Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 6 de noviembre de 2011 Num: 870

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Bitácora bifronte
RicardoVenegas

Cigarro y libertad
Werner Colombani

La óptica de la poesía
en Yves Soucy

José María Espinasa

Chaplin y Reshevsky,
el cómico y el prodigio

Hugo Vargas

Dos miradas sobre la poesía queretana
Ricardo Yez entrevista con Luis Alberto Arellano y Arturo Santana

Belice y otros paraísos
Fabrizio Lorusso

Shakespeare and Company
Vilma Fuentes

Leer

Columnas:
Jornada de Poesía
Juan Domingo Argüelles

Paso a Retirarme
Ana García Bergua

Bemol Sostenido
Alonso Arreola

Cinexcusas
Luis Tovar

La Jornada Virtual
Naief Yehya

A Lápiz
Enrique López Aguilar

Artes Visuales
Germaine Gómez Haro

Cabezalcubo
Jorge Moch


Directorio
Núm. anteriores
[email protected]

 

RicardoVenegas
[email protected]

Prieto con Machado y Darío

Para escribir romances como lo hizo Guillermo Prieto era necesario ser Guillermo Prieto, dice Ignacio Ramírez El Nigromante. Y aunque Ramírez intentó dedicar un sector de su poesía a las voces populares, tanto la crítica como él mismo coinciden en que el maestro en esos menesteres es Prieto.

Prócer del XIX, Prieto se adelanta a uno de los poetas de mayor valía en la lírica hispánica: Antonio Machado. El bardo de Tacubaya titula “Cantares” al poema que parece aglutinar una verdad autobiográfica, la vivencia y el testimonio de ella; curiosamente después Machado denominará también “Cantares” a una serie de poemas que hoy forman parte del dominio público. Un fragmento del poema homónimo (“Cantares”) de Prieto dice: “Yo soy quien sin amparo cruzó la vida/ en su nublada aurora, niño doliente, /con mi alma herida, /el luto y la miseria sobre la frente; /y en mi hogar solitario y, agonizante,/ mi madre amante. /Yo soy quien vagabundo cuentos fingía,/ y los ecos del pueblo que recogía/ torné en cantares; /porque era el pueblo humilde toda mi ciencia/ y era escudo, en mis luchas con la indigencia,/ de mis pesares.”

Los “Cantares” de Machado comienzan con los multicitados versos: “Caminante, son tus huellas/ el camino, y nada más”…

Se trata de un poema con tono similar en el que emerge la sabiduría de la experiencia. La soledad que se sobrepone a la adversidad matiza estos poemas, los dos parecen cobrarle inspiración a la nostalgia, leit motiv de estos enormes poetas. Tanto el “caminante” de Machado como “el pueblo” de Prieto se equiparan en el mensaje: son poemas con destinatario seguro. Es probable que Antonio Machado (1875-1939) haya leído a Guillermo Prieto (1818-1897), el comercio cultural e intelectual entre México y España ya es notable en la plenitud de Machado; cuando el poeta mexicano ha muerto, el bardo español ha rebasado ya la adolescencia y ha comenzado a madurar.

Parece inevitable recordar también a Rubén Darío (1867-1916) cuando dice “Yo soy aquel que ayer no más decía”, similar al verso de Prieto: “Yo soy quien vagabundo cuentos fingía”, pero Prieto ya era un poeta mayor antes de que Darío naciera, de tal forma que podríamos conjeturar que el primero fue leído por el segundo. En este poema el bardo realiza un ajuste de cuentas con la infancia, rememora los primeros momentos de su vida y la heredad de aquella etapa. La pérdida del padre y la pérdida de la razón de la madre son recuerdos de dolor y de distancia. La pobreza que vivió y la tienda en la que trabajó para ganar el sustento llegan a su memoria. El sujeto lírico que narra este poema, la voz del poema, es un hombre nacido en la dificultad, en la tarea de incorporarse a una vida donde la adversidad es el pan de cada día. De estas impresiones aprendió un oficio: “y los ecos del pueblo que recogía/ torné en cantares”. Y se enamora de la musa: “Querer a una, no es ninguna;/ querer a dos es bondá;/ querer a cuatro y a cinco/ es gracia y habilidá.”