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Perder y crisis

10 de julio de 2024 00:04

La victoria de Morena y sus aliados se contrapuso con la pérdida de la coalición conservadora.

La celebración del triunfo convive con la crisis –sistémica– de la oposición. Ambas realidades son concomitantes: uno fuerza a la otra y, las dos, coexistirán por tiempo determinado. Perjuicios para los que rehúsen la reflexión crítica y beneficios para los que sepan catalizar ventajas obtenidas.

Todo ello por obra y gracia de los electores. Muchos de tales esfuerzos se radicarán en las dirigencias.

Pero no sesgarán a los militantes partidistas que sepan empujar y canalizar, al interior del partido, lo que viene implícito en la voluntad de los votantes. Penetrar en el mensaje que motivó la simpatía y confianza popular y convertirlo en acción política dependerá, entonces, de la sensibilidad de los ejecutantes y los guías partidarios

Para las agrupaciones que se coaligaron para competir contra la izquierda todo parece hoy anegado y confuso. Han procedido a enzarzarse en pleitos, tironeos por ensanchar parcelas individuales y, en especial, ataques al rival victorioso. Tal pareciera que fuera, esa coalición triunfante, la tendencia, ahora oficial, culpable de todo lo disputable que les ocurre. Fijar la vista, los alegatos y la conciencia de lo sucedido como algo ajeno, y no dentro de los distintos partidos, es donde se debe y pueden encontrar las causas del malestar que les aqueja. Perder obliga a replantear todo: accionar, candidatos, discurso, alianzas y estrategias. Es indispensable hallar los distintos fondos de lo sucedido y formular alternativas para enderezar el rumbo extraviado. Dar con la senda que conduzca a resarcir equivocaciones, elegir representantes y dotarles de los recursos requeridos para trabajar en la reconstrucción obligada.

La coalición conservadora quedó por completo maltrecha como resultado de la competencia apenas pasada. Uno de sus coaligados, el PRD, no logró sobrevivir.

Fue castigado por la implacable decisión de los ciudadanos que le decretó el destierro definitivo de la lucha electoral. Perdió, con ignominiosa postura, su vital registro. Es penoso observar cómo esa agrupación y sus gerentes insisten en culpar, reiteradamente, al Presidente por su tragedia.

Nunca entendieron que esa táctica los enfrentaba, en crucial instancia, con el mayoritario sentir popular. Una declinante obsesión que ya se veía de tiempo atrás, como terminal. Además de la sangría de sus ya escasos militantes, equivocaron su alianza con los otros dos: uno de retardataria esencia derechista que contradijo sus iniciales postulados y, el otro, impregnado en su imagen, de confusiones y trampas. Con estos últimos compartió su necia ocupación burocrática de controlar facciones internas y posiciones locales.

En cuanto al Partido Acción Nacional, su crisis parece todavía más compleja sin que se note algún remedio que lo auxilie y enderece, aunque sea de manera incipiente. Han desatado una feroz lucha de grupos y figuras que los desgasta sin miramientos que valgan. No piensan en el fondo de los problemas que los llevaron a extraviar votantes. Su declinación en las simpatías ciudadanas es notable.

La alianza con el PRI los dañó seriamente. El liderazgo que eligieron de tiempo atrás no respondió mínimamente a los retos que se les han presentado. El conservadurismo del que hacen gala y fe continua se ensartó en un negativismo a ultranza. Ninguna negociación fue posible ante la decretada creencia de un gobierno y su modelo justiciero, totalmente equivocados. Ninguna de sus decisiones y actos pueden ser aceptados en cualquiera de sus componentes. El fundamentalismo de su intimidad básica es de corta visión y endeble postura. Los vientos que corren por la República, tras la igualdad y el bienestar popular, les destempla la voz y quiebran ideas y propuestas. Tienen, por lo demás, el escollo irremediable de sus dos ex presidentes. Amarga memoria y consecuencias antipopulares.

Los actuales problemas del priísmo son en verdad patéticos y de menor estofa. Se han agrupado en facciones irreductibles en pos de sus muy pedestres intereses.

Una tendencia que les viene de lejos. Unos para aferrarse al remanente organismo que, a duras penas, mantienen con vida. Otros, que se ven exiliados del cuarto decisorio, con ansias de élite y por volver a dictar sentencias y rutas.

Los ahora dueños del partido sólo desean seguir al frente de la que es, ya sin aparente remedio, una necia conducción, sin mayor tentativa que negociar ventajas. Los de fuera, sin reconocer su nociva participación en el desastre, no sólo en la actual debacle, sino de su largo e indetenible curso de fracasos sucesivos. Se sometieron, llenos de soberbia, al torcido mando de los tecnócratas neoliberales y su trágico modelo acumulador. Les siguieron, con celo reconocible, en sus tejemanejes en pos de reducir el Estado y, en el camino, hacer cuanto negocio se les pusiera en mira. La consecuencia fue, y es, un insensible alejamiento del pueblo que no les perdonará el abandono.



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