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“La poesía es esa voz que nos devuelve la calma”: María Guadalupe Langenscheidt

El pasado 13 de noviembre, María Guadalupe Langenscheidt cumplió 80 años. Además de pintora y gestora cultural, es autora de los poemarios Parvada y Fragmentos de un milagro. Foto
El pasado 13 de noviembre, María Guadalupe Langenscheidt cumplió 80 años. Además de pintora y gestora cultural, es autora de los poemarios Parvada y Fragmentos de un milagro. Foto Luis Castillo
29 de noviembre de 2025 09:13

A sus 80 años, cumplidos el 13 de noviembre, la pintora y escritora María Guadalupe Langenscheidt y Ramírez de Arellano ha decidido que su historia no quede en el silencio.

Su libro de memorias Privilegios y conflictos: Historias de una vida, publicado por Booktique Art Book & Publishing, trasciende el acto confesional para erigirse como un posicionamiento ante la vida y “un legado” íntimo para su círculo familiar más cercano.

No obstante, la autora es consciente de que su peculiar genealogía convierte ese balance existencial en un relato que involucra, y que por lo mismo puede interesar a diversos sectores de la sociedad mexicana, ya que su historia familiar está íntimamente entrelazada con la historia nacional.

En entrevista, Guadalupe Langenscheidt desenreda los hilos de una existencia marcada por la dualidad que da título al libro. Por un lado, los privilegios de una estirpe que, acorde con sus palabras, ha sido pieza fundamental de México desde la Conquista hasta su posterior formación industrial y urbana.

La línea paterna la ubica como descendiente de la familia alemana Langenscheidt, fundadora de los afamados diccionarios en Europa y proveedora de libros de texto para escuelas desde la época del desaparecido imperio austrohúngaro y hasta la separación de Alemania y Austria.

Según cuenta, su abuelo, un ingeniero minero, fue quien trajo esa rama teutona al país, al asentarse en Zacatecas, Guanajuato y Taxco. Aquí contrajo nupcias con una de las hijas de Joaquín Obregón González, gobernador del segundo estado en mención durante el porfiriato y a quien se debe la construcción del teatro Juárez, la presa, el mercado y la estación de tren de la capital guanajuatense.

En tanto, por la vía materna, su linaje la remite a los primeros años posteriores a la Conquista de México, al señalarse como descendiente de Juana Ramírez de Arellano y Zúñiga, la segunda esposa de Hernán Cortés, marquesa del Valle, considerada la primera mujer de la alta nobleza que se trasladó de la Península Ibérica a la Nueva España con la intención de arraigarse aquí.

Esos mismos lazos de sangre, dice, la emparentan con los Escandón, una familia cuyos integrantes participaron en el desarrollo económico de la Ciudad de México, desde la construcción del primer rastro sanitizado, hasta el desarrollo de lo que hoy son las colonias Escandón, Narvarte y las que en su época se llamaban del Cuartelito y que ahora son parte del Centro Histórico.

“Mi bisabuelo donó la estatua de Colón que estaba en Paseo de la Reforma. Tengo documentos muy interesantes de esa familia, como el proyecto de un tren de Acapulco a Veracruz y cuánto hubiera costado.”

La poeta, pintora, narradora y gestora cultural cuenta que nació y vivió sus primeros 15 años en una casona de cantera rosa en el número 483 de Paseo de la Reforma, un icono de esa emblemática avenida que ha logrado imponerse a los modernos y altos edificios. Residencia que alternaba con largas estancias en la hacienda de La Quemada, en Guanajuato, propiedad por la vía paterna.

Sin embargo, la vida siempre tiene al menos dos caras. Tales privilegios se entrelazaron con profundos conflictos. El más doloroso, relata, fue el proceder de uno de sus tres hermanos, quien, denuncia, presuntamente intentó que se declarara enferma mental a su madre e internarla en un siquiátrico para apoderarse de su herencia, episodio que la autora califica como una “traición terrible”.

A esa sombra familiar se suma una tragedia: la muerte de su padre, el arquitecto Enrique Langenscheidt, en un percance aéreo ocurrido en 1969. “Mi papá estaba construyendo en Monterrey cuando ocurrió el accidente donde también murieron (el político priísta) Carlos Madrazo y el tenista Rafael El Pelón Osuna; apenas un año antes, había participado en la realización de la Ruta de la Amistad para la Ciudad de México, con motivo de los Juegos Olímpicos”.

Este libro de memorias, escrito en primera persona y presentado la noche del jueves en la librería Un lugar de la Mancha, es también el recorrido de una artista multifacética.

Guadalupe Langenscheidt estudió restauración y literatura en Roma, donde, refiere, participó en trabajos para la Capilla Sixtina del Vaticano. En España, añade, fue alumna del pintor José Bardasano, discípulo de Joaquín Sorolla.

Su trayectoria de pintora y gestora cultural incluye la fundación del Instituto de Arte de la Hacienda San Joaquín de La Quemada, en aquella propiedad guanajuatense, donde en los años 90 impartieron talleres artistas como José Luis Cuevas, Gilberto Aceves Navarro, Jan Hendrix y Gabriel Macotela.

Antes, en Francia, refiere que vivió de cerca la restauración del Palacio de Versalles y la casa del pintor Claude Monet de la mano del célebre curador francés Gérald Van der Kemp, a quien considera su “segundo padre” y admira profundamente.

“Siendo curador del Museo del Louvre, también evacuó y protegió a la Mona Lisa, la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia y otras obras de arte durante la Segunda Guerra Mundial. No entregó nada a los alemanes. Fue un héroe.”

A pesar de haber expuesto como pintora en varios museos de México y tener “una exitosa” experiencia como galerista en Estados Unidos, donde residió tres lustros cuidando de su madre hasta su muerte, Guadalupe Langenscheidt se asume, en esencia, poeta.

Con dos poemarios previos, Parvada Fragmentos de un milagro, defiende la vigencia de la poesía como un antídoto contra las prisas y la barbarie modernas. “La poesía es alma, serenidad; es hablar íntimamente de los sentimientos humanos”, sostiene.

Se dice preocupada porque esa “comunicación del corazón” se esté perdiendo en esta era tecnológica: “Vivimos como en mudanza permanente, siempre anticipando lo siguiente en vez de vivir el presente. La poesía es esa voz que nos devuelve la calma necesaria”.

Nacida en 1945, Guadalupe Langenscheidt es la mayor de sus tres hermanos y madre de cuatro hijos. Acepta que escribir de la vida personal no es nada sencillo y que requiere de mucho valor, sobre todo en lo concerniente a las experiencias dolorosas.

“Aquí –en el libro de memorias–están mis conflictos. No había podido expresarlos hasta que pensé que éste era el momento, ahora que llegué a los 80 años. Este es mi legado: todos estos detalles de mi historia”, remacha.

“Quiero, sobre todo, que mis hijos y nietos sepan de dónde venimos, lo que ha hecho mi familia y lo que se ha formado para llegar a ser quien soy. Además, para poder dejarles mi espíritu, alegría y alma; que me conozcan mejor, que sepan quién fue esta mujer. Mis hijos no sabían lo que ha sido mi vida.” 

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