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Creación de lectores
L

a fortaleza de un sistema educativo debe reflejarse en la creación de comunidades lectoras. Este ha sido uno de los retos permanentes que ciclo tras ciclo de la historia nacional se presenta y sobre el que se hacen diagnósticos y buscan soluciones. Sin embargo, en México, lo sabemos, la lectura consuetudinaria es una práctica de un bajísimo porcentaje de la población.

Me parece que fue Gabriel Zaid –el cual ha dedicado al tema de la lectura y sus entretelones varios análisis después recopilados en libros– quien señaló certeramente que la tregedia de México era que los hombres y mujeres con estudios universitarios abandonaron los libros en cuanto terminaron su preparación escolar. Es decir, consideraban que ya habían leído lo suficiente y que el resto de sus vidas no necesitaban más lecturas. Solamente leyeron de manera utilitaria, para obtener el diploma universitario.

El mismo Zaid y Juan Domingo Argüelles han develado datos, tendencias, mal entendidos de quienes tienen a su cargo programas para estimular la lectura, propuestas creativas y de bajo costo, advertencias acerca de privilegiar proyectos de varita mágica y construcción de posibles horizontes que acrecienten la lectura por gusto en el país. Todo lo anterior es un cúmulo que debe valorarse y usar para no volver a invertir todo tipo de recursos en diagnósticos repetitivos.

Las razones por las que una sociedad lee más que otra, incluso teniendo similares indicadores de bienestar económico y social, son variadas y no es posible responder mecánicamente ni dar recetas aplicables en cualquier contexto. Por ejemplo, en un sustancial ensayo titulado ¿Por qué es un problema la lectura? (Este País, enero de 2012), Juan Domingo Argüelles consigna la que algunas llaman la falta de disposición de los mexicanos para leer buenos libros, critica dicha óptica voluntarista y la contrasta con el caso español, donde sólo 3 por ciento de sus alumnos [alcanza] el nivel más alto de resultados de la prueba OCDE-PISA, en destreza lectora, y el hecho de que su índice de lectura esté a la cola de Europa. O sea, mayor escolaridad y capacidades económicas para hacerse de libros no necesariamente resultan en amplios porcentajes de quienes leen por el gusto de hacerlo.

La lectura, como otros hábitos, es posible de ser adquirida en el entorno familiar mediante el sencillo ejemplo de ver leer a otros, escuchar cuentos y fábulas, tener acceso a unos cuantos libros. Pero, ¿y si, como en la mayoría de los hogares mexicanos, los menores no tienen a su disposición estos recursos que podrían socializarlos y naturalizar el hábito lector? De ser así, como lo es en millones de niños y niñas, entonces el otro espacio vital para contagiar la práctica lecora cotidiana es la escuela. ¿Y qué si los centros escolares no fomentan en el alumnado leer para ir haciendo crecer el cúmulo epistemológico que permite relacionar nuevos conocimientos con otros ya internalizados? Bien sabemos que, en general, la orientación escolar nacional va por favorecer una pedagogía memorizadora y no un enfoque activo, en el cual se aprenda a construir conocimientos con el sencillo arte de hacerse preguntas. Porque, como bien afirmó Gaston Bachelard, la fuente de todo conocimiento es la pregunta.

Entender lo que se lee es una habilidad que se da, supuestamente, de forma acumulativa conforme se avanza en la pirámide escolar. Es verdad relativamente. Múltiples investigaciones muestran que alumnos de bachillerato y universitarios entienden fragmentariamente lo que leen y sin comprensión de lo que se les pregunta son vacilantes en las respuestas. Aprender a leer es, entre muchas otras cosas, multiplicar el conocimiento de términos que nos permiten comprender con mayor precisión lo expuesto en un escrito. Una cosa es descifrar palabras, muy otra desentrañar conceptos y categorías explicativas.

Gabriel García Márquez decía que la lectura se adquiere por contagio. ¿Qué tantas posibilidades existen alrededor de la ciudadanía para que se contagie del hábito? Lectores y lectoras que comparten su gusto por leer son influencias que agradecemos quienes nos subimos al tren de la lectura tardíamente. Tuve mi epifanía lectora en el bachillerato. Después vendría el descubrimineto de ampliar el mundo de mi lenguaje. Entendí que Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo (Ludwig Wittgenstein).

Crear comunidades lectoras es tarea de múltiples ángulos. Una pequeña contribución pudiera ser la recuperación del ejercicio de leer en voz alta. En la primaria casi todos mis profesores y profesoras estaban a punto de la jubilación. Al llegar la hora de leer solicitaban que el alumno en turno leyera para todos. Corregían la pronunciación, hacían notar lo que correspondía hacer cuando entre palabras estaban signos, una coma, punto y seguido o punto y aparte. Además nos instaban a buscar en diccionarios el significado de palabras que nos eran desconocidas. Algo aprendí leyendo en voz alta.