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Lo que no dicen de Cuba
V

ivimos, en pleno desarrollo, una guerra de información al viejo estilo de los halcones que susurran en el oído a los presidentes de Estados Unidos. No empezó con Biden, hay que decir. Desde 2017 vienen martillando la falacia de un estallido social en Cuba con su solución mágica, la intervención humanitaria, mientras Trump avanzaba en su letanía de sanciones adicionales al bloqueo, 243 para ser exactos, que ha mantenido incólumes la actual administración.

En febrero de 2020, los amigos del secretario general de la OEA, Luis Almagro, y de los congresistas de Florida, entre selfi y selfi con los fachas más aborrecibles de la derecha trasnacional, lanzaron la campaña en redes Crisis en Cuba: represión, hambre y coronavirus. No existía en ese momento ni un solo caso de Covid-19 en la isla. Tampoco faltaban, co­mo ahora, alimentos o medicinas, pese a los sucesivos golpes a las finanzas, las presiones a los bancos, la persecución a los barcos con petróleo, el corte abrupto de las re­mesas, la cancelación de los vuelos regulares desde EU y mucho más. Como recordaba por estos días el escritor cubano René Vázquez Díaz, imagínense el ejército de funcionarios gubernamentales estadunidenses que han trabajado lealmente, desde 1960, para hacer sufrir hasta lo indecible a los niños cubanos, a los ancianos y enfermos, a las mujeres y a los hombres de un país pequeño que jamás ha agredido a su verdugo. Imagínense la cantidad masiva de funcionarios que, ahora más que nunca, mantiene esa labor diaria.

Imagínese por un instante cuán­to ha costado esta guerra de espectro completo que opera en el ciberespacio, donde conectan y se cruzan todas las informaciones de los operativos en tiempo real para garantizar que el estallido social pase de la machacona promesa a algo que lo parezca, sin que se mencione la mano que ha mecido y remecido la cuna. Y sin develar, por supuesto, que la mayoría de la población cubana no participó en los incidentes y no aceptará, de ninguna manera, la intervención humanitaria y sus bombas y marines acompañantes.

Cuando el gobierno llamó a su pueblo a defenderse, el toque a rebato en las redes sociales y en los medios trasnacionales dio la señal de convertir al presidente Miguel Díaz-Canel en un criminal. Se les olvidó mencionar que no llamó al ejército a disparar a los ciudadanos, ni ordenó sacar ojos, ni a usar bastones eléctricos, ni tanques de agua con ácido, ni gases lacrimógenos, ni ninguna otra arma que no fuera el pecho de aquellos que sí saben quién es el criminal en esta historia. Y ellos salieron a defender la revolución, incluso, antes de que Díaz-Canel explicara la tarde del domingo lo que ocurría y llamara a calmar a personas que han sido un día tras otro bombardeadas por océanos de información tóxica y fake news de todo tipo vía redes sociales. Sin ir más lejos, cuando redacto estas líneas, CNN en español ha presentado una manifestación de apoyo a la revolución de los trabajadores del Ministerio de Economía, en La Habana, como si fuera una protesta antigubernamental. Para hacerla más realista, le ha añadido la canción Libertad, del empresario miamense Emilio Estefan.

Lo que no dicen de Cuba es que desde hace casi dos años se ha estado documentando la participación de empresas y sitios digitales de Florida en la organización de esta campaña, con financiamiento gubernamental estadunidense. Tampoco hablan del uso de sistemas de big data e inteligencia artificial de última generación contra la isla, como los que emplearon para justificar el golpe de Estado en Bolivia, por ejemplo, y la presencia de cibertropas digitales que coordinan acciones en las redes y utilizan esos sistemas de inteligencia computacional para generar una ruidosa cámara de eco contra el gobierno cubano.

El investigador español Julián Macías Tovar ha mostrado cómo estas cibertropas organizadas en Twitter amplificaron millones de mensajes y dieron instrucciones para el acoso coordinado a influencers con el objetivo de dar volumen a la etiqueta #SOSCuba. Las tácticas utilizadas, propias de operaciones de ciberguerra, tenían el objetivo de generar de manera artificial la ilusión de un consenso a gran escala contra el gobierno cubano a partir de una operación de fuerza bruta en las plataformas sociales, minuciosamente planificada, que reúne todas las características de la guerra irregular o híbrida de diseño estadunidense en tiempos de Internet, que lleva casi 20 años de práctica.

Cuando en 2003 el Departamento de Defensa de EU declaró al ciberespacio como nuevo territorio a conquistar, lo hizo para definir las operaciones de network centric warfare, o ciberguerra, descritas como “la realización y la preparación para llevar a cabo operaciones militares de acuerdo con los principios relacionados con la información. Significa perturbar, si no destruir, los sistemas de información y comunicación, definidos en términos generales para incluir además la cultura militar, en la que se apoya un adversario para ‘conocerse’ a sí mismo: quién es, dónde está, qué puede hacer, cuándo puede hacerlo, por qué está luchando, qué amenazas contrarrestar primero, etcétera”.

La desinformación, el fraude y la manipulación no sólo intentan convertir en estallido social disturbios creados en laboratorios estadunidenses, sino convertir a los espectadores en cómplices de un crimen contra millones de cubanos. Hay muchas cosas que no se dicen de Cuba, pero no dude que ésta es la principal.