Opinión
Ver día anteriorSábado 11 de febrero de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Apuntes postsoviéticos

Con la soga al cuello

R

usia y Bielorrusia, vecinos eslavos que crearon hace ya 20 años una unión supranacional como prototipo de integración postsoviética, comienzan a tener cada vez más desencuentros, aunque al menos en el corto plazo no hay motivos para hablar de ruptura, toda vez que Moscú y Minsk no se enfrentan por controversias territoriales irreversibles, quizás la mayor causa de tensión entre las repúblicas de la antigua Unión Soviética.

La asimétrica unión –un solo dato: Bielorrusia tiene menos habitantes que la ciudad de Moscú, lo que sirve para entender las dimensiones de uno y de otro, sin hablar de la extensión, economía o poderío militar– se fundó en 1997, cuando no era claro el futuro del entonces presidente ruso, Boris Yeltsin, en franco declive por sus problemas de salud y apego al vodka como posible solución de supervivencia para el clan entonces gobernante que nunca se llegó a aplicar: la transferencia del poder real de ambos países a un solo jefe de Estado.

La unión siguió existiendo por inercia hasta que, concluida la etapa de bonanza petrolera en Rusia, el principal sostenedor de la dependencia bielorrusa, Aleksandr Lukashenko –dos años más joven que su colega Vladimir Putin, pero con experiencia de seis años más como presidente– empezó a realizar gestos de acercamiento con Occidente para, como hacía antes Ucrania, intentar sacar provecho de ambos lados.

Después de no asistir a finales del año anterior como desafío abierto a dos de las cumbres más importantes promovidas por Rusia en el espacio postsoviético, Lukashenko autorizó la entrada sin visa a Bielorrusia de ciudadanos de 80 países, lo que motivó que Rusia decidiera de modo unilateral, argumentando razones de seguridad y la necesidad de frenar el contrabando de productos foráneos bajo embargo por las sanciones en su contra, establecer zonas fronterizas que, en principio, no deben existir entre ambos países.

Hace días, en una conferencia de prensa de casi siete horas y media de duración, Lukashenko arremetió contra Rusia, al tiempo que hizo guiños a Occidente al proclamar que no permitirá que Moscú abra en su territorio, para contrarrestar la expansión de la OTAN hacia el este, la base militar que exige a cambio de seguir prestándole ayuda económica.

El Kremlin da a entender que la discrepancia de fondo es la deuda bielorrusa de 550 millones de dólares que Minsk dejó de pagar por el gas ruso, lo cual obligó a Moscú a suspender los suministros de petróleo. Lukashenko lo califica de acto hostil y responde que, en realidad, Moscú le debe 15 mil millones de dólares de haberse aplicado una política justa de intercambios económicos y comerciales.

Mientras tanto, con la soga al cuello, Bielorrusia necesita 2 mil millones de dólares para hacer frente este 2017 al pago de sus compromisos de deuda. Si no convence al Kremlin o al Fondo Monetario Internacional tendrá que usar casi la mitad de sus reservas, que al primero de enero de este año ascendían a sólo 4 mil 900 millones de dólares.