Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 6 de noviembre de 2011 Num: 870

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Bitácora bifronte
RicardoVenegas

Cigarro y libertad
Werner Colombani

La óptica de la poesía
en Yves Soucy

José María Espinasa

Chaplin y Reshevsky,
el cómico y el prodigio

Hugo Vargas

Dos miradas sobre la poesía queretana
Ricardo Yez entrevista con Luis Alberto Arellano y Arturo Santana

Belice y otros paraísos
Fabrizio Lorusso

Shakespeare and Company
Vilma Fuentes

Leer

Columnas:
Jornada de Poesía
Juan Domingo Argüelles

Paso a Retirarme
Ana García Bergua

Bemol Sostenido
Alonso Arreola

Cinexcusas
Luis Tovar

La Jornada Virtual
Naief Yehya

A Lápiz
Enrique López Aguilar

Artes Visuales
Germaine Gómez Haro

Cabezalcubo
Jorge Moch


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Enrique López Aguilar
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Memorias y exilio: Federico Patán

Si Cuando acabe la guerra, de Enrique de Rivas, pretende ser impreciso en los “datos” y abundante en imágenes, como la percepción de las cosas y los recuerdos de un niño; si las seudomemorias de Angelina Muñiz-Huberman novelizan (y no) las transformaciones y paulatinas experiencias personales de Alberina (alter ego de Angelina); si la robusta autobiografía de Carlos Blanco Aguinaga presupone el largo recuento de una vida movida y llena de experiencias intelectuales y vitalistas; si estos antecedentes en el género autobiográfico indican distintos experimentos y caminos seguidos por sus autores, Una infancia llamada exilio, de Federico Patán, se distingue por concentrarse en los primeros ocho años de vida del autor, bajo la advertencia de que, por lo menos hasta alrededor de los dos años de su vida, muchas fueron memorias “adquiridas” o “inducidas” por los adultos de su familia y las demás ya comenzaron a ser el resultado del propio camino personal de su percepción del mundo. Eso dejaría la cuenta de una “crónica” de pocos años (narrados desde el período de la formación de los primeros “verdaderos” recuerdos de un niño).

Como escritor entrenado en el oficio de contar novelas y cuentos, Patán no se apoya en una estructura lineal para presentar sus memorias, sino que recurre a diversos movimientos temporales donde se anticipan cosas que ocurrirán muchos años después, ya en la vida adulta del autor, o en el arco cronológico elegido para Una infancia llamada exilio; o se mencionan cuestiones paralelas a la historia principal, como el destino de Sonia, hermana de Patán; o la afición de éste por el cine, lo cual supone mencionar las películas vistas en la infancia, pero también las que el adulto disfrutó posteriormente. Como sea, la estructura no es caótica, pues se inicia con los borrosísimos “recuerdos” (memorias inducidas) de la salida de España y la llegada a México hasta centrarse en el desplazamiento de la familia, por algunos años, a Perote, geografía que será el espacio principal del libro.

Muchos lectores le han comentado al autor que se trata de su libro “más ameno” y estaría de acuerdo con esa afirmación si por amenidad se entiende la manera como el peculiar tejido de un texto consigue atrapar al lector, “imponiéndole” una cadena que lo obliga a proseguir con la lectura; no estaría de acuerdo si se considera el adjetivo “ameno” como sinónimo de “sencillo”, “simple” en su construcción. Como dije antes, la estructura del libro no es lineal y, si toma como base los ocho primeros años de vida del autor, se permite muchos viajes hacia otros momentos de la vida juvenil y adulta de Patán. En esa telaraña narrativa se funda la aparente facilidad del libro y convierte en materia interesante lo que parecen los años más remotos, fundacionales, de la vida del escritor, cuya magia radica en el hecho de que vuelve de interés para todo lector lo que cualquiera supondría de exclusivo interés para el autor y sus allegados.

El alfa de Una infancia llamada exilio es el siguiente:  “Estoy en una calle polvorienta, cuyas viviendas soy incapaz de precisar. Sé, hoy, que se trata de la colonia Santa Clara, en Chihuahua, ese punto geográfico, al norte del país, adonde fue asignado un grupo de exiliados españoles tras su llegada a México, en 1939”; y el omega:  “Me voy a México. […] De pronto, ya estoy en el autobús. De pronto, la excitación de lo que venía fue ocupando mi persona. Según los testimonios de mis mayores, íbamos al paraíso. Ilusos.” Y entre ese principio y final, los primeros ocho años de una vida como cualquier otra, salvo que estuvo marcada por el exilio de los padres y que en ella se formó la sensibilidad de un futuro escritor.

El libro termina con la aparente promesa de una continuación, pues al lector le queda sembrada la duda del narrador adulto, quien se adelanta a los hechos del viaje de Veracruz a México, pues “ya sabe” que el destino no será ningún paraíso. ¿Habrá alguna semejanza con Cuando acabe la guerra, de De Rivas, que concluye con el anuncio de lo que se ha esperado a lo largo de sus memorias, es decir, la liberación del padre en España y su llegada a México? Patán ha ofrecido avanzar hacia una segunda parte, pero ya se sabe que las promesas de los artistas sólo dejan de serlo cuando se cristalizan en la obra.

Una infancia llamada exilio no es demasiado extensa, aunque su escritura ocupó muchos años de trabajo del autor; dicha tarea se realizó “muy de buenas” y eso se nota en la gula del lector, que no quiere llegar al final del libro “para que no se le acabe”.