radu Beligan, el gran actor, logró dar a Berenguer un verde rumano que venía de la Legión y de la Garda de Fier. El teatro estaba lleno y, cuando el cuerno simbolico creció en la frente de Berenguer, el público, que aún tenía la mayor parte de las heridas abiertas, suspiró con tal fuerza que los actores se detuvieron por un momento. Todos vieron al rinoceronte asesinando, encarcelando, anulando a los individuos, proponiendo una falsa igualdad. Ionesco no fue a Bucarest para ver su obra, pero mandó un mensaje que me mostró Beligan. Así decía: “Los quiero y les mando una obra que para nosotros los rumanos y para el orbe entero es realismo puro. El rinoceronte está vivo en las almas dañadas por el sistema o, más bien dicho, los sistemas, pero el hombre vive y en eso radica la débil esperanza.” Larrevedere. Eugene Ionesco.”

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