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La luna y las estrellas se alinearon en una cierta paz en el concierto de Ólafur Arnalds
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▲ El músico islandés Ólafur Arnalds volvió a nuestro país la noche del jueves pasado en el Teatro Metropólitan de la Ciudad de México.Foto cortesía de David Barajas
 
Periódico La Jornada
Sábado 18 de junio de 2022, p. 6

Ólafur Arnalds en concierto: Quinteto con piano, o cuarteto de cuerdas con piano, como es conocido el formato en términos musicológicos. Teatro Metropólitan, la noche del jueves 16 de junio, la puesta en vida del nuevo disco del músico islandés Some kind of peace.

Ólafur Arnalds volvió a nuestro país en un gira que tuvo que esperar, pues estaba programada en 2020. En el lapso nació el álbum Some kind of peace, bajo el sello discográfico británico Mercury KX, producto del confinamiento obligado. Por eso, fue notoria la alegría de poder cumplir con el fin de la música, compartirla frente al público, que emanó de la presencia de Ólafur Arnalds y sus calcetines rojos con franjas negras con las que salió a dar el concierto en la Ciudad de México en el Teatro Metropólitan, con el que concluyó su gira por Norteamérica.

El compositor y músico islandés por fin pudo platicar con el público mexicano, en su mayoría jóvenes, que permanecieron inmóviles y expectantes con los primeros tres temas, las luces se sincronizaron con los sonidos suaves, melancólicos y en un momento hipnóticos de los músicos que acompañaron a Arnalds, integrados por Pétur Björnsson y Sólveig Vaka Eyþórsdóttir en los violines; en la viola Karl Pestka; en el cello Unnur Jónsdóttir.

Sentimientos de vacío estuvieron presentes después de publicar el disco en las plataformas digitales, sin conversación, sin humanos involucrados ni intercambio de energía, relató sobre el escenario. Es cuando realmente la música cobra vida, cuando la tocas como una conversación. Finalmente se cumplía el sentido de su trabajo: estar juntos con otros humanos en el mismo cuarto.

El recital fue una experiencia donde Ólafur contó historias, como si fueran aventuras, utilizó luces que ayudaron a crear paisajes, en vez de tocar una canción tras otra, convivió con el publico y logró transmitir su gusto y alegría de poder tocar en un escenario.

Mostró la importancia de interactuar y formar una relación personal con quienes escuchan su música, salir un poco del ruido de las redes sociales, de los algoritmos de las listas de reproducción y dejar que la música rompa esos límites y conecte al público con el músico.

Faros que alumbran entre la niebla, luciérnagas que danzan, auroras boreales, brillos acuáticos y el amanecer, fueron algunas de las reminiscencias de las tierras recónditas y desoladas de Islandia que lograron sobre el escenario el trabajo de iluminación en conjunción con la música. Frente al piano de cola y su sintetizador, Ólafur se movía como hierba mecida por el viento.

Un sensor para crear música electrónica se volvió loco al intentar iniciar una canción. El desperfecto mecánico dio pie a un momento de complicidad e hilaridad, pues recomendó: vamos a pensar en tacos en lo que arreglo esta cosa. Idea inteligente. Los tacos son buenos, eh.

¡Tanta gente! exclamó al observar al público en el Teatro Metropólitan, después del saludo en español, que como es costumbre, encendió a los asistentes en gritos y aplausos, en una conexión emocional que se prolongó toda la noche, con empáticos silencios, también muchas risas y hasta el canto espontáneo de todo el teatro cantando el Cielito lindo al islandés. Es la primera vez que cantan para mí, me siento tan honrado, recibió feliz el tributo. Al final del concierto, publicó en sus redes sociales el video del singular momento en la carrera del artista.

Ustedes son hermosos, tienen una energía muy bonita, diferente, son el mejor público, repetía, sumamente emocionado.

Hubo momentos de música sublime, muchos, como cuando sonó una musique à grande vitesse, en un clímax orgiástico donde Ólafur Arnalds y su cuarteto de cuerdas soltaron cascadas de corcheas mientras las luces giraban como naves espaciales, como géiseres, como un tren a gran velocidad donde el único referente era el paisaje nocturno y los postes de luz que parecían cobrar mayor velocidad que la del tren en marcha.

Una cierta paz inundó el recinto, ocupado en la totalidad de sus butacas por un público devoto que sonreía, feliz, ensimismado, como en una gran meditación multitudinaria, coronada por las palmas de las manos juntas, en claro gesto budista, del músico islandés.

Como en su concierto anterior, que sucedió la noche del miércoles 23 de enero de 2019 en el Auditorio Blackberry, Ólafur Arnalds dedicó el momento culminante de su concierto a contar cómo su abuela lo convirtió en el músico que es hoy.

“Yo tocaba la batería en un grupo punk que se llamaba Fighting Shit y nos íbamos de gira con otro grupo punk que se llamaba Death after school, pero un día mi abuela me llamó por teléfono y me dijo: Oli, ven a casa, se descompuso mi radio. Cuando llegué, vi que era mero pretexto, el radio no estaba descompuesto y ella en cambio me cocinó pancakes y me dio helado y me sentó cuatro o cinco horas a escuchar a Chopin. Ahora sé que la música que hago se la debo a ella”.

Y en agradecimiento, se sentó al piano e hizo sonar una música tan hermosa que nos dieron ganas de llorar de felicidad y fue tan hermosa y tan bello el concierto que sucedió el milagro: cuando una melodía infinita quedó flotando en el aire, Oli Arnalds cerró los ojos, juntó las palmas de sus manos y sonó lo más espectacular y hermoso que tiene la música: el silencio.