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Negociación, vía para la estabilidad
C

orrerse al centro y sacrificar algunas exigencias de los opositores como vía para garantizar la estabilidad y, por extensión el statu quo. Es la lección de las negociaciones que permitieron elevar el nivel de la deuda del gobierno de los Estados Unidos. No hubo suicidio colectivo. El presidente Joseph Biden y el líder del Congreso, Kevin McCarthy, llegaron a un acuerdo para salvar al país de un desastre económico, social y político.

No hay ganadores ni perdedores. Uno y otro tuvieron que ceder en algunas de sus pretensiones. Desde los extremos de sus propias organizaciones políticas, Biden y McCarthy han sido criticados por dejar de lado las demandas de muchos de sus propios correligionarios. No obstante, una lectura cuidadosa de los acuerdos revela que las concesiones no fueron tan radicales como se ha dicho. En un contexto más amplio y menos polarizado significa que el statu quo no salió tan mal librado.

Para lograr el acuerdo, Biden debió ceder en propuestas que le habían ganado las simpatías de amplios núcleos de la población, como el apoyo al pago de las deudas de los estudiantes, medidas para reducir el uso de combustibles de origen fósil y el aumento de las obligaciones fiscales a quienes ganan más. Cierto, las concesiones permitieron romper con el peligroso impasse que se creó durante varias semanas, y muy probablemente hayan ocasionado, dentro y fuera del Partido Demócrata, un raspón a la popularidad que al presidente y a sus candidatos les es tan necesaria antes de las elecciones de 2024. En el caso de McCarthy, se especula si la fracción más radical del Partido Republicano pedirá su cabeza porque considera que en la negociación cedió muchas más de las demandas que ellos tenían. El hecho es que existe la duda sobre la forma en que esas reacciones se concretarán en en ambos casos. No está claro si habrá una radicalización mayor en ambos partidos o darán por hecho que fue lo mejor para garantizar el equilibrio en una nación en la que la sociedad está polarizada como pocas veces. En el Partido Republicano hay una profunda añoranza por la herencia de Ronald Reagan y la política neoliberal que fue el fundamento que le permitió conservar su hegemonía por más de una década. Entre los demócratas, la idea es que se deben rescatar los principios que Roosevelt, y en cierta medida Johnson, enarbolaron para avanzar hacia una sociedad menos desigual.

Desde su llegada al gobierno, Biden y McCarthy han enfrentado un movimiento creciente en sus flancos izquierdo y derecho, respectivamente. No ha sido fácil para ninguno de los dos concretar sus respectivas agendas, aunque es necesario decir que Biden, el negociador por excelencia, ha logrado salir mejor librado con la suya. Lo ha logrado contra viento y marea, aunque por circunstancias difíciles de entender no se han reflejado en su popularidad. Ahora, una vez concluida exitosamente la negociación de la deuda, está por verse qué efecto tendrá en su popularidad después de demostrar ese espíritu negociador y su capacidad para llegar a acuerdos con sus oponentes. En este contexto, cabe preguntar si el presidente será capaz de convencer a los republicanos del peligro que representa el convertir a democracia un conciliábulo de minorías, como lo han hecho en algunos de los estados que gobiernan.

De no ser así, ¿continuarán las clases más castigadas económicamente avalando el equilibrio –de alguna forma hay que llamarlo– que permitió salir airoso al presidente de la gravedad de otro episodio como el de la negociación de la deuda? Dirigentes como Bernie Sanders, Alexandra Ocasio y Elizabeth Warren han reiterado que si los demócratas no quieren perder el apoyo de las mayorías tal vez deberían dejar de lado su moderación y dar un paso hacia la izquierda. Admiten que es riesgoso, pero está a la vista que de la moderación, que ha permitido mantener el statu quo, se ha valido una minoría para enriquecerse a costa del bienestar de millones, y esos no deben ser los ideales del Partido Demócrata.