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Taibo II: nuestra generación sufrió de agotamiento; era inevitable

25 de noviembre de 2023 09:16

Paco Ignacio Taibo II viste una camiseta negra con su nombre estampado al frente, seguido del título de su más reciente libro: Los alegres muchachos de la lucha de clases: Las batallas de una generación que formaron el presente.

Aunque en ocasiones usa camisas de leñador estampadas a cuadros, realmente es el escritor de las playeras. Algunas han suscitado polémicas. Una que decía Menos Paz. Más Revueltas, levantó una buena polvareda entre los seguidores del Premio Nobel de Literatura. Otra, con la consigna de Todos somos Pachecos, en honor del autor de Las batallas en el desierto, levantó jocosos comentarios y la simpatía instantánea de los aficionados a darse toques de cannabis.

Paco visitó La Jornada para platicar sobre su obra, apenas salida de la imprenta, elaborada robándole tiempo a sus descansos al frente del Fondo de Cultura Económica. Una especie de autobiografía escrita como si fuera un álbum de fotos, que narra la historia de su generación, echando mano de recuerdos propios y ajenos y de un poco de ficción, y que él, contreras como es, prefiere describir de otra manera. A continuación, partes de esa conversación.

–Desde hace décadas has hecho una amplia crónica del movimiento popular y la izquierda, ¿por qué escribir tu autobiografía ahora?

–Porque no es una autobiografía. Es una mezcla de historias personales con historias que me contaron otros compañeros o que viví de cerca. Se volvió así una historia medio generacional, con historias del movimiento, personales e incluso, incursiones con materiales de ficción.

“Pretendí escaparme de la autobiografía. Lo que quería hacer es el retrato de los alegres muchachos de las luchas de clases, entre los que me incluyo. No soy el único, ni representativo, ni prototípico, ni nada. Soy uno más de este ejército de resistencia de ciudadanos que vivieron el 66, el 67, el 68, y dijeron: ‘mi bronca es con el viejo Estado mexicano, a todo o nada’. Eso incluye a traidores, culeros, vendidos, los que se fueron del barco y locos.”

–¿Es una colección de postales de tu generación?

–De una parte de mi generación: la de los irredentos, libertarios, rojos que vivieron todos estos años bajo la lógica del capitalismo es una mierda, y el Estado que lo representa, una mierda peligrosísima para la sociedad.

–Eres conocido por tu florido lenguaje. Sin embargo, eres cuidadoso al hacer la autocrítica de la misoginia juvenil de tu generación. ¿Es un trabajo políticamente correcto?

–Para nada. Ningún libro políticamente correcto cuenta la historia de con paciencia y salivita, el elefante y la hormiguita.

–Pero la cuentas más light.

–No. La reflexiono. He envejecido y soy diferente. Cuando te pones a escribir sobre el que eras en la secundaria, registras con pudor y con vergüenza que mi generación de secundarianos eran obscenos con relación a las mujeres. Yo nunca lo fui, pero me callaba la boca. No daba la batalla. Era de los que no se reían del chiste procaz antifemenino, pero no los resistía. Ahora soy más viejo y mucho más feminista de lo que fui a lo largo de toda mi vida.

–Naciste en Asturias y junto a tu familia te exiliaste en México en plena persecución franquista. ¿Te hiciste mexicano a fuerza de albures?

–A fuerza de una combinación de varios factores. Si cada 15 de septiembre la bola de culeros en la secundaria te perseguían por los patios para quemarte las patas, más te valía que te mexicanizaras. Cuando entras al movimiento obrero, más te valía no mostrar el cobre como extranjero, porque en aquella época el artículo 33 estaba en boga. Además, iba a una secundaria donde los hijos de la chingada me llamaban Platero y yo, o Marisol...

–Ni siquiera Joselito...

–Joselito en días malos. Tenía que protegerme la espalda, esa fue una razón. La otra razón es mi padre. Papá fue clarísimo. Cuando llegamos a México, dijo: vamos a ser mexicanos. Mi tío, que era más sensato, lo corrigió: vamos a intentarlo.

–¿Lo lograste?

–Me volví mexicano. Al final de mi vida puedo decir que soy un escritor mexicano, un activista político mexicano. He tenido experiencias en otras partes del mundo, muchas, pero soy mexicano.

–Eres parte de un grupo que militaba en la izquierda antes del 68. Confiesas que eras un maoísta con sentido del humor, pero no tanto, pero no haces énfasis en ese pasado. ¿Por qué?

–Me parece divertida la componente sectaria de la militancia espartaquista de los años previos al 68. Es en ese año donde viene el gran descubrimiento de que los motores de la sociedad son las multitudes y no los grupos políticos, no las vanguardias. Esta reflexión cambió la vida de muchos de nosotros.

“Nuestra generación sufrió de agotamiento. Era inevitable. Fue tirando por la borda centenares de compañeros. Sin embargo, el número de traidores que puedes contar con nombre y apellido en el Consejo Nacional de Huelga del 68 no es muy grande. En cambio, el número de los que se destruyeron con mota, alcohol, de los que se aburrieron, de los que se cansaron, es enorme.”

–En el libro hay referencias permanentes a la lucha obrera. ¿Vincu­larse a lo popular era una forma de redención?

–Para nada, era el contacto con la realidad. Esto es lo real. ¿Qué es lo irreal?: el visionario que creía en una revolución que estaba a la vuelta de la esquina, pero cuyas calles se alargaban y alargaban. ¿Qué era lo real? Los trabajadores en huelga, los campesinos asesinados, el conflicto por la democracia en una universidad. También lo que fue el fomento a la lectura, el libro y la cultura.

–En el libro no aparece el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas y tú fuiste muy cercano a él. ¿Cómo explicar esa ausencia?

–No sé. A la hora de que en la cabeza reconstruía las fechas, no me daban. No recordaba en qué momento se produce el auge del cardenismo. Yo no estaba en México al salir la Corriente Democrática del PRI. No lo viví aquí, sino después, cuando la primera batalla por el PRD. Creo que a la hora de ordenar la memoria, se me fue. No fue lo único. Se me fueron muchas cosas. No pretendan encontrar una enciclopedia de 70 años de lucha.

Hay muy pocas noticias que me conmovieron tan profundamente como el levantamiento zapatista. Pero en mi cabeza no tengo registro de cómo lo recibí en su momento con júbilo y de lo primero que escribí sobre esto. Mi cabeza empieza a ser un queso gruyer donde dominan los agujeros. Traté de que fuera un libro para salvarme de la desmemoria, de la propia, no de la ajena.

–Pareces sintetizar el sentir de tu generación con una camiseta que en la parte delantera dice nacidos para perder y en la de atrás sentencia: pero no para negociar...

–Me gusta. Ahí el término de negociar se refiere a negociar con las fuerzas oscuras de esta sociedad. Y sí, con esos ni agua.

–¿Cuál es la parte que más te gusta del libro?

–La que cuenta cuando empujaba la silla de ruedas de mi padre y él le tiraba pedazos de pan duro a los patos. O mi reflexión sobre la hormiguita que se cayó en mi vaso de Coca-Cola y dudé entre beberla con más proteína o no hacerlo. Son estas anécdotas, vitales e intrascendentes, las que más me gustan. También, desde luego, los capítulos que se llaman Ellos. Ahí intenté una reflexión generacional.

–Paloma Saiz, tu esposa, es una referencia permanente. ¿Por qué?

–Es una influencia muy pesada y muy sólida a lo largo de mi vida. Paloma es la firmeza.

–¿Cuánto tiempo te tomó hacerlo?

–Diez años. Estuve diez años coqueteando con la idea de este libro.

–¿Cómo pudiste escribirlo siendo funcionario público?

–Soy un funcionario atípico. En las noches escribo hasta altas horas.

Eso sí, mi ritmo de escritura bajó mucho. Sin embargo, estoy escribiendo otros libros interesantes. Debo vivir como 100 años para terminar los que tengo empezados. Necesito llegar a un pacto social con mis lectores para que empujen mis sillas de ruedas en las manifestaciones.

–¿Hay decepción o arrepentimiento de lo vivido aquellos años?

–No me arrepiento de ningún carajo. Quizá, el que soy con 74 años, hubiera vivido diferente a como viví, hubiera cambiado de opiniones y no hubiera cometido errores que cometí. Ahí están registrados varios. Pero no hay arrepentimiento, al revés.

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