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Gilberto Bosques
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Laura Bosques, hija de Gilberto Bosques, con Marcelo Ebrard y Cuauhtémoc Cárdenas, anoche, en la Casa Refugio Citlaltépetl, donde se presentó la cátedra en honor del diplomáticoFoto Carlos Ramos Mamahua
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a mayor emigración fue a México y el exilio español aquí de personas maravillosas como Luis Cernuda, Manolo Altolaguirre, Max Aub –quien fue secretario de André Malraux–; Julio Álvarez del Vayo, Luis Araquistain, Carlos Blanco Aguinaga –quien después viajó a la Universidad de California, en San Diego–, como lo hizo el novelista Ramón J. Sender, Pedro Bosch Guimpera, Rafael de Buen, Luis y Jeanne Buñuel y sus dos hijotes, Enrique Climent, Patricio Redondo –el gran educador que se quedó enseñando bajo un árbol en San Andrés Tuxtla– y lo transformó en una escuela activa; Ramón Costa Jou, educador también con José de Tapia, ambos seguidores del francés Celestino Freinet; Gerardo Deniz, Enrique y Joaquín Díez-Canedo, Juan Espinasa, el filósofo; los Espresate, los Galipienzo, José Gaos, Eduardo Nicol, el padre José María Gallegos Rocafull; Manolo Fontanals, Carlos Velo, Luis Alcoriza, Félix Candela, Ofelia Guilmáin, Juan Comas, Miguel Prieto, Bernardo Giner de los Ríos, Rodolfo Halffter, Ignacio Hidalgo de Cisneros y su esposa Constancia de la Mora; Juan Larrea, los hermanos Mayo, León Felipe, Pedro Garfias, Juan Rejano, Rafael Méndez –el cardiólogo–; Nicolau D’Olwer, el diplomático; a los Oteyza, Pascual del Roncal, Manuel Pedroso, maestro de generaciones; Francisco Pina, Emilio Prados, José Herrera Petere, José Moreno Villa; al doctor José Álvarez Puche, Luis Rius, Cipriano Rivas Cherif, Wenceslao Roces –a quien vi muchas veces de lejos en su cubículo del Fondo de Cultura Económica–; Vicente Rojo, Antonio Sacristán, el economista; el gran Adolfo Sánchez Vázquez (cuyo hijo Adolfo Sánchez Rebolledo escribe en La Jornada); Amaro del Rosal, Luis Suárez, José de Tapia, Arturo Souto, Joaquín y Ramón Xirau hasta llegar a María Zambrano, quien vivió un tiempo entre nosotros y fue profesora en la Universidad de Morelia. Estos españoles (y muchos más que se me quedaron en el tintero) enriquecieron la vida de México en forma extraordinaria y si los refugiados sintieron agradecimiento por el general Lázaro Cárdenas, quien les abrió las puertas, la gratitud de los mexicanos a estos pensadores ha sido también inmensa. Fundaron (entre otras instituciones, escuelas, hospitales) la Casa de España, centro de investigación y estudio a nivel superior que en 1949 habría de convertirse en El Colegio de México, y se dijo en ese tiempo que España había perdido 99 por ciento de su intelectualidad. La ciudad de México en 1939 contaba con muy pocos cafés y, claro, no se dio abasto para los cafetómanos; nació el famoso Tupinamba y el Café París al que concurrían también algunos mexicanos, Usigli, los Gorostiza, Octavio Barreda, los Revueltas, y los más jovencitos e inquietos: Octavio Paz, José Luis Martínez, Manuel Calvillo –secretario de don Alfonso Reyes–, Alí Chumacero y otros.

“Mi familia y yo vivimos en un estado de nerviosismo muy grande –continúa Gilberto Bosques–. Era necesario preservar el sistema nervioso de nuestros hijos e intentamos evitar que vieran las escenas que presenciamos, el llanto de las mujeres en los refugios, sus crisis de histeria en ocasiones, los rostros descompuestos de todos los que bajaban corriendo. Por eso, decidimos María Luisa, mi mujer, y yo que para que no se sintieran contagiados por el dramatismo de todo aquello, quedarnos en nuestro cuarto, tranquilos, bueno, lo más tranquilos posible. Incluso nos íbamos a la habitación de mi secretaria que tenía una gran ventana con un alero que daba sobre Colonia y allí presenciamos los bombardeos. María Luisa tenía una percepción y una intuición enormes, su perspicacia, nadie la ha igualado. ‘No nos movamos’, decía y tenía razón. Nuestros hijos se acostumbraron tantísimo a los bombardeos que un día que fue a su recámara a levantarlos en una habitación contigua a la nuestra para que vieran el espectáculo, no quisieron levantarse. Mi hija Laura era la más valiente. Incluso María Luisa y yo llegamos a recoger volantes que echaban los aviones al pueblo alemán.”

A los 98 años de edad, Gilberto Bosques, hombre de izquierda y seguidor de Ricardo Flores Magón, era un hombre sano y entero. Será porque ha llevado sobre la tierra una vida de entrega a los demás. Nunca su labor fue tan fructífera y valiente como en 1939.

Gilberto Bosques cuenta que la Francia de Vichy era todo menos hospitalaria. Ni el menor asomo de solidaridad o compasión. Él mismo fue rehén de Hitler, puesto que lo encarcelaron con toda su familia. Al contrario, Bosques tuvo que defender a los refugiados contra la hostilidad y la persecución de la policía petainista francesa, los agentes de Francisco Franco y, para acabarla de amolar, la Gestapo nazi. Luchó como endemoniado para que las autoridades respetaran el local de los albergues. “Las razzias casi cotidianas eran comunes y corrientes en la Francia de Pétain, y ya no se diga en la Alemania de Hitler. Les tenían echado el ojo a determinados intelectuales a los que la Gestapo no dejaba tranquilos. Aprehenderlos, deportarlos y exterminarlos en los campos de concentración en Alemania era una sola acción. A través de una fuga organizada por el valiente yugoslavo Ludomir Illitch pudimos después salvarle la vida al Franz Dahlen, el conocido escritor alemán, al alto poeta Rodolfo Leonard y a muchos otros que gracias a Illitch el yugoslavo, lograron escapar de la cárcel de castigo en Francia llamada Castres, una fortaleza a la que no entraba ni el cura. Años más tarde, el yugoslavo Ludomir Illtich vino a Estocolmo a conocerme; él era embajador de su país y yo del mío; era un hombre muy simpático, representante como yo en Noruega, después vino como embajador de Yugoslavia a México y volvimos a encontrarnos con mucho gusto. Todas estas salvaciones de vidas son el resultado de la presión diplomática que ejerció México”.

En La Reynarde y sus cuatro torres almenadas, su construcción medieval, sus campos de trigo y sus jardines verdes de hortalizas, Bosques intentó que los refugiados encontraran consuelo y un ámbito de amistad además de ropa limpia, sábanas blancas, una cama, buena comida y esparcimiento. “Había que curarles el alma, ayudarles a que cicatrizaran sus heridas. Había universitarios, magistrados, literatos, hombres importantes y también trabajadores del campo y del taller. Todos llegaron ahí a protegerse, a buscar abrigo, con el ánimo completamente caído. Para elevarles el espíritu se organizó una orquesta, se montó un teatro, se hicieron juegos deportivos y esos hombres recobraron el buen ánimo. Las fiestas resultaban alegres. Se improvisaron representaciones teatrales, como La zapatera prodigiosa, de Federico García Lorca, y algunas otras obras de dramaturgos españoles. Además, se efectuaron ballets. Los albergues contaban también con bibliotecas, talleres, enfermería y hasta galería de arte con la exposición de los dibujos y las pinturas de unos y otros.” En la caballeriza del castillo de La Reynarde, el periodista Jerónimo Galipienzo creó un verdadero teatro con plateas y lunetas y hasta un palco para Gilberto Bosques, su esposa María Luisa Manjarrez y sus hijos. Allá montaron varias obras, entre ellas una a propósito de su propia vida y la vida de casi todos los españoles en Marsella, Cuando llega el embarque. Entre 3 mil y 4 mil refugiados asistían a las funciones de teatro y casi todos querían quedarse a vivir en el enorme castillo de La Reynarde por la buena calidad de vida. Allí sí dejaban de comer coles, papas y rutabagas (unos como camotes). Del exilio muy pocos salen adelante, se necesita tiempo. Alfonso Taracena cuenta que los refugiados españoles no eran bienvenidos; venían a desplazar a los mexicanos. ¿Para que quería México a ésta caterva de comunistas? (Lo mismo se diría años más tarde de los chilenos a raíz del asesinato de Allende; los profesores universitarios iban a quitarles el trabajo a los mexicanos). Lo más grave es que el pasaje en barco ya no lo pagaba el gobierno de Cárdenas y muchas esposas lograron viajar sólo años más tarde.

“En el castillo de Montgrand –cuenta don Gilberto Bosques–, como había mucho espacio tuvimos vacas verdaderas que daban buena leche para todos los niños refugiados de todas las edades. Con los franceses, hicimos queso y crema. También hubo la misma actividad cultural pero como había muchos niños, pusimos campos de recreo, una escuela y un cuerpo médico de pediatras capacitados, además de educación física y mental; un costurero, gimnasia, juegos de pelota, charadas, adivinanzas, funciones de teatro infantiles a base de títeres; la dirección de salud estaba a cargo del doctor Luis Lara Pardo cuya entrega no tuvo límites.

“Ampliamos la atención médica a otros refugiados, no sólo los de nuestros castillos, sino a los de los campos de concentración y a aquellos que vivían en pensiones y hotelitos. Nosotros pagábamos todo: hotel, pensión, manutención, atención médica y medicinas.

“El dinero venía de México aunque también recibimos algunos donativos. Muchos niños en los campos estaban en condiciones lamentables y creamos en los Pirineos una casa de recuperación para ellos. Los cuáqueros dieron todo el personal médico, las enfermeras y los empleados administrativos, México puso los gastos de sostenimiento, y muy pronto esa casa en las montañas tuvo a más de 80 niños, muchos de ellos huérfanos de guerra. Nunca olvidaré a un niño que recogimos con los pies congelados.

“Paul Merker –continúa don Gilberto Bosques– estuvo en el famoso incendio del Reichstag y lideraba a una sección parlamentaria, por eso deseaban capturarlo a toda costa y lo mandaron al campo de Vernet, que era de castigo. De ahí fui yo a sacarlo y lo volvieron a capturar; volví a sacarlo y en una de tantas veces se salvó y permaneció en Europa. Un hombre muy valioso, este Paul Merker. El que me regaló un libro cuando nos encontramos en Francia fue el alemán Rodolfo Leonard y cuando nos apresaron en Alemania teníamos que ir por nuestras maletas, porque habían requisado nuestro equipaje en las bodegas del Palacio Municipal que quedaba muy lejos del hotel donde estábamos presos. Nos daban permiso, sin embargo de ir por ropa para cambiarnos y yo tenía una maleta llena de libros, entre ellos el de Leonard que no sólo estuvo en el Parlamento sino que fue presidente del Pen Club de Berlín. Me lo quitaron. Se llevaron todos mis libros. Me dolió mucho perder el de Leonard, porque tenía una dedicatoria muy cordial, muy efusiva. En la guerra, los austriacos fueron hombres muy valientes; la mayoría de ellos quiso permanecer en Europa.

Por lo visto, México, tiene una historia diplomática heroica en algunas etapas, como podemos atestiguarlo al oír a don Gilberto Bosques, quien tiene toda su cabeza y una memoria prodigiosa a los 98 años de edad. Con razón se dice que lo mejor que tenemos es nuestra política exterior. Con hombres de la talla de don Gilberto no podemos sino llevar buen rumbo.

“A otro que saqué varias veces de un campo de concentración, primero en Vernet, luego en otro cuyo nombre se me escapa, fue Max Aub. Yo lo sacaba y lo volvían a meter a otro, hasta que lo enviaron a un campo de concentración en África, Jelfa. Max Aub jamás se quejaba, todo lo tomaba con filosofía. Hasta fui a África y volví a sacarlo. Escribió un libro, me lo dedicó y me dio el manuscrito: Diario de Jelfa.