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Ver día anteriorSábado 5 de noviembre de 2022Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Democracia asediada
L

os tiempos actuales no son los mejores para la democracia. De todas partes del mundo llegan signos preocupantes de su asedio. En Europa, en paralelo al escepticismo –principalmente juvenil– sobre los partidos políticos tradicionales, avanza a pasos agigantados el populismo conservador, sea en el caso más reciente de la alianza de derecha y la ultraderecha en Italia, o el avance parlamentario del Frente Nacional en Francia, la consolidación reaccionaria en Hungría e incluso en países que parecían inmunes, como Suecia, crece esta tendencia.

En otras latitudes, naciones con luchas ejemplares por alcanzar su libertad y su democracia, como es el caso de India, ven renacer gobiernos discriminatorios, xenófobos y misóginos. En nuestra América Latina los populismos, autodenominados de izquierda, avanzan hacia el más descarado autoritarismo, aniquilando despóticamente a la sociedad civil, como en Nicaragua, en alta traición a su pasado revolucionario y democrático.

¿Qué es lo que tiene en común este asedio cuasi global a la democracia?, por un lado, el intento de reducir los avances políticos de siglos a democracias plebiscitarias; es decir, dispuestos a confirmar los mandatos del gobernante, en los que el ciudadano queda reducido al votante individual, sin mediaciones frente al poder político, que se asume como el único autorizado a decidir por todos, a cambio de adular al pueblo abstracto, sin avances concretos en su bienestar.

En cada región a estos temas se les añaden otros. En América Latina, por ejemplo, se plantea el falso dilema entre democracia y justicia social, mismo que parte del desconocimiento intencionado de que los derechos humanos son indivisibles e interdependientes. Por tanto, que no se podrá avanzar hacia una verdadera justicia social –más allá de la dádiva condicionada, explícita o implícitamente– si su sociedad no tiene el poder de imponer las políticas públicas necesarias a los gobiernos en turno.

No en balde el aporte latinoamericano a la cultura política mundial fue el de la participación ciudadana, hoy ampliamente reconocido, salvo por las posiciones ultraconservadoras. La democracia, para que sea tal, debe tener al menos tres ingredientes: un contenido representativo, necesario, pero no suficiente; un componente de toma directa de decisiones por la población sobre aspectos cruciales, sin mediaciones partidarias, y una dimensión participativa, que implica la intervención de la sociedad a través de sus múltiples formas de organización en la formulación y ejecución de las políticas públicas que más afectan su vida.

En la actualidad, sin alguno de los tres es falaz hablar de democracia. Por ello, los populismos, conservadores o seudoprogresistas, tienden a combatir y pretenden deslegitimar toda forma de organización social que no se someta a su poder y que en tal medida se convierta en contrapeso a su omnipotencia; la que además de pretenderla absoluta, la quieren perdurable, más allá de los mandatos legales.

Frente a este sombrío panorama de asedio a la democracia, hay por supuesto signos esperanzadores, como las rebeliones juveniles contra las teocracias misóginas; las articulaciones de los movimientos sociales, y los gobiernos progresistas emergentes en América Latina, como el de Chile, Colombia o Brasil, los que al mismo tiempo que reivindican la democracia, completa, no sólo electoral, diseñan estrategias de redistribución de la riqueza, uno de los principales puntos de conflicto que experimentan con la oposición conservadora, al diseño de las reformas fiscales redistributivas, que prometieron y están en proceso de formulación.

La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil fortalecerá esta tendencia, sobre todo si, como es de esperarse, retoma el reconocimiento y apoyo a las diversas e innovadoras formas de participación ciudadana que tuvieron auge en los anteriores periodos en que fue presidente y que se convirtieron en ejemplo y fueron puestos en práctica en múltiples países del mundo. El reto común a estas experiencias emergentes es fortalecer sus vínculos con las organizaciones y movimientos de la sociedad.

El panorama planteado será el espejo en el que tendremos que ver los retos para el futuro próximo de México. Ante la anticipación de la discusión centrada sobre el quién del próximo gobernante, la sociedad tiene la necesidad de poner en la agenda el qué de las acciones que debería realizar, y el cómo lo va a hacer, influyendo para que aquéllas se encaminen al desarrollo del pueblo que, como lo señala la Declaración Universal del Derecho al Desarrollo, tiene que ser integral. Es decir, social, económico, político, cultural y participativo. En consecuencia, fundamentado en los derechos indivisibles e interdependientes, con la intervención de la sociedad. Este es el aporte que nos toca para romper el asedio a la democracia.