Opinión
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Una isla en un mar de tormentas
V

ine a vivir a Costa Rica en 1964 para una estancia de 14 años, que fueron los de mi formación como escritor. San José era una ciudad pequeña y tranquila, pero con librerías bien dotadas, en las que se celebraban tertulias literarias, en una de las cuales conocí a José María Cañas, dueño de la hazaña de haber escrito la novela Infierno verde, que trataba de la guerra del Chaco, sin haberse movido nunca de la redacción del periódico que dirigía.

Había también una espléndida Biblioteca Nacional, desgraciadamente derruida años más tarde para convertir el solar en un vulgar estacionamiento. Y el Teatro Nacional, una reliquia del siglo XIX, en cuya sala mayor se podía escuchar a la Orquesta Sinfónica Nacional; y numerosas compañías de teatro, nutridas por directores y actores que llegaron luego exiliados, huyendo de las dictaduras del cono sur.

Y aquellos fueron también mis años de conocer la democracia, rara para quien, viniendo de un país sometido a una dictadura familiar, se encontraba de pronto en otro donde se podía ver al presidente de la república, entonces don Francisco Orlich, entrar a un restaurante y sentarse en la mesa de al lado, sin escolta ni aparato militar. La leyenda decía, y no es extraño que haya verdad en ello, que al presidente don Otilio Ulate, una década atrás, lo había atropellado un ciclista cuando cruzaba la calle frente a la plaza de la Artillería.

Costa Rica era una rareza, de verdad, en la Centroamérica plagada de dictaduras militares, donde los coroneles se orinaban en los muros de la patria, según el poema de Otto René Castillo, poeta guerrillero asesinado en aquellos años 60; una región donde cada ola de exiliados iba a dar siempre a Costa Rica, una isla de libertad cercada por un mar de tormentas.

Parte esencial de esa rareza era que el ejército había sido abolido, y en lugar de gastar en tanques y cañones, se invertía en la educación. Y más rareza aún era que la abolición de las fuerzas armadas, decretada en 1948, había sido consecuencia de una revolución triunfante que, en lugar de afianzarse en los cuarteles, mandó cerrarlos y convertirlos en museos.

Aquella guerra civil, ganada por las fuerzas encabezadas por José Figueres, fue breve. El poeta nicaragüense José Coronel Urtecho solía decir que los costarricenses sólo tomaban las armas para no tener que volver a pelear. Ya antes habían derrocado a la dictadura de los hermanos Tinoco en 1919, rareza también, y una rareza estrafalaria. En términos centroamericanos, aquella fue una dictadura efímera, porque duró sólo dos años. La de los Somoza en Nicaragua duró 50, y esta otra de ahora lleva ya 15 y pretende extenderse por siempre.

Aquellos años fueron para mí de exilio, y hoy, viviendo de nuevo en el exilio, he vuelto para recibir un doctorado honoris causa de la Universidad Nacional, y otro de la Universidad de Costa Rica, y siento que así se me otorga la ciudadanía cultural de este país en el que en tantos sentidos me reconozco, y que sigue siendo la rareza que descubrí en 1964, porque la democracia sigue asentada sobre las bases firmes puestas décadas atrás.

El país ha cambiado tras medio siglo, claro está. San José, la tranquila ciudad provinciana cercada por montañas de tarjeta postal, que podía recorrerse en escasa media hora de este a oste, desde San Pedro de Montes de Oca hasta Escazú, se ha trocado en una urbe caótica de tráfico infernal, donde cada día surgen nuevas torres de edificios, nuevas urbanizaciones, nuevos centros comerciales, y donde crecen también las desigualdades sociales.

Pero el número de los emigrados que llegan desde Nicaragua se multiplica, empujados por los vientos del exilio, periodistas, dirigentes gremiales, sacerdotes, activistas de derechos humanos, profesores universitarios, dirigentes estudiantiles, profesionales, empresarios.

Es la otra Nicaragua, que crece cada día en Costa Rica, miles que, como yo, cuando llegué aquí hace más de medio siglo, aprenden en este país la lección diaria de la libertad y la democracia, que tan útil nos será en el futuro.

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