Opinión
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Mi mamá no llegó a apretar el botoncito
U

n hombre con prohibición de acercamiento a su esposa, rompe la restricción perimetral que le ha impuesto la justicia, encaminando sus pasos hacia la casa que fue su hogar. Uno de sus tres hijos, de seis años, empezó a tirarle piedras porque sabía (ya lo ha vivido), que su mamá saldría lastimada. Sin poder ayudarla, el niño corrió en busca de una vecina. Cuando regresó, la madre yacía muerta en un charco de sangre, apuñalada.

La tragedia ocurrió el domingo 9 de diciembre en el Gran Buenos Aires, y fue el cuarto feminicidio en aquel fin de semana. Quedando, por ende, apuntada en el Instituto Nacional de las Mujeres (INAM), que en 2017 registró el asesinato de 274 mujeres en Argentina, por violencia de género. Dato que comparativamente, resulta menos grave que en México, donde en el mismo año fueron asesinadas entre cinco y seis mujeres por día.

¿Es que sólo se trata de estadística? Sigamos. El mes pasado, en Mar del Plata, la justicia argentina condenó a los responsables de la muerte de Lucía Pérez (16 años), tras ser drogada y violada en 2016. Un crimen que desencadenó el Primer paro nacional de mujeres contra la violencia de género, convocado por el colectivo Ni una menos.

Sin embargo, los asesinos fueron condenados a ocho años de prisión por… venta de drogas. Y no por femicidio o feminicidio, vocablos que a diferencia de México, no existen en el anacrónico Código Penal Argentino. Como fuere, las feministas argentinas pegaron en 2018 saltos históricos en la teoría, y en la acción.

Por ejemplo, lograron que por primera vez el Congreso tratara con gran amplitud la ley de despenalización del aborto, aprobada en Diputados y rechazada por el Senado. Triunfo pírrico de los sectores ultramontanos, y que en poco y nada confundieron a las 500 mil mujeres que en las calles, acompañaron el debate enarbolando la consigna Educación sexual para decidir. Anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir.

Fue un año en que los medios hegemónicos fracasaron también en tergiversar la orientación del colectivo Ni una menos, asociándolo con el sistémico y aguado Me Too estadunidense. Pero el vaso se rebalsó con el fallo en el caso de Lucía, y la posterior decisión de una joven actriz que, apoyada por un centenar de actrices famosas, denunció públicamente a un conocido galán de la farándula que la habría seducido y violado cuando ella tenía 16 y él 45 años, diciéndole: ¡Mirá como me ponés!

Así, en un abrir y cerrar de ojos apareció el movimiento Mirá cómo nos ponemos, que logró reintroducir en el Congreso el tratamiento de la ley Micaela (de Micaela García, joven asesinada en abril de 2017 por un hombre que fue dejado en libertad por el juez que lo había condenado por violación). La ley Micaela propone la capacitación, con perspectiva de género, para todos los funcionarios públicos de los tres poderes del Estado.

Todavía no se sabe si la ley será o no aprobada. La bancada macrista la venía peloteando, y más en un gobierno que a escala ministerial cuenta con cinco mujeres de explícito perfil patriarcal, misógino, sexista, homófobo y clasista, y que se mataron de risa cuando el presidente Mauricio Macri manifestó que no cree que a las mujeres le caiga mal que les digan qué lindo culo tenés.

Transversalmente, el debate y las denuncias públicas en torno a la violencia de género en Argentina no está perdonando ideologías, partidos políticos o dirigentes gremiales de izquierda, centro y derecha, credos religiosos, artistas de renombre, clases sociales, funcionarios, legisladores.

Un fenómeno que de cara a los comicios presidenciales de 2019 empieza a sentirse, gravitando de modo inusitado en el conjunto de la sociedad argentina. Porque, al parecer, no alcanza el ambiguo y equívoco lenguaje de la justicia que deliberadamente, suele revictimizar a las víctimas, judiciándolas por denunciar la violencia de género.

Si para justificar actos que nadie puede atestiguar porque transcurren en privado, un hombre dice a una niña o a una mujer acosada ¡mirá como me ponés! mientras le están diciendo no, tendrá que atenerse a las consecuencias cuando ellas les digan: Mirá como nos ponemos: fuertes y unidas.

La lucha de las mujeres viene interpelando a una cultura que, históricamente, fue concebida y diseñada por y para los hombres. Sólo que ahora es como si ellas estuvieran diciendo, al unísono: se acabó, señores… Se trata de algo más que suministrar botones de pánico. Se trata de acabar de una vez con situaciones como la del niño de nuestra historia, que en la fiscalía declaró: Mi mamá no llegó a apretar el botoncito.