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Dos cosas
P

rimera. La relación de los ciudadanos con la política y los políticos se ensambla de muy distintas maneras: desde el desinterés, la indiferencia o el antagonismo, hasta el apoyo, la militancia y el extremismo. Cabe también la resignación. En esto actúan factores de índole material y metafísico, el ánimo que surge de los arrebatos, las posturas sustentadas en alguna ideología o creencia, el surgimiento de un liderazgo o el convencimiento de alguna conspiración sea supuesta o real. Existe también la falsedad llana y clara. Hay, consistentemente, un uso de los políticos de las personas, los grupos, las masas.

A raíz de los conflictos crecientes desatados en Estados Unidos en noviembre pasado por los resultados electorales para la presidencia y el Congreso, se ha recordado la anécdota de cuando Benjamín Franklin salía de la Convención Constitucional de Filadelfia en 1787 y alguien le preguntó qué tipo de gobierno habían creado los delegados, y respondió: Una república, si ustedes pueden conservarla.

La conservación de dicha república y los procesos electorales que se dispusieron no han sido un asunto terso ni pacífico. La República se ha desenvuelto, más bien, como una muy agitada historia. En un relevante episodio político en 1876, luego de la Guerra Civil (1861-1865), Hayes y Tilden se enfrentaron en una muy disputada elección por la presidencia, resuelta con un acuerdo tras bambalinas en el Congreso en favor del primero.

El más reciente capítulo de este tipo, pero con resultados ya validados legalmente de una elección que perdió Trump, ocurrió el pasado 6 de enero con la irrupción en el Congreso en Washington luego de una incitación expresa y pública a la violencia por parte del presidente a sus seguidores.

Antes de eso demandó en múltiples juzgados. Hasta al Suprema Corte, a la que él nominó tres de los actuales jueces, desestimó sus pretensiones. Trató de subvertir los resultados en su contra en varios estados sin probar fraude alguno y sin conseguir amedrentar a los funcionarios electorales.

Mientras tanto, Trump iba enardeciendo a sus huestes, muy diversas ciertamente, pero que supo usar eficazmente a su favor con la etiqueta Maga. Varios de ellos radicales de ultraderecha y profascistas y bien armados. Queda una abultada colección de casos para ilustrarlo.

La lucha política que hoy define la crisis se ha ido moldeando en los últimos cinco años y sobre las bases de la evolución conflictiva de la sociedad estadunidense. Prácticamente la mitad de la población ha votado a Trump dos veces. Ese es un dato que seguirá marcando esta nueva etapa de control político de los demócratas.

En esta ocasión el conflicto se ha resuelto, con sobresaltos, en el marco de las instituciones y la ley, pero con un desafío a ultranza de las mismas por parte de más de un centenar de legisladores republicanos, prominentes mucho de ellos. Esa situación no es irrelevante.

En un escenario de fuerte conflicto político todas las partes claman justicia, pero cada una quiere la suya. El final de la era Trump es convulso. Si se quiere rebanar el salami muy fino habría que considerar y ponderar muchos elementos para apreciar la situación en la que está ese país. A veces, sin embargo, el salami se rebana grueso y pienso que esta es una de esas ocasiones.

Trump acabó en lo que pretendió todo el tiempo: el poder mismo. Lo llevó al extremo de la tensión política para mantenerlo. Franklin tenía razón. Pero jugó mal la partida y ningún final le funcionó a él ni al Partido Republicano. Si hubo o no chanchullo en la elección –y ninguna es cristalina–, no lo pudo probar; se exhibió y creó una pugna que actuó en su contra.

Segunda. Los grupos asociados de alguna manera con los demócratas, sobre todo con la parte que se considera más a la izquierda, fueron crecientemente prominentes. Destaca la manifestación del activismo de los conglomerados de la población afroamericana que alcanzó a ocupar un espacio político relevante y ostensible en franca contraposición con Trump, que no vaciló en enfrentarlos, incluso violentamente. Muy distinto, fue el trato que siempre prodigó a los grupos Maga más radicales a los que acabó llamando gente muy especial.

Se trata del racismo incrustado en la sociedad estadunidense, expuesto con la dura represión policiaca de las manifestaciones públicas, en las que incluso apareció la guardia nacional. La saña se exhibió en las pantallas sin ambages. En Washington, el 6 de enero las cosas fueron muy distintas, sin duda.

Esto se planteó abiertamente de inmediato luego de ese episodio cuando debía certificarse el triunfo de Biden. La pregunta no es difícil de formular: ¿Cuál habría sido el trato con manifestantes de aquellos grupos que antes fueron reprimidos con fuerza?

En Georgia, estado sureño tradicionalmente republicano se consolidó la derrota de Trump en una elección que fue repetida el 5 de enero. El reverendo Raphael Warnock se convirtió en el primer senador afroamericano por ese estado, una condición que alguien caracterizó con una fuertísima carga estética y ética.