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Mar de Historias

Simple basura

A

ugusto no sabe cuánto tiempo lleva caminando ni por dónde va. No le importa. Sólo desea alejarse de su casa, de su vida, convertirse en otro hombre que no lleve ese traje azul marino, lustroso, con que se presentaba a trabajar todas las mañanas, a la misma hora, recién afeitado y con la bolsa donde Águeda, su mujer, le había puesto el almuerzo. Ajeno al tiempo y a las personas que pasan junto a él, Augusto camina de prisa, sin detenerse, a pesar del cansancio que lo agobia y para el que no hay alivio, porque le viene de la desesperanza.

Hoy no le quedan fuerzas para fingir otra vez que, como lo hizo durante veintiún años, se dirige a la oficina donde pasaba ocho horas rodeado de objetos que los viajeros habían dejado sobre o debajo del asiento del tren y por la mañana iba a entregar alguno de los barrenderos. A partir de ese momento quedarían bajo su custodia hasta que los olvidadizos llegaran a rescatarlos, previa identificación y firma de conformidad.

II

Para Augusto era muy gratificante ver que las personas que habían entrado para pedir informes se iban de la Oficina de Objetos Extraviados satisfechos por haber recuperado un suéter, un llavero, unos lentes, una bolsa sin más tesoro que una tira de boletos del Metro, monedas, un billete –quizás el último.

Los beneficiados casi siempre expresaban su reconocimiento con un lacónico gracias. Esa palabra hacía que Augusto se sintiera orgulloso de su desempeño en el trabajo. A muchos les parecía insignificante y, sin embargo, para él era de gran valor, porque al restituirle al distraído su propiedad le daba algo codiciable: un motivo de alegría, aunque fuese muy breve.

III

Gracias a su experiencia, Augusto había aprendido a catalogar a las personas de acuerdo con su actitud o su manera de dirigirse a él. A quienes se demoraban explicándole el valor sentimental que tenían para ellos objetos carentes de valor económico los clasificaba como seres solitarios o desempleados que en la oficina habían encontrado lo que más necesitaban: alguien con quien hablar, darle sentido a los minutos muertos.

Por esos individuos Augusto experimentaba una mezcla de simpatía y compasión; por tal motivo, muchas veces era él quien buscaba la forma de prolongar la charla contándoles algunas experiencias vividas en su trabajo. Le gustaba recordar la historia de la mujer que durante meses se había presentado con una cobijita entre las manos para decirle: Era de mi muñeca, pero la perdí. De casualidad, ¿no se la han traído?

A pesar de haberlo contado infinidad de veces, su relato predilecto era el del estuche odontológico que contenía una dentadura postiza. Por extraña coincidencia, dos ancianos fueron a reclamarlo al mismo tiempo. La discusión entre ellos se prolongó hasta que Augusto les propuso un acuerdo: que se repartieran las placas. Ellos aceptaron el trato y nunca volvió a verlos.

Ya fueran personas solitarias o desempleadas, los desconocidos celebraban el cuento riéndose hasta las lágrimas. Hoy, a Augusto le gustaría tener un pretexto para reírse hasta las lágrimas sin que Águeda le pregunte qué es tan gracioso como para que se muestre feliz a pesar de su desempleo, la crisis económica por la que están pasando y que a ella la mantiene insomne y angustiada.

IV

Si no tiene fuerzas para fingir que sigue su rutina de antes, menos la tiene para imaginar que nunca llegó aquel viernes en que su jefe le informó que la Oficina de Objetos Extraviados iba a cerrarse y que, por lo tanto, ya no eran necesarios sus servicios. Augusto, que durante todos sus años de trabajo nunca se opuso a las disposiciones superiores, ese día protestó con el argumento de que en la oficina quedaban aún muchos objetos sin devolver, y por ese motivo debía posponerse el cierre hasta que sus dueños se presentaran a reclamarlos. De otro modo, ¿qué iban a hacer con tantas bolsas, llaveros, chamarras y los demás objetos que atestaban los anaqueles?

Augusto no ha olvidado la expresión asombrada de su jefe ni el desdén con que le habló: ¿En serio me pregunta qué vamos a hacer con todo eso? ¡Pues echarlo a la basura! Esas cosas no valen nada, de otro modo, ¿usted cree que las habrían olvidado? ¡Claro que no! Aceptemos que todo lo que hay aquí, absolutamente todo, ¡es basura! ¿O le parecen muy valiosos aquella bolsa, la chamarra con cuello de borrega, el sobre con radiografías o esa carriola destartalada?

Para demostrarle que su apreciación era injusta, que estaba equivocado en cuanto a lo que él consideraba basura, Augusto le contó alguna de las historias que le habían referido los seres que él consideraba como solitarios o desprotegidos.

Su elocuencia, la emoción con que Augusto la desplegó, sólo sirvieron para que su jefe se mostrara aún más indiferente y dispuesto a reivindicar su autoridad en los términos más enérgicos: No vine a pedirle opinión, sino para informarle que el cierre de esta oficina está decidido. Tenemos que llevarlo a cabo lo antes posible. ¿Se ha puesto a pensar en los gastos que ocasiona esta oficina sin que le reditúe nada a la empresa? ¿No? Pues piénselo. Ah, y preséntese el lunes en las oficinas centrales. Necesito que me firme unos papeles. ¿Alguna duda? Bien. El lunes, sin falta.

Solo, abrumado por la mala noticia, Augusto se puso a mirar el contenido de los anaqueles y pensó que había invertido veintiún años de su vida –¡veintiún años!– cuidando infinidad de pertenencias a las que su jefe había llamado simple basura.

V

Ahora, mientras sigue caminando, ansía más que nunca quitarse el traje azul y dejarlo, junto con sus recuerdos, en alguna oficina de objetos extraviados. En una ciudad tan grande como ésta debe haber muchos –piensa. Es posible que en alguno requieran los servicios de un hombre que durante más de veintiún años se dedicó a corregir olvidos y aliviar soledades. Pensarlo le provoca satisfacción, orgullo y una alegría infinita que lo lleva a reír hasta las lágrimas.