Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 6 de noviembre de 2011 Num: 870

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Bitácora bifronte
RicardoVenegas

Cigarro y libertad
Werner Colombani

La óptica de la poesía
en Yves Soucy

José María Espinasa

Chaplin y Reshevsky,
el cómico y el prodigio

Hugo Vargas

Dos miradas sobre la poesía queretana
Ricardo Yez entrevista con Luis Alberto Arellano y Arturo Santana

Belice y otros paraísos
Fabrizio Lorusso

Shakespeare and Company
Vilma Fuentes

Leer

Columnas:
Jornada de Poesía
Juan Domingo Argüelles

Paso a Retirarme
Ana García Bergua

Bemol Sostenido
Alonso Arreola

Cinexcusas
Luis Tovar

La Jornada Virtual
Naief Yehya

A Lápiz
Enrique López Aguilar

Artes Visuales
Germaine Gómez Haro

Cabezalcubo
Jorge Moch


Directorio
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Luis Tovar
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Morelia 9 (III Y ÚLTIMA)

Siempre que no vaya Uno –como hacen algunos— a los festivales de cine más interesado en fruslerías tipo alfombras rojas y cocteles que en las películas, y siempre que no se crea Uno emanado de la garciarrieresca mano divina, que según esto moldeó solamente a un mexicano crítico de cine y luego rompió el molde, puede Uno sostener que cierto festival bien valió la pena si en él tuvo la fortuna de ver siquiera un par de cintas incontestablemente buenas. El noveno FICM, por ventura, no exhibió nada más dos sino al menos cuatro así catalogables, de las que algo al menos ha de mencionarse aquí.

Cine-de-mente

A despecho de Unoqueotro, cuyo criterio minimalista le impide imaginar en un mismo tiempo y un mismo espacio al cine y a esa cosa llamada pensamiento, por ejemplo el denominado “filosófico”; a despecho también de Mediomundo, que abomina de toda cinta desprovista de los tics lugares comunes chapuzas marrullerías clichés convencionalismos impuestos por la moda cinematográfica; a contracorriente de todo simplismo al uso, este mismo año el húngaro Béla Tarr hizo una obra magistral de dos horas veintiséis minutos, que obtuvo tanto el Oso de Plata como el FIPRESCI en Berlín, titulado A torinói ló (El caballo de Turín) y que comienza con unas palabras que este juntapalabras no resiste la tentación de citar completas:  “Turín, 3 de enero de 1889. Friedrich Nietzsche sale de la puerta del número 6 de la Vía Carlo Albert. No muy lejos, el chofer de un carruaje batalla con su caballo. Cuando el animal se rehúsa a avanzar, el chofer comienza a azotarlo. Nietzsche se acerca, lanza sus brazos sobre el caballo y empieza a sollozar. Su casero lo lleva a casa, donde Nietzsche permanece inmóvil y en silencio durante dos días, hasta pronunciar sus últimas palabras. Vive diez años más, en silencio y demente, bajo el cuidado de su madre y sus hermanas. No se sabe qué le pasó al caballo.”

Así arranca este vértigo en blanco y negro de inmovilidad sólo aparente, de tensión absoluta y desesperanza infinita, dividido en jornadas que se suceden una a otra como si la eternidad ya hubiese llegado, con su peso tremendo de persistencia inquebrantable, arrastrada por una ventolera que jamás deja de traspasarlo y azotarlo todo, hasta que los personajes de la historia –arquetipos, pero no por eso menos parte de la realidad como lo son las papas, la tierra y el agua– llegan al fondo de sí mismos y ni entonces se detienen, buscando se diría que ciegamente, animalmente, sobrevivir a las adversidades del entorno por más que esa su vida enmudecida y asordinada parezca no tener sentido alguno.

Para beneplácito de todo cinéfilo de-a-deveras, esta maravilla fue ya exhibida en un ciclo dedicado a Tarr y lo será de nuevo como parte de la Muestra Internacional de Cine, que acaba de arrancar.

El regreso de Óscar

No se refiere el subtítulo a ese premio de igual nombre, cuya pobreza consiste en sólo significar dinero, sino al apelativo del protagonista de esa magna ópera fílmica titulada Die Blechtrommel, o séase el celebérrimo Tambor de hojalata, que a partir de un guión escrito por Jean-Claude Carrière y Günter Grass –bien se sabe que basados en la novela de este último–, Volker Schlöndorff dirigió hace treinta y dos años, que ganó el tal Oscar amén de premios bastante más serios como la Palma de Oro, y que es una referencia ineludible de la cinematografía mundial. El asunto, explicado por el propio Schlöndorff en la sala moreliana, es que pudo verse la versión completa del filme, ya restituidos los veintitantos minutos que no se vieron en 1979, con los cuales esta cinta mítica, que demuestra ser incapaz de envejecer, ha quedado todavía más rica, más intensa y más memorable.

Más allá de Usania

Para realizarlo fue preciso un trabajo tan luengo como el que cabe en seis años, la cinta completa dura la friolera de quince horas –de las que el FICM ofreció poco menos de dos–, fue dirigido por Mark Cousins, se titula The Story of Film: an Odyssey (La historia del cine: una odisea) y es un documental extraordinario cuya más notable virtud es obviar lo obviable por archisabido y trillado, y en cambio concentrarse en tendencias, fenómenos fílmicos y realizadores no manidos y hasta poco conocidos, si bien su relevancia es innegable. El segmento que pudo verse centra la mirada en la década de los años setenta, que es decir Fassbinder, Mambety, Bachchan y todo el cine off hollywood sin el cual estaríamos, hoy en día, aun más ayunos de la frescura, la originalidad y la inteligencia fílmicas que, bien lo sabemos, no se da en maceta ni abunda en Usania.