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¿La fiesta en paz?

Dos elegías a don Carlos

C

arlos, o Charly para los cercanos, sustentaba su bondadosa actitud en una sensibilidad que iba de la ópera y la zarzuela a los toros, pasando por el amor y el humor, inmerso todo en un afable compromiso consigo mismo y con los demás.

Con motivo de la partida física de su padre, Paloma Casanueva Guiscafré escribe: “Domingo, ¡qué día es el domingo! Dicen que los domingos hay que estar siempre alegres, que los domingos son como un sol que irradia su gracia, que los domingos son pues la obra maestra semanal. ¡Cuánto te gustaban los domingos y cuántos buenos domingos nos regalaste! Ese domingo sería diferente, pero no por eso sería menos domingo. Ese domingo se percibía una calma; muy de mañana se palpitaba que el momento aquel llegaba. –Maestro, que ya es la hora. –¿Ya es la hora? –contestabas. –¡Pues qué temprano amaneció la tarde!

“Vi de luces el callejón, yo temblaba de miedo, tú agarrabas valor y te lanzabas al ruedo. Torero bueno te decía, dicen que ya es la hora, es tu momento de gloria, es tu faena, torero. ¡Qué tandas de naturales! Hasta el silencio te hacía el quite. ¡Qué porte, qué temple y qué arte! ‘¡Música!’, gritaba la gente, y entre la ovación y la muerte, se escuchaba un sí, el sí más importante; ¡que estaba entregando su vida al Creador el torero más valiente! La has bordado en grande, papá, ¡qué ejemplo me dejaste!

“Ya está todo dicho, pero quisiera repetirte que es por ti que tengo fe, es por ti que quiero a mis mayores y me conmuevo con los gestos nobles, es por ti que me emociona el arte, que la belleza hace vibrar mi alma y que disfruto de un buen vino o un chocolate. Es por ti que admiro la grandeza y la simpleza, que el silencio no me asusta y que me gustan las tardes de charlas alrededor de una mesa de madera. Gracias por haber calentado mis manos frías, por tu elegancia, delicadeza y ocurrencias, por enseñarme a no querer ser protagonista, y por tus miradas con las que me hablaba tu alma para darme el consejo más fino.

Gracias por tus piropos tiernos, por jugar conmigo y por mostrarme el camino al cielo. Gracias por haberlo dado todo, por sufrir en silencio, por dejarme morir contigo un poco, por enseñarme hasta tu última palabra, por dar el sí de tu corazón. Gracias por dejarme, aún con tu muerte, el alma llenita de ti, el alma llenita de Dios. Así como estuvimos tomados de la mano hasta el final, así nuestros corazones se tienen abrazados hasta encontrarnos. ¡Te quiero siempre con todo lo que soy! Hasta el cielo, papá, hasta el cielo.

Y un sobrino, Óscar Méndez Oseguera, le dice: “Se escucha un bramido en la arena y embiste por última vez la temible bestia de pitones de muerte. Don Carlos se queda quieto como estatuario Tancredo, su piel se hace de mármol blanco y se viste de eternidad, desmaya el último pase con suavidad, las frías manos, manos prendidas del vuelo de una dulce paloma y de toda la cuadrilla. Al vuelo, un capote azul y blanco besa la arena en un quite: ¿qué no estoy yo aquí? Y pasa el toro, ¿qué no estás en mi regazo? Y remata a la bestia, que se aleja confundida; se escucha un olé muy grande a la reina, ese último olé que es el amén de los toreros.

La música se ha callado, va dando la vuelta al ruedo, ha bregado en su agonía como los grandes maestros, arte tan suyo, tan fino, tan suave y delicado, vamos, de ese que ya no hay; la cuadrilla guarda, entre lágrimas, capotes y avíos. Se abre la puerta grande, no la del príncipe, la del rey de reyes, y en hombros le van llevando los ángeles y querubes, orejas y rabo en una mano y corazones en la otra, qué gran torero en la vida, mejor torero en la muerte. ¡Olé, los toreros buenos! ¡Olé los próximos santos!