Opinión
Ver día anteriorMiércoles 14 de marzo de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Para entender la visita de Benedicto XVI a México
E

l Papa vendrá a México no sólo a orar, ofrecer consuelo y esperanza a un pueblo herido por la violencia y la inseguridad cotidiana. Sin duda, hay una innegable dimensión política que los actores involucrados en la visita quieren enmascarar. Presentamos de manera esquemática algunas claves básicas de la primera y probablemente única visita de Benedicto XVI a México.

1. Será una visita pastoral y política.

El Papa viene justo en medio del proceso electoral; no es un accidente y menos una inocente coincidencia. Se engarzan intereses con la intención de que todos ganen; el gobierno de Felipe Calderón busca la bendición y la legitimidad pontifical a su impugnada estrategia de combate al crimen, que atempere los cuestionamientos justo cuando su mandato llega a término; quedar menos vulnerable a los posicionamientos y discursos electorales. La jerarquía católica, por su parte, se favorece naturalmente con la visita: verá fortalecida la intención de politizar su agenda moral no sólo contra el aborto, nuevas parejas, defensa de la familia, sino ante la debatida libertad religiosa; aquí pretende un mayor espacio para la intervención institucional en la sociedad. Tampoco son accidentes las celeridades y procedimientos hasta atropellados de los legisladores para aprobar el artículo 24 constitucional. Dicha precipitación legislativa pone en evidencia arreglos. ¿Por qué la prisa y cuáles son las condiciones de dicha concertación?

2. Disputa electoral por el capital político católico.

Aparentemente, Josefina Vázquez Mota y el PAN se verían beneficiados por los discursos ideológicamente cercanos del Papa. Sin embargo, ante el pragmatismo de la clase política, uno puede esperar todo. El PRI de Peña Nieto se ha mostrado en materia religiosa tan conservador como el PAN, y hasta ha tomado distancia de su pasado liberal y laicista. Bien podría reclamar parte del legado doctrinal del Papa. Impera el cálculo político y los candidatos se apresuran para salir en la foto. En ese tenor, hasta Andrés Manuel López Obrador, desde su república amorosa, ha levantado la mano para buscar un encuentro con Benedicto XVI. ¿Existe el voto católico, y qué tanto peso tiene la jerarquía para incidir en la intención del voto? En todo caso, esperamos que la clase política tan animosa con la visita del Papa tome nota de las referencias entre ética y poder, valores y el quehacer político que seguramente Benedicto XVI abordará.

3. Benedicto XVI corrige su estrategia hacia América Latina.

Después de casi siete años de pontificado, México es el primer país de la América hispanoparlante que Benedicto XVI visita. Con cierto reproche, el cardenal Juan Sandoval Íñiguez cuestiona el eurocentrismo del Papa y afirma que viene a pagar una deuda. El llamado continente de la esperanza, la región con el mayor número de católicos, se va cayendo a pedazos. Todavía en la década de 1970 la mayor parte de las naciones latinoamericanas tenían arriba de 90 por ciento de católicos. Esta proporción se ha derrumbado estrepitosamente en los dos países con mayor número de católicos en el mundo: Brasil baja a 68 por ciento y México a 83 por ciento. Centroamérica presenta la mutación religiosa radical, en la que en países como Nicaragua y El Salvador los católicos apenas rebasan la mitad de la población. En términos geopolíticos, o eclesiósfera, el Vaticano podría estar reorganizando su estrategia frente a la región, sin duda relegada por la estrategia del Papa.

4. Ratzinger recoge sus frutos latinoamericanos.

En el contexto de la celebración del bicentenario de la Independencia de varios países de América Latina, Benedicto XVI cosecha los frutos que sembró hace más de 20 años en la región. Recordemos que el cardenal Ratzinger, prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, sometió con aspereza las opciones de los católicos progresistas en América Latina que tenían presencia en los sectores sociales populares: campesinos, indígenas, obreros, mujeres, pobladores de barriadas, etcétera. Las sanciones a Leonardo Boff son uno de tantos ejemplos. Bajo el espíritu de la guerra fría, en los pasados años 80 dicha corriente fue inhibida, triturada y reducida a su mínima expresión. El mayor pecado de la teología de la liberación, según el propio Ratzinger, fue dejarse contaminar por las ideologías marxistas. Ese espacio social popular fue abandonado sin una hipótesis pastoral alternativa. El hueco fue rápidamente cubierto por los nuevos movimientos religiosos, especialmente por los de carácter pentecostal o parabíblicos, como los Testigos de Jehová. Sin que sea el factor determinante, el propio Ratzinger ha contribuido a la debacle católica en la región. Tiene una responsabilidad indiscutible y ahora enfrenta su propia paradoja.

En anteriores entregas a La Jornada he abordado otras claves de la visita. Su limitado carisma mediático y la sombra de Juan Pablo II; su salud y ancianidad; su soledad en Roma, enfrentado no sólo a filtraciones de información, sino la reconfiguración de fuerzas en una atmósfera cercana al precónclave o fin de ciclo pontifical y, sobre todo, la incomprensible ausencia en su agenda de un encuentro con víctimas de abuso sexual, que incluyen las de Marcial Maciel. Concluyo retomando un artículo muy lúcido de monseñor Abelardo Alvarado Alcántara, obispo auxiliar de México, quien resalta las circunstancias especiales de la visita, en particular la crisis de fe que se vive en la Iglesia, los escándalos por los casos de pederastia que han provocado fuertes ataques a la Iglesia y a la persona del pontífice; el proceso de secularización que se da a escala mundial, pero especialmente notable en países de raigambre católica. Coincido con él: el continente latinoamericano avanza, a la vez que se advierte su nuevo protagonismo emergente en un contexto más complejo, plural y diversificado. En términos sociológicos queda claro que todo discurso religioso, por piadoso y espiritual que parezca, conlleva un modelo societal y un proyecto histórico. El Papa en México hablará no sólo de espiritualidad, pero tampoco sólo de política.