Opinión
Ver día anteriorMiércoles 6 de octubre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Isocronías

Leyendas vallertenses

L

es llamo así, pero es posible que sean meros cuentos, y peor, cuentos que ya nadie cuenta. Empiezo por uno o dos sucesos que yo viví y que algo tienen, sin serlo, de ilusorios, de ¿tú le crees a ése?

Mi amigo el narrador Constancio Porras puede dar constancia de cómo en los 60 vimos en lo alto de una colina a una señora para nosotros muy mayor, de pelo entrecano, largo y quebrado, sobre el que pasaba y repasaba un peine. Tras ella –el día era soleado, la colina verde, la mujer vestía de gris– una casita como las que dibujan los niños, toda añil. Nos encantó la imagen. La casa tenía nombre como, a falta de calles, de numeración, se acostumbraba. Veíamos el mosaico, no alcanzábamos a leer. Mi amigo se animó a subir después. Nos dijo que se llamaba: La casa muy azul.

Dos. Con esa mezcla de atracción/aversión que se procuraban Elizabeth Taylor y Richard Burton, los vi pasar en un buggy (especie de jeep abierto) púrpura, vestidos ambos de violeta (los ojos de la señora son famosos por según eso tener ese color) por la entonces empedrada calle del malecón, la entonces, no sé ahora, principal. De los pobladores ni quien, aún luciendo así, se dignase a detener en ellos su mirada. Los turistas, claro, todos. Y los actores muy en su papel: ausentes, soñados, soñadores.

Esta la leí en un periódico: la Taylor acude al circo (excepto los bares, entre éstos la muy normal, pequeña discoteca Las Margaritas, donde también la vi, y el mar, no había muchas diversiones: un café-nevería con su rockola, un cine sin techo…). Tengo la impresión de que la publicación incluía la foto de ella en la gradería entre alguna desperdigada gente. Anuncian su presencia, lo que –por oír su nombre y por los gestos– entiende, y le solicitan que pase a la pista, donde le empiezan a llover cuchillos. La habían invitado, decía el diario, lo que la actriz no supo interpretar debidamente, a que con valentía se expusiera en el acto del lanzador de cuchillos.

La siguiente la vivió mi padre. No sé por qué se le ocurrió meterse de ejidatario y, con un grupo de compañeros que no conocí yo, solicitar que les asignaran tierras (en una de ésas hasta saludó de mano López Mateos). Les dieron parte de un cerro con todo y playa en un Vallarta por el que todavía no pasaban John Huston, Gabriel Figueroa, Ava Gardner. No somos carboneros, sino agricultores, fue la respuesta del grupo. Les ofrecieron unas hectáreas en Campeche, ‘en la selva”, según escuchamos, lejísimos. Mi padre no aguantó. Otro grupo aceptó la primera oferta. Con el tiempo vendieron la playa, donde se construyó el hotel Camino Real.