Opinión
Ver día anteriorMartes 19 de abril de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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De Szyszlo en San Ildefonso
N

o es la primera vez que el pintor peruano nacido en 1925 exhibe en México. Una de sus primeras incursiones tuvo lugar en 1959 y posteriormente, durante la época en la que Fernando Gamboa dirigió el Museo de Arte Moderno, participó en la colectiva Creadores latinoamericanos contemporáneos de 1976, en la que artistas de varias latitudes de nuestro continente estuvieron presentes, incluyendo por supuesto a los mexicanos Rufino Tamayo, Manuel Felguérez, Gilberto Aceves Navarro y José Luis Cuevas, entre otros.

La ocasión anterior en la que estuvo en México fue con motivo de una muestra individual en el Museo de Arte Moderno. Desde entonces han pasado 20 años. No sólo eso, dada su característica entrega accedió en alguna ocasión a participar como jurado internacional en una de las versiones de la Bienal Tamayo.

Hombre sumamente culto, generoso con su tiempo, con buen sentido del humor puede abrevar con amplio conocimiento de causa no sólo en todo aquello que se refiere a lo visual, sino al ámbito de las humanidades en general. Tal vez eso influye en su gusto por impartir charlas y conferencias y es capaz de hablar de un sinnúmero de temas, sobre todo de poesía. Su coterráneo (ya no paisano) Mario Vargas Llosa pronunció un discurso durante la ceremonia inaugural y días más tarde el pintor dialogó en el mismo recinto que alberga su exposición con el maestro Francisco Castro Leñero, quien guarda magnífica impresión de lo que entonces se dijeron (no estuve presente, así que no puedo abundar al respecto).

La exposición es escueta. Consta de 27 pinturas y no hay maás que uno o dos ejemplares entre las que corresponden a etapa no precisamente inicial, pero sí temprana de su producción. Eso se debe a que la selección que aquí se encuentra vigente, corresponde a una muestra mayor que habrá de verificarse en Lima.

Buena parte de las obras que la integrarán se encuentran actualmente en Colombia, donde el artista es asimismo objeto de homenaje.

La bonhomía del pintor no me es obstáculo para expresar lo que pienso de la exhibición. Pese a que la selección es suya, resulta reiterativa, aunque es cierto que las diferentes técnicas que ha manejado se encuentran representadas, inclusive hay un par de gráficas muy buenas. Se dice que una de las pinturas que él mismo privilegia es una bicromía en negro y blanco. Pero quizá yo prefiera Los visitantes de la noche, de 1988, que proviene del acervo del museo Tamayo. Como entreambos se conocieron, resulta probable que el buen ojo del oaxaqueño, acorde con la sensibilidad del peruano, hayan determinado la elección. Se trata de un acrílico (manejado como óleo), con carbón y pastel sobre tela.

Un cuadro tan reciente como Parcas en la noche, realizado este mismo año con miras a la exhibición, es ejemplo de su vitalidad y de su cometimiento al oficio. Aquí, cosa no muy común, prescinde de los rojos y utiliza el amarillo que se vuelve fuente de luz, como es su hábito, mediante radicales recursos claroscuristas.

Este proceder, que se reitera, permite que los colores vecinos al negro se iluminen con intensidad. Si el pintor, como ha afirmado, recibió fuerte impacto de Rembrandt, no hay que dudarlo, pues como afirmó en otra ocasión lejana, citando a un amigo: todos somos hijos de alguien.

No sólo le ha interesado la poesía de César Vallejo y de Octavio Paz, de quien ilustró Piedra del sol, sino que uno de sus poetas predilectos es Rainer Maria Rilke a cuyas Elegías de Duino ha rendido homenaje en una serie que incluye el hermoso cuadro realizado en 1991, que es uno de los mejores del conjunto. En cambio, el tríptico de gran formato, no por ser tamaño mural se cuenta entre lo mejor que se exhibe, eso desde mi particular punto de vista.

Algo que llama la atención al espectador (o llamó mi atención) es la acotación escueta de ciertos ámbitos mediante recursos representativos casi a línea, como puede serlo el ángulo de una pared o la presencia de una esclarea. La pintura titulada Cuarto en Auvers, de 2002, es un buen ejemplo, probablemente inspirado en Auvers sur Oise. Otro cuadro especialmente atractivo es Camino a Mendieta, de 1973.

Fernando de Szyszlo es un pintor abstracto que transfiere a su contemporaneidad, como lo hicieron Carlos Mérida y Pedro Coronel, la transposición libremente concebida de motivos prehispánicos con los que tuvo contacto desde su nacimiento. Lo hace sin rastro de folclorismo.

El título de la muestra la condensa de modo sugerente: Elogio a las sombras, sin ser sombría, refleja poéticamente la índole del conjunto.