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El quinto centenario del encuentro de dos mundos
S

e habla, con frecuencia, sin el conocimiento necesario, del encontronazo de Edmundo O’Gorman con Miguel León-Portilla respecto a lo que el gobierno de México planteó con cierto éxito, dentro y fuera de casa, con el enunciado del encuentro de dos mundos. Lo curioso del caso es que la posición de ambos, en el fondo, no discrepaba tanto… pero afloraron diferencias de antaño y, lo peor, la creencia de don Edmundo de que don Miguel le había dado un caballazo. Sin embargo, la realidad es que no fue así.

Pero debe aludirse, pues no carece de importancia, palabra primera que, en el ámbito internacional, fue también motivo de un primer encontronazo con españoles y españolistas: conmemoración (es decir, traer a la memoria) de lo que el eminente Guillermo Bonfil Batalla, miembro de la Comisión Mexicana durante un tiempo, gustaba de llamar precisamente así: encontronazo de dos mundos, con lo cual coincidían, por supuesto, el Secretario Ejecutivo de la dicha comisión y el mismo León-Portilla, quien fungió como jefe de la misma hasta 1987, cuando pasó a ser representante de nuestro país ante la Unesco y fue sustituido por Leopoldo Zea.

Es evidente que varios de nosotros estábamos bien dispuestos a no transigir, por ningún motivo, en la propuesta inicial española, que aprobaron todos los representantes americanos que concurrieron a la primera reunión, realizada en España en octubre de 1982. Se proponían celebrar (hacer una gran fiesta) por lo que había sido el principio de una salvaje conquista –con todo y la cómplice evangelización–, de un proceso de dominación que alcanzó en muchos aspectos perfiles genocidas y dio lugar a una salvaje explotación de los vencidos que, en más de un sentido, aún continúa.

Como faltaba poco más de un mes para que cambiáramos de presidente, nuestra comisión no se formó hasta iniciar el gobierno de Miguel de la Madrid quien, con sólo poner al frente a León-Portilla, marcaba ya una línea diferente de los demás. En efecto, la Comisión Conmemorativa del Encuentro de dos Mundos debutó, con poco éxito, en Santo Domingo en 1984. Fue el caso de que sólo dos delegaciones hispanoamericanas se abstuvieron de votar en contra. No estaba Cuba entre ellas…

Pero nuestro aparato diplomático se puso en acción y, un año después, en Buenos Aires, la mayoría estuvo de nuestra parte. Cabe agregar que, en el ínterin, varios gobiernos dictatoriales cambiaron de tesitura y Cuba reconoció su error… La idea de conmemorar el encuentro se impuso. Solamente Perú y el Chile de Pinochet se resistieron.

Hay que recordar que convenía una alianza de países sin Estados Unidos, que no pudo participar más que como observador. Conmemorar el encuentro, aun teniendo presente que en muchos sentidos fue un gran choque, dio lugar a lo que somos los hispanoamericanos de hoy, sin desconocer, por supuesto, el importante y lacerado sustrato indígena.

En México, tres frentes se abrieron contra la Comisión: Silvio Zavala, con su españolismo galopante, y mi paisano Antonio Gómez Robledo, molesto porque, decía, se equiparaba a la Coatlicue con la Victoria de Samotracia, pero el más incisivo fue O’Gorman, sin darse cuenta de que la postura del gobierno mexicano estaba sustentada, en muchos sentidos, en un libro capital en la formación del suscrito: Crisis y porvenir de la ciencia histórica, del que O’Gorman era autor.

En consecuencia, los ataques de O’Gorman no eran de fondo, sino de forma. León-Portilla fue llamado por el presidente de la República y, por lo que representaba en favor del mundo indígena, fue nombrado encargado de darle vida a la comisión, pero se decidió no hacerlo público hasta que se organizara bien.

Ignorante de ello, el subse de cultura, sin decir agua va, pensó que era su tema y formó una comisión en su oficina en la que los pocos asistentes nombraron a O’Gorman… Casi 10 años después, en una FIL de Guadalajara, tras una vapuleada de don Edmundo a Silvio Zavala, pude explicarle cómo había sido la elección de León-Portilla y el albazo que quiso dar el funcionario de marras. Me extraña, le dije, que no hubiera percibido sus propias ideas en el sustento del decreto que creó la comisión.

–Es que no son propiamente mías –respondió con buen humor–, originalmente pertenecen a nuestro mutuo maestro José Gaos. Me sospecho ahora que ello se debe a que usted, con todo el derecho, fue que quien recurrió a ellas. ¡De haber sabido…! Lo cierto es que me sentí plagiado…

En efecto, cuando él habla de la invención de América su argumentación tiene un fuerte sabor a encuentro y viceversa.

Dejo pendiente, para la próxima entrega, su carácter neoliberal.