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El fotógrafo de Minamata
E

n 1971, la última gran historia gráfica de la revista Life antes de desaparecer exponía lo que hoy se ha vuelto obscenamente común: los daños brutales que causa la contaminación industrial en la vida de las comunidades, y por extensión en todo el género humano. Eso que llamamos conciencia ecológica o ambiental estaba muy verde todavía. No que no tuviéramos ya hasta el cuello la fiebre apocalíptica sembrada en Hiroshima, pero el envenenamiento cotidiano distaba de ser obvio.

El desastre en Minamata, Japón, saltó a la historia gracias a las fotografías de W. Eugene Smith sobre los efectos mercuriales en recién nacidos. Como el envenenamiento de la pequeña bahía donde la pesca alimentaba a la población local databa de 1950, los primeros recién nacidos tenían 15 o 20 años cuando llegó Smith guiado por la joven activista Aileen Mioko Sprague, una estudiante de Stanford que, sin saber quién era él, embarcó al Famosísimo Fotógrafo Al Borde Del Abismo en una última y definitiva aventura, clímax de una obra personal-pero-periodística con la que Smith coronaría magistralmente esa intimidad sobrecogedora con sus personajes que lo caracterizaba.

La cinta de ficción Minamata (Andrew Levinas, 2020) reconstruye este episodio clave en la educación del ojo humano (aunque Susan Sontag alega que las fotos se olvidan y diluyen su impacto cuando cambiamos la página; el ojo no aprende). Con problemas para su estreno y difusión a causa de la pandemia de covid 19 y más aún por los escándalos maritales y la cancelación del macho Johnny Depp, protagonista del filme, finalmente desfiló en la Berlinale en 2021. Se trata de una brillante puesta en escena del drama por la “enfermedad de Minamata (deformidades óseas en todo el cuerpo, invalideces múltiples, parálisis cerebral), que condenó a las familias de trabajadores a cuidar a sus hijos envenenados por una empresa indiferente y criminal: Chisso.

Acerca de la película baste decir que la caracterización es notable y contenida a pesar de que el personaje podría desatar al peor Depp. Smith parece acabado, bebe sin parar (la película omite las anfetaminas de la vida real), no soporta a los demás y, de pronto, una estudiante de origen japonés lo lleva a las puertas del averno y lo acompaña hasta adentro. La música, una de las últimas partituras de Ryuichi Sakamoto, hace sentir la experiencia hasta los huesos.

Nacido en Wichita en 1918, Smith fue fotógrafo desde chamaco. Nació para eso. Hacia 1970 ya había marcado el arte fotográfico con sus series de la guerra del Pacífico, los mineros de Gales y los acereros de Pittsburg, la intensa aldea española aplastada por el franquismo, el médico rural (1948) que antecede por 20 años al de John Berger y Jean Mohr), el operático doctor Schweitzer en Lambarené, los manicomios de Haití y el jazz en caliente en su departamento, Thelonius Monk incluido.

Sostuvo una soterrada pugna con la verdad fotográfica, consciente de que la mirada nunca es una, puede ser otra a la vez para transmitir la realidad con sinceridad irrebatible, desnudando aquello que Sontag señalaría: Los ciudadanos de la modernidad, consumidores de violencia como espectáculo, adeptos a la proximidad sin riesgos, son educados para ser cínicos ante la sinceridad (Mirando el dolor de otros, 2003).

Trabajó accidentadamente para Life y la agencia Magnum. Todo en él fue accidentado. Cumplió una temporada en el siquiátrico. En una de sus crisis atrincheró en su departamento de Manhattan y durante meses realizó miles de fotos desde su ventana en el cuarto piso (As from My Window I Sometimes Glace), auténtica cueva de Platón como propone el especialista Jim Hughes.

Lo que registró en Minamata con interiorización visual casi renacentista, llevando su estilo al límite, antecede los ambiciosos afanes de Sebastião Salgado, uno de sus mayores deudores gráficos. Fiel a su método, Smith incorporó su vida a los asuntos, lugares y personas que retrataba pero, desobedeciéndose, por una vez se involucró e hizo suya la lucha de las víctimas. Atrajo atención mundial a la tragedia negada y ocultada durante 15 años por la empresa, exhibiendo de paso al Estado japonés que a la postre no hizo justicia a decenas de miles de afectados. Los desastres se han multiplicado: Bophal, Chernobyl, Fukushima, Exxon-Valdez, nuestro Salto de Agua en Juanacatlán y un aterrador etcétera. Smith admitía que él sólo amplificó el mensaje.

De acuerdo con su biógrafo Hughes, Smith se convirtió en defensor de las familias envenenadas irremisiblemente, y resultó víctima también cuando lo golpearon brutalmente los matones de la empresa solapados por la policía, para ahuyentar su poderosa presencia. Parcialmente ciego, casi incapaz de fotografiar, dependió cada vez más de Aileen, ahora su mujer, para continuar trabajando y concluir el proyecto climático de su vida. Aunque no le gustaba empacar y cerrar sus historias, Smith llegó a decir: Siempre quise dejarlas de tal manera que tuvieran un mañana.