Opinión
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Gatita de angora
L

as vacaciones con goce de salario son uno de los derechos ganados por los franceses. Su existencia forma parte de la legislación del trabajo desde 1936 con el triunfo del Frente Popular en Francia. Hoy, más que un derecho, se consideran sagradas. Ni el presidente escapa a ellas, aunque el actual mandatario, inquieto por su imagen, insista en hacer ver que no para de trabajar en la residencia veraniega de Brégançon.

Como los vacacionistas salen de sus ciudades durante el verano, París se vacía de sus habitantes en agosto. Como no todos los parisienses pueden llevar con ellos a sus animales domésticos, los sitios que acogen perros y gatos se ven pronto llenos, sin cupo para más huéspedes, el abandono de felinos y canes es común. Los franceses adoran a sus mascotas, pero prefieren sus vacaciones. Su adoración por los gatos no va tan lejos como la de los egipcios, donde el encantador minino aparece ‘‘domesticado” durante el IV milenio antes de la era cristiana. Su primera consagración sucede cuando la diosa Bastet, símbolo de la fecundidad y la belleza, es representada con una cabeza de gato. La diosa simbolizaba la luz, el calor y la energía solar, pero bajo sus rasgos felinos representaba el misterio, la noche y la Luna, vigilante de las almas de los muertos. Una ley faraónica impuso la condena de muerte a cualquiera que matase un gato. Más rica era la familia, más lujosos los funerales de los gatos y suntuosos sus sarcófagos. El difunto minino era acompañado por ratones embalsamados. En 1890 se descubrieron 300 mil momias de gatos en la antigua capital de Egipto, Tell Basta. La divinización de los mininos condujo a perder la guerra contra los persas en 525 aC, cuando éstos tuvieron la idea de atar gatos a sus escudos: los egipcios prefirieron retroceder a matar un felino.

En Francia se cuenta con casi 13 millones de gatos. Animal doméstico preferido a causa de su independencia, hace preguntarse si el domesticado no es el hombre. ‘‘Los perros tienen amos, los gatos tienen sirvientes”, señaló con certeza el humorista Dave Barry.

En el edificio donde vivo hay tres gatos: Tzuno, Emilie y Lili. Cada uno de ellos se parece a su dueño si no es más bien el pretendido amo quien se parece a su minino. Tzuno, así llamado por un niño franco-japonés, es propiedad de un simpático titiritero. Tzuno, muy travieso de pequeño, trepándose a la rama de un árbol, llegaba a casa por la ventana, dispuesto a apropiarse de nuestro departamento, como lo hizo. Ahora, a pesar de su carácter aventurero, si no deja de jugar con las marionetas que somos, la edad lo ha tranquilizado y es víctima del acoso de Emilie. Vencido, la deja recostarse en él. Su ama, una chica independiente, la deja libre jugar en el jardín del inmueble. Mi vecina Emmanuelle, una bella mujer con un porte de gran distinción, posee una linda gatita de angora con ojos azules.

A semejanza de la mayoría de parisienses, decidió tomar sus vacaciones este agosto. Después de preguntarme discretamente si saldríamos de París nosotros, enterada de nuestra permanencia en la ciudad, me preguntó si podría ocuparme de Lili. ¿Cómo no ocuparse de Lili cuando, como bien escribió el genial Leonardo da Vinci, ‘‘el más pequeño de los felinos es una obra de arte”? Y Lili es la gatita más tranquila y altiva que conozco. Sentada en un cojín sobre un mueble alto, tiene el aspecto de una reina en su trono o de una diosa en su altar. Silenciosa, durante el día se da baños de sol en la terraza adonde salta por la ventana. ‘‘Quien ama a un gato, ama a todos los gatos. Quien ama a su perro, no ama a los otros perros”, decía Roland Topor.

Cuando entramos al departamento de Emmanuelle, Jacques o yo, para servirle sus croquetas y su agua, Lili apenas nos mira, altiva, cuando no juega a escondidas con nosotros antes de huir a su terraza. Baudelaire afirmaba que ‘‘los chinos ven la hora en el ojo de los gatos”. Yo veo la luz detener el tiempo en los de Lili.