Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 6 de noviembre de 2011 Num: 870

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Bitácora bifronte
RicardoVenegas

Cigarro y libertad
Werner Colombani

La óptica de la poesía
en Yves Soucy

José María Espinasa

Chaplin y Reshevsky,
el cómico y el prodigio

Hugo Vargas

Dos miradas sobre la poesía queretana
Ricardo Yez entrevista con Luis Alberto Arellano y Arturo Santana

Belice y otros paraísos
Fabrizio Lorusso

Shakespeare and Company
Vilma Fuentes

Leer

Columnas:
Jornada de Poesía
Juan Domingo Argüelles

Paso a Retirarme
Ana García Bergua

Bemol Sostenido
Alonso Arreola

Cinexcusas
Luis Tovar

La Jornada Virtual
Naief Yehya

A Lápiz
Enrique López Aguilar

Artes Visuales
Germaine Gómez Haro

Cabezalcubo
Jorge Moch


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Ana García Bergua

Diálogos entre esclavos

Trabajan a destajo, ocupados en vender, anunciar, contratar, amenazar incluso, e imagino que les pagan por número marcado, por palabra dicha, por amenaza gritada, por insulto escuchado. Uno de ellos me habló a las diez de la noche para ofrecerme quién sabe qué. Le pregunté si tenía idea de la hora que era. Me dijo que sí y añadió un lacónico “es que a esta hora trabajamos”.  “Pues yo no”, le respondí, “yo a esta hora duermo” y colgué. Luego me sentí culpable: me imaginé un galerón lleno de esclavos con cables telefónicos enrollados a la garganta, obligados a ofrecer esto y lo otro, y decir cualquier cosa durante largas horas en la madrugada. Quizá el hombre que me llamó ofrecía líneas telefónicas, tarjetas de crédito o consejo espiritual de siete a diez. Después, a las once de la noche, atendía una línea porno. Y más tarde, en la mañana, tomaba órdenes de desayunos a domicilio. Y no daba tregua a quienes llamaba porque supongo que él tampoco la tenía, día y noche amarrado a un teléfono tan pesado como la clásica bola de metal de los presos. Un gerente le daba latigazos de tanto en tanto y le tiraba dos pesos cada que lograba decir su retahíla, aunque fuera tres segundos, aunque las palabras pronunciadas hubieran perdido ya, al cabo de tantas horas, su sentido. Quizá, cuando colgué el teléfono, el gerente le golpeó los nudillos con un enorme directorio telefónico.

Trato de imaginarlos cuando toman aire para marcar otra vez aquella lista telefónica de clientes probables, clientes morosos, clientes con posibilidad de ser más clientes que nunca:  una telaraña viscosa de nombres a menudo mal dichos, mal leídos. Y que el aire alcance para decir lo más que se pueda, lo más rápido que se pueda, antes de que la señora que tan buen comportamiento crediticio ha tenido, o tanta fidelidad a la televisión por cable, a pesar del mal humor que la embarga cada que contesta el teléfono, cuelgue. Pero los esclavos no cejan, respiran y suspiran, y siguen marcando con aplicación. Sus dedos deben estar azules de apretar botoncitos todo el día. Ya no les ha de importar que los clientes griten, se ofusquen, pues igual contestan.

Y es que del otro lado de la línea vivimos otros esclavos, los esclavos del teléfono, los que no podemos dejar de contestarlo aun si estamos a medio campeonato erótico –no vaya a ser algo urgente–, o en medio de un concierto –esto lo tiene que oír la humanidad–, o a cincuenta metros bajo tierra –casi no me queda pila, ¿qué quiere?–, o poniendo en riesgo las comunicaciones de un avión. Por eso los esclavos del teléfono respondemos siempre a los esclavos de las empresas y los bancos: estamos ofreciendo una promoción de esto y de lo otro, convertimos su línea en tres líneas y su cabeza en tres cabezas y sus pies en cola de pescado. Y los esclavos contestamos no gracias y no escuchamos lo que el otro tiene que decir y que seguro ya ni entiende y nosotros tampoco. Estoy ocupado, decimos, estoy plantado frente a un salón de clases lleno y no lo puedo atender; estoy practicando una operación de apéndice y es imposible para mí escuchar su oferta del mes; vamos perdiendo dos a cincuenta, por favor llame después, tengo que parar el gol; dígale a su banco que estoy en la Antártida y no le pagaré nunca. Los esclavos de aquel lado de la línea insisten un poco más: ¿a qué horas regresa el licenciado?, ¿con quién hablo?, ¿no conoce a alguien a quien le interese nuestra promoción de ataúdes en condominio al dos por cinco? A duras penas me conozco a mí mismo, responde uno, y sólo unos días a la semana, pero siempre contesto el teléfono, no vaya a ser algo importante.

Los esclavos de una gran tienda me persiguen a mí, que soy su esclava; buscan a alguien que tiene una deuda y dio mi nombre. No se atreven a pronunciarlo: soy la señora García Bergara. Siempre llama un esclavo diferente. Me imagino que cada uno de ellos se despierta en el galerón y encuentra en el piso, junto al plato con agua y el teléfono que pende del cable alrededor del cuello, la misma nota: hablarle a la señora García Bergara. ¿Sabe usted si la señora Eufrosina va a pagar su deuda? No. ¿Le podría decir que pague? Si la veo. ¿Y dónde está la señora Eufrosina? Hable a su casa. No contesta, sus hijos la niegan. Qué desgracia. Dígale por favor. Lo haré. Nos despedimos amables, ya no nos insultamos: hace tiempo que superamos esa etapa. Respiro un momento y vuelve a sonar el teléfono. Y contesto. No vaya a ser algo importante.