Opinión
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Isocronías

Buen camino, Guillermo

C

ernuda: ¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos? / Ojalá nada oigan: ha de ser un alivio ese silencio…

Dos poetas, digo que mayores ambos, uno con todo el –merecidísimo– reconocimiento, Eduardo Lizalde, y otro, si no propiamente desconocido, en cierta manera marginal, Guillermo Meléndez, nos han dejado. Al dejarnos nos dejan su trabajo; es decir, la tarea –nada dificultosa, mas no simple– de escucharlos en obra, en su compleja obra.

De El Tigre, como se dio en llamar al primero, no pocos se han ocupado. Del segundo, orgulloso pero no vanidoso –considero– de su marginalidad (bien que como en sordina se quejaba, mascullaba, cabe reconocer), es hora de ocuparse.

Algunos despistados [de eso trató su vida, afirma Hugo Valdés citando a Eduardo Zambrano] andan por el mundo / pisando callos / y aligerando vida.

Dejemos hablar al aliento de la propia voz de Meléndez:

“La poesía es mi triunfo secreto […], trae un tiempo distinto al del calendario […], lleva a una dimensión inédita donde el recuerdo enraiza con solidez de árbol y la palabra es la escalera propicia para que sin que suceda nada sobrenatural, los inmortales condesciendan y, olvidando su rango, convivan conmigo […]; con su discreto empeño me ha servido […] como tabla de salvación en los numerosos naufragios que provocan mis impulsos de criatura entregada con frecuencia a los deleites y el chacoteo.”

Triunfo secreto, tiempo distinto, dimensión inédita, sólido árbol, escalera propicia, discreto empeño, tabla de salvación… Modos de nombrar, de invocar, acaso de honrar, de agradecer (estilo letanía) la aparición de la palabra lírica.

Cotidianidad e ironía, burla incluso, todo mezclado con un casi delirio mitologizador (Valdés de nuevo), literaturizador. “Presento mis respetos y mis irrespetos, al mismo –tan grave como divertido– tiempo”, podría decir el autor de, pongamos por ejemplo, Circo romano, que tenía en alta estima.

Barroco y antisolemne, mezcla a mi ver un tanto extraña, aunque en él como en algunos cubanos por lo general afortunada; retórico y casual, fenomenológico (Heidegger, Merleau-Ponty) y melómano (de José Alfredo a Brahms, según probablemente las últimas palabras que tecleó), Meléndez espera aún al crítico que lo ubique en el sitio o sitial, si no es mucho pedir, que se le debe (otro encargo más, Sergio Cordero), que con todas las de la ley le corresponde.