Opinión
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Edomex, el Acre del PRI
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oventa y cuatro años de existencia tiene el PRI, mismo tiempo que el estado de México de ser gobernado por ese partido que nació de la Revolución Mexicana, pero que al no mucho tiempo traicionó los ideales revolucionarios mientras usurpó su nombre para con su apellido institucionalizar la transa.

Casi un siglo después de que el general Filiberto Gómez –quien combatió al lado de Obregón– rindió protesta como primer gobernador mexiquense del PNR, organización que hoy conocemos como PRI, el partido está a punto de perder el estado de México, su gran fortaleza, cuna de uno de los grupos políticos más poderosos del país, el Atlacomulco, para convertirse en lo que parecía inimaginable, un partido chiquito.

Un político pobre es un pobre político es la frase que, acuñada por Carlos Hank González, define el ideal y prácticas del Grupo Atlacomulco cuya riqueza es inversamente proporcional a la pobreza de la mayoría de los mexiquenses. Su hegemonía causó rezago en la democracia del estado, lo que le ha permitido, hasta ahora, conservar la gubernatura, pero apenas con las garras y con poca o nula legitimidad pues, a diferencia de lo que sucedió con los márgenes de triunfo que lograron Enrique Peña Nieto y Eruviel Ávila de más de 20 por ciento en el primer caso, y 40 en el segundo, al todavía gobernador Alfredo del Mazo Maza –hijo y nieto de gobernadores mexiquenses también pertenecientes al Grupo Atlacomulco– la autoridad electoral le dio la victoria con apenas 3 por ciento sobre la maestra Delfina Gómez en medio de irregularidades, entre ellas la compra de votos, acarreo y urnas embarazadas.

Veintitrés gobernadores priístas convirtieron en 94 años a uno de los estados más hermosos y ricos del país, el que más municipios y electores tiene, en la entidad que registra más feminicidios, la mayor incidencia delictiva en robo a transporte público individual y colectivo, y el segundo en homicidios dolosos. La tristemente célebre frase en el transporte público que antecede al despojo de las pertenencias de los usuarios a cambio de dejarlos vivos, ya se la saben, es un fatídico lugar común que muestra el alcance que el crimen tiene ante una indefensión ciudadana que no podría explicarse sin la colusión de las autoridades y que lleva al estado a ser la entidad en la que en 2022 mayor cantidad de delitos contra el patrimonio se cometieron y registró la mayor tasa de incidencia delictiva por cada 100 mil habitantes.

El Acre fue la última fortaleza de los cruzados cristianos en Tierra Santa, su caída a manos de los ejércitos del sultán mameluco Khalil fue el último capítulo de las Cruzadas en Oriente y su ideal quedó enterrado para siempre. Hoy el estado de México es la gran y última fortaleza del PRI, partido que hace mucho dejó de ser revolucionario y que hoy ya ni institucional es. El rompimiento en su interior es síntoma, no causa, de la pérdida natural de todo aquello que algún día tuvo.

Con su dirigente, Alejandro, Alito, Moreno, el PRI perdió en tan sólo dos años nueve de 11 gubernaturas; este año todo apunta a que perderá –al menos– una más y con ella su último bastión, el estado de México. Pero el dirigente, a pesar de los malos resultados, acaba de prolongar su periodo al frente del partido hasta después de las elecciones de 2024. No cabe duda, la fortaleza de Alito radica en la debilidad del PRI, y la debilidad del PRI aumenta con la fortaleza de Alito.

Hoy el PRI acude a cualquier estrategia con tal de aferrarse al poder, incluso a renegar de sí mismo en un insulto más a un pueblo que no es el mismo que aquel al cual pisoteó durante décadas y empobreció para seguir ganando elecciones. Como buen violentador, se dice arrepentido de su pasado y promete cambios que no cumplirá debido a que efectuarlos atentaría contra su ideal de ser políticos ricos y no pobres políticos.

En el último debate entre las candidatas al estado de México, Alejandra del Moral llamó a olvidar el partido político a la hora de emitir el voto. Así de claro tiene la candidata del PRI el repudio en la población a lo que los colores que abandera representan en el imaginario colectivo. No hay manera en la que pueda justificar las gestiones anteriores, de las cuales nace y desde donde se postula. No hay maquillaje que pueda esconder las cicatrices que el PRI ha causado a través de las heridas con las que desde hace 94 años lastima al estado de México y a sus habitantes. La próxima gobernadora mexiquense tendrá que ser una maestra en el arte de sanar a una población y a un territorio severamente lacerados por una familia política íntimamente emparentada con la corrupción y la impunidad.