Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 6 de noviembre de 2011 Num: 870

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Bitácora bifronte
RicardoVenegas

Cigarro y libertad
Werner Colombani

La óptica de la poesía
en Yves Soucy

José María Espinasa

Chaplin y Reshevsky,
el cómico y el prodigio

Hugo Vargas

Dos miradas sobre la poesía queretana
Ricardo Yez entrevista con Luis Alberto Arellano y Arturo Santana

Belice y otros paraísos
Fabrizio Lorusso

Shakespeare and Company
Vilma Fuentes

Leer

Columnas:
Jornada de Poesía
Juan Domingo Argüelles

Paso a Retirarme
Ana García Bergua

Bemol Sostenido
Alonso Arreola

Cinexcusas
Luis Tovar

La Jornada Virtual
Naief Yehya

A Lápiz
Enrique López Aguilar

Artes Visuales
Germaine Gómez Haro

Cabezalcubo
Jorge Moch


Directorio
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Hugo Gutiérrez Vega

Demetrio Vallejo, Mérida, Price y Belice

Frente al Palacio Nacional se desplegaba una serie de ametralladoras que protegían sobre todo a la emblemática Puerta Mariana. (Ahí cayó el errático General Bernardo Reyes que organizó una carga de caballería en la que él era el único jinete. Su hijo Alfonso recuerda cómo se desplomaron el caballo blanco y su jinete en el dintel de la puerta defendida por los soldados del siniestro espadón Huerta). Los ferrocarrileros levantaron su tribuna a unos pasos de las ametralladoras. Me dio la impresión de que, tanto los organizadores del mitin de apoyo al movimiento encabezado por Demetrio Vallejo y Valentín Campa, como los aparentemente impasibles soldados, compartíamos el miedo a disparar y a recibir las balas. Me subieron a la tribuna, bastante tembelequeante por cierto y, con mi acostumbrada virulencia, empecé a desgranar una diatriba que los ferrocarrileros escucharon con amable atención e interrumpieron varias veces con gritos de combate y generosos aplausos. Al terminar mi perorata (advierto que era la época de los oradores un tanto o un mucho ampulosos; mi amigo Porfirio Muñoz Ledo recordará sin duda esos pecados retóricos en los que ambos incurrimos), me bajaron del templete y, como cantante pop, salí en hombros de la muchedumbre que, con gran cuidado, me depositó en el asfalto de Pino Suárez, en donde me esperaban dos ferrocarrileros ensombrerados. Me subieron a un coche y en el camino al aeropuerto me explicaron que estaba en peligro de ser encarcelado y que Demetrio les había pedido que me llevaran a Mérida. Ahí encontraría refugio en la casa de otros ferrocarrileros huelguistas. El viaje a Mérida fue interminable. Íbamos en un coche de edad respetable y la carretera no estaba terminada. Pasamos ríos en pangas prodigiosas (pienso en la de Ciudad del Carmen), comimos en fondas tenebrosas (el pescado frito fue nuestro manjar predilecto) y, en la madrugada del tercer día, vimos las luces de la ciudad blanca. A las 7 u 8 de la mañana llegamos a la casa de los que iban a ser mis protectores. La policía municipal nos abrió la puerta de la casa y, a los pocos minutos, nos encerró en una prisión maloliente, llena de pulgas y de chinches. El calor era sofocante y la angustia nos comía el pecho. Pasó una noche sin asomo de sueño. Por la mañana nos dieron un jarro de atole y un plato de frijoles negros. No comimos nada y, lo peor de todo, nadie nos decía nada. Al día siguiente gritaron mi nombre y me llevaron a una pequeña oficina. Ahí me encontré con mi amigo Eduardo José Molina Castillo (descendiente de la casta divina), que era diputado federal por el PAN. (Junto con otros cuatro compañeros habían desobedecido la orden del Comité Nacional y habían tomado posesión de sus curules y prestado el juramento oficial. Los cinco alegaban que su compromiso era con el pueblo de sus distritos y no con los guaches del comité capitalino.) Eduardo José había interpuesto sus buenos oficios y había obtenido nuestra libertad. Salimos hambrientos y sedientos (los panuchos y los salbutes, junto con la horchata nos supieron a gloria) y pasamos una noche en el hermoso hotel que estaba al lado de El Fantasio, el teatro de los Herrera. Mi amigo y salvador me informó que acababa de hablar con George Price, primer ministro de lo que todavía se llamaba Honduras Británicas (aunque todo el mundo le decía Belice). Price tenía buenas relaciones con la democracia cristiana y estaba dispuesto a concederme un asilo discreto. Acepté (mis compañeros prefirieron arriesgarse y regresar a México) y emprendí otro viaje alucinante de Mérida a Chetumal y de Chetumal a la frontera. No traía pasaporte, pero los soldados negros con sus blancos uniformes y su cortesía natural mezclada con el rígido estilo militar propio de las colonias británicas me dejaron pasar, pues tenían ya instrucciones de Belice. Recuerdo a Corozal, a Orange Walk, al Hotel Fort George con su high tea y sus clientes que parecían salidos de novelas de Maugham, de Vaugh o de Greene. Recuerdo mi entrevista con el inteligente George Price que, con prudencia y astucia, ya preparaba el terreno para lograr la independencia de la colonia. Hablamos de México, del PRI, del PAN, de Vallejo y de Campa, y me dijo que, en su opinión, el movimiento ferrocarrilero sería derrotado pero abriría las puertas a otros movimientos que, tarde o temprano, llevarían a México a la democracia (su optimismo cayó por tierra en el año que parecía confirmar su teoría, en 2000, y la esperanza no ha vuelto a levantarse). Pasé dos meses en Belice, rodeado de gentes buenas y hospitalarias. Recuerdo a Mary, una hermosa negra parecida a la Aunt Jemina de los hot cakes que me alimentó con mantequilla holandesa, arenques ingleses y los mejores crumpets de mi vida. Recuerdo la belleza del país, la selva rumorosa, las casas de madera sobre palafitos, los edificios del gobierno de Su Majestad y, sobre todo, la calma mandeliana de Price que, al poco tiempo, llevó a la colonia a la independencia.

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