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Brasil: democracia en vilo
L

as escenas registradas ayer en Brasilia son grotescas e inquietantes a partes iguales. La irrupción de hordas de fanáticos bolsonaristas en el Congreso, el Tribunal Supremo y el palacio presidencial ha sido un déjà vu en clave tropical del asalto al Capitolio perpetrado por los más incondicionales seguidores de Donald Trump, casi exactamente dos años atrás, el 6 de enero de 2021.

Entonces, como ahora, grupos violentos de ultraderecha invadieron los asientos del poder legal con la intención de descarrilar por la fuerza el proceso democrático.

Es imprescindible pasar por encima de lo anecdótico para localizar las causas y los inocultables peligros detrás de estas manifestaciones que buscan acabar con la presidencia de Luiz Inácio Lula da Silva.

Los bolsonaristas, como los trumpistas, los macristas en Argentina, los fujimoristas en Perú, los uribistas en Colombia, o los seguidores de Vox en España, son sectores del electorado movidos por dos grandes fuerzas: el miedo y el odio.

Es un miedo a un mundo que ha cambiado de maneras que no entienden y con las que no están de acuerdo –con el reconocimiento social a las mujeres, el respeto a la diversidad sexual, la condena al racismo y la conciencia ecológica–; un miedo a lo diferente, muchas veces encarnado en los extranjeros, a los pobres, a la pérdida de un estatus a partir del cual han construido su autoimagen.

Odio a todo lo que amenaza –en la realidad o en su imaginación– ya a los valores conservadores a los que se encuentran anclados, ya a su autopercepción de superioridad financiera, cultural o moral.

En las últimas dos décadas, ese miedo y ese odio se han cristalizado en un fenómeno singular: un anticomunismo cerril, incluso patológico, toda vez que se da en contextos nacionales y en un marco global en el que no existe una sola organización o partido de orientación comunista con posibilidades de disputar el poder.

Pero la aparición de esta esquizofrenia entre personas identificadas con el espectro derechista no es producto de la casualidad, sino la consecuencia lógica de la manipulación ideológica y el bombardeo mediático dirigidos por las oligarquías: a fin de perpetuar los privilegios y el trasvase infinito de recursos públicos a manos privadas que son la esencia del proyecto neoliberal, los dueños de los grandes capitales construyeron una mitología en la que el gobierno plutocrático (es decir, de los más ricos) es equiparado con la democracia, y cualquier intento de corregir el modelo vigente en beneficio de las mayorías se denuncia como un asalto a la libertad y a la vida misma.

Después de años de ser aterrorizados mediante campañas sucias, según las cuales incluso el más moderado progresismo es una amenaza totalitaria, hoy los simpatizantes de la derecha experimentan la alternancia política como un asunto de vida o muerte, en el que creen en juego todo aquello que les es preciado.

Si a este clima de contaminación ideológica se le suma el uso faccioso de las instituciones por la derecha partidista para poner y quitar gobiernos a contrapelo del mandato de las urnas (como ya ocurrió en Brasil con el golpe de Estado contra Dilma Rousseff en 2016, y acaba de ocurrir en Perú con la destitución de Pedro Castillo), queda a la luz por qué los bolsonaristas son incapaces de aceptar un resultado electoral adverso y se sienten empoderados para dar la espalda a la ley.

La cercanía de los antecedentes golpistas en Brasil, aunada a la presencia de correligionarios de Bolsonaro en el Congreso, el Poder Judicial, y los gobiernos estatales obligan a tomarse en serio el afán desestabilizador de un sector de la ciudadanía cuya primera reacción ante la victoria de Lula fue acudir a las instalaciones del Ejército para exigirles a los uniformados que emprendieran un cuartelazo.