Opinión
Ver día anteriorMartes 25 de febrero de 2020Ver día siguienteEdiciones anteriores
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¿Virus o crisis financiera real?// Modelo económico quebrado

A

yer, los sacrosantos mercados –que todo lo regulan, todo lo arreglan, todo lo mejoran, según la tesis neoliberal– simple y sencillamente se sacudieron y entraron en pánico como reacción –tardía, si en realidad el pretexto utilizado es válido– al coronavirus y su propagación. Todos los mercados cayeron: bursátil, financiero, cambiario, petrolero y los que se queden en el tintero, y la pregunta en el aire es por qué hasta ahora, cuando el grave problema sanitario que se menciona comenzó alrededor de un mes atrás. Ahora le endosan todos los males habidos y por haber, aunque más parece una justificación para intentar disfrazar una crisis en ciernes, financiera, no médica o sanitaria.

Desde octubre de 2019, cuando menos, el Fondo Monetario Internacional(FMI) advirtió que los mercados financieros mundiales han sido azotados por los altibajos de las tensiones comerciales (sobre todo Estados Unidos contra China) y por las crecientes inquietudes sobre las perspectivas de la economía global. La desaceleración de la actividad económica y la multiplicación de los riesgos a la baja han suscitado un cambio a nivel internacional hacia una postura de política monetaria más acomodaticia, tendencia que ha ido acompañada de acusadas bajas en los rendimientos del mercado.

Sin embargo, siempre según la hipótesis que circuló ayer, el único responsable del desplome bursátil, financiero, cambiario y petrolero es el coronavirus, que, si bien ha inyectado nerviosismo al ritmo económico normal, hasta ahora no había impactado como para tirar a los sacrosantos mercados.

Con casualidad cronometrada, el FMI pasó de las tensiones comerciales como centro de la debilidad económica al coronavirus, y 24 horas antes de la sacudida de ayer, la directora de esa institución, la búlgara Kristalina Gueorguieva, se animó a pronosticar que el problema sanitario puede poner en riesgo la frágil recuperación de la economía mundial. La proyectada recuperación económica es frágil y el avance de China y del resto del mundo será impactado (de cualquier forma, estima que en 2020 la economía china tendrá un crecimiento de 5.6 por ciento, más del doble, incluso el triple, de lo que lo harían otras naciones altamente desarrolladas).

Pero como la alerta sanitaria alcanza para todo, ayer el inenarrable salvaje de las Casa Blanca, Donald Trump, aseguró que el coronavirus está muy controlado en Estados Unidos y –bola de cristal en la mano– dijo ver que el mercado de valores va muy bien. Sin embargo, más tardó en decirlo que Wall Street en caer 3.6 por ciento respecto del cierre del viernes, el mayor descenso en dos años.

En el caso interno, el índice de precios y cotizaciones de la Bolsa Mexicana de Valores cayó 2.2 por ciento (cerca de mil puntos); el tipo de cambio peso-dólar se depreció poco más de uno por ciento (debido a una mayor percepción de riesgo entre los inversionistas del sector, derivado de mayores temores por la expansión global del coronavirus, según dicen) y el precio del barril mexicano de exportación se redujo 2.06 dólares, para cerrar en 46.41. Sin duda, el coronavirus puede convertirse en pandemia, pero es un hecho que desde hace años la economía mundial está semiparalizada y los teóricos del neoliberalismo ya no saben qué inventar para cubrir las apariencias.

Las rebanadas del pastel

Cuando la cúpula empresarial asegura que “una regulación altamente restrictiva de la subcontratación ( outsourcing) conllevaría efectos nocivos en la economía, pues no sólo se perderían empleos, sino que se pondrían en riesgo los ingresos por exportaciones” (y atrás de ella se escuchan los aplausos de sus siempre serviciales Ricardo Monreal y Luisa María Alcalde), hay que leer correctamente: no toquen nuestra mina de oro (una de tantas). Dicen los barones que sólo hay que aplicar la legislación actual (cortesía de Felipe Calderón, en 2012) que no ha acabado de instrumentarse; no debe cambiarse algo que aún no ha sido probado y medido con suficiente tiempo. ¡Qué cara más dura!