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Byung-Chul: ¿la revolución interdicha?
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ealmente, ¿son imposibles las revoluciones hoy en día, tal como afirma Byung-Chul Han? Antes de responder a la pregunta habría que definir de qué revoluciones habla el filósofo coreano. Y esta definición, al menos desde la perspectiva de la pregunta misma –antes eran posibles, hoy, dadas las cacarterísticas del poder liberal, ya no lo serían– merece una reflexión de carácter histórico.

Si por revolución entendemos la transformación de un orden social en uno nuevo, las revoluciones que ocurrieron a partir del siglo XVII, en particular la inglesa, datan fenómenos que duraron por lo menos un siglo. En Inglaterra, el violento movimiento encabezado por Crowmwell en 1642 sólo inició el gradual relevo del antiguo régimen por una sociedad moderna. El lapso que tomó ese relevo se prolongó, como explica E. P. Thompson, hasta fines del siglo XVIII y se realizó a través de una multitud de reformas sociales, políticas y culturales. En Estados Unidos, la revolución de 1772 marca tan sólo el comienzo de un largo proceso que culminó en otra revolución: la Guerra de Secesión. Todo el trance duró casi un siglo. En México, el tránsito del mundo colonial a la sociedad moderna llevó más de un siglo y aconteció a lo largo de tres revoluciones (la Independencia, la Reforma y 1910) y una reforma general de la sociedad (el cardenismo). A esta larguísima duración Enrique Semo la definió correctamente como el ciclo de las revoluciones.

Pero hay un fenómeno poco analizado. Existen sociedades que alcanzaron un alto grado de modernización sin mediación de revoluciones violentas. En Europa, el caso más evidente es Alemania; en América Latina, Brasil. ¿Significa que en estos dos casos el cambió ocurrió efectivamente sin algún tipo de revoluciones? Si es que queremos descifrar la complejidad de la historia de la emergencia de la sociedad moderna, creo que hoy es imprescindible modificar de manera sustancial nuestro concepto de revolución. Esta historia muestra que hubo dos tipos de ellas: las revoluciones violentas y las revoluciones capilares. Estas últimas se presentaron bajo la forma de rebeliones, resistencias y reformas y modificaron distintas esferas de la sociedad en tiempos y duraciones muy diversas. Ni hablar de las más de 300 revoluciones fallidas que se escenificaron tan sólo en el continente europeo entre los siglos XVII y XX.

La revoluciones de Francia (1789) y Rusia (1917) crearon en los historiadores (y en el discurso político en general) la imagen de un fetiche muy singular. La idea de que un solo acontecimiento – la toma de la Bastilla en Francia y la toma del palacio de Invierno en Rusia– era capaz de modificar un orden entero. Un fetichismo –el de un acontecimiento casi mágico y todopoderoso– que deformó la escritura de su historia y del cual es acaso presa el problema formulado por Byung-Chul Han.

Y ¿cuál es el sitio de las revoluciones anticapitalistas? No muy distinto. A partir de la Comuna de París, pasando por los levantamientos anarquistas, y después por las grandes insurrecciones del siglo XX, se descubrió que el orden capitalista no desparece de un plumazo, por más heroico que éste parezca. Más aún: tras la experiencia de Allende en Chile, es decir, el inédito afán de una radical transformación de orden civil y pacífica, cambió la esencia misma del concepto de revolución. Concluyó, por así decirlo, el ciclo de las revoluciones violentas y se abrió paso una nueva era. Una era que hoy estamos viviendo: la de las revoluciones capilares. La razón es sencilla y compleja a la vez: el poder del Estado adquirió tales dimensiones en los últimos 50 años, que hace fácticamente imposible cualquier fenómeno parecido a los que sucedieron en el siglo XIX o la primera mitad del XX. En la hipótesis de Byung hay demasiada filosofía y muy poca historia.

Las revoluciones capilares se observan hoy por doquier: en Bolivia, Ecuador y Perú. Pero también en Francia, Estados Unidos y, en cierta manera, en Chile. Se trata de transformaciones que se escenifican a través de rebeliones e insurrecciones civiles y en campos sociales profundos (el feminismo, el ecologismo, el animalismo). Y sobre todo a través de un nuevo concepto de democracia. No la democracia liberal, sino la que definió la derrotada constititución chilena como democracia social y paritaria. Este tipo de revoluciones expresan un fenómeno muy distinto al que Gramsci observó (y definió) como las revoluciones pasivas. La idea de Gramsci es que el capitalismo produce revoluciones en su interior para adaptarse a los cambios sociales, políticos y tecnológicos. Las revoluciones capilares no se proponen esta adaptación. Parten de que los cambios profundos suceden en distintas esferas a ritmos y duraciones muy disímbolos. Los cambios en la esfera cultural provocan rupturas en el orden de la politicidad. Transformaciones sociales súbitas causan demandas económicas inusitadas. Y así sucesivamente. El tránsito entre un orden y otro lleva un tiempo innumerable. El error crucial de la izquierda en el siglo XX residió en su incapacidad para situarse en esta complejidad.