Opinión
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Pasear perros es una buena fuente de ingresos
P

ara Joel Argumedo.

Así como la profesión de los baby sitters, en México ha crecido hasta alturas insospechadas el oficio de dog sitter o dog walker. Hoy por hoy, ser paseador de perros en las grandes ciudades permite que los jóvenes terminen su carrera y hasta ayuden en su casa. Muchas banquetas y parques públicos se cubren dos veces al día de huellas caninas y los paseadores cuidan mejor a su manada que los diputados en la Cámara a sus representados, porque si pierden a uno pueden sufrir consecuencias muy graves.

En Chimalistac, intenté que varios paseadores me hablaran de su amor por los animales, pero sólo uno aceptó, Joel Argumedo Miñón, quién pasea a varios perritos y perrotes con su debida correa. ¿Por qué aceptó don Joel pasear perros? “Por falta de empleo formal. Tengo 44 años. Creé una escuela de computación que ya no existe… Mi esposa hace la limpieza en una casa y el anterior paseador de perros dejó de venir y mi esposa me dijo: ‘Oye, ¿por qué no vas tú mientras encuentras otra cosa?’ Lo hice mañana y tarde para mientras, pero me fueron conociendo, me tuvieron confianza y me recomendaron unos a otros y resulta que ahora paseo 11 canes al día, 7 en la mañana y 4 en la tarde”.

En la Ciudad de México es fácil toparse con una manada de perros retenidos por un pastor (que no de borregos) que lleva una cachucha y una mochila al hombro y los dirige con las artes de un prestidigitador.

–Aquí en Chimalistac –me explica don Joel– los llevo por Paseo del Río, la Plaza Federico Gamboa y la Bombilla. Es más o menos mi ruta. Paseo a cuatro por hora. Veo a quienes traen hasta 10 perros provenientes de diferentes casas, pero yo no saco a muchos porque prefiero convivir con ellos, darles atención, incluso platicarles: niños, los llamo.

–¿Se pelean entre sí?

–A veces sí, y también con otros perros.

–¿Los perros de la calle atacan a los perros finos?

–Así es, hay clases sociales entre los perros, los de raza son desdeñosos. La ventaja en rumbos como Chimalistac, Las Lomas, Polanco o Jardines del Pedregal, es que no hay perros callejeros. Son buenos rumbos para pasearlos porque ahí cualquier perro viene con dueño. Incluso si no trae correa, es un perro educado. En esas zonas, sólo hay perros con dueño, pero si vamos a Iztapalapa, Xochimilco, Milpa Alta, Tlalpan, hay muchísimos callejeros que comen lo que pueden. En la zona donde yo vivo, por el Ajusco, en días pasados recogí a una perrita embarazada, pero estaba en los huesos. Cada vez que pasaba le daba algo, pero a nadie le importa y está ahí esperando con sus cachorritos adentro. Los perros de la calle en las colonias populares tienen pésima mala suerte.

–¿No hay sociedades protectoras de animales?

–Las hay, lo que no hay es conciencia. Hablando de la colonia donde yo vivo, calculo que en mi calle andan no menos de 20 perros. La calle se llama Primavera, la colonia Magdalena Petlacalco. No es como en Las Lomas, San Ángel, El Pedregal u otras colonias, así como la gente pobre, los perros sobreviven como pueden, comiendo basura. ¿Cuál va a ser el destino de esa perrita y sus cachorritos? Vivir en la calle expuesta a las patadas.

–¿Cuánto cuesta una esterilización veterinaria?

–Tengo entendido que en Tlalpan hay un centro especializado donde hacen todo tipo de servicios gratuitos y dan medicina básica a perros y a gatos. La vacunación, por lo menos la antirrábica, es gratuita. Lo que pasa es que la gente deja a sus animales a la buena de Dios… En las colonias de ricos cuidan a sus animales de compañía no sólo porque tienen recursos sino porque tienen otra mentalidad. Es mi mascota, mi animal de compañía–piensan. Lo tratan como a un hijo, pero en las colonias pobres, hasta los niños andan a la buena de Dios, imagínese nomás el destino de los perros y los gatos.

De lunes a viernes vengo tres horas de las 8 hasta las 11 u 11:30. En la tarde vengo otras 2 horas. Sin querer, pasear perros ya se me hizo mi modo de ingreso. Digo sin querer porque no lo había planeado, pero ante la falta de oportunidades, pasear perros es una excelente opción. Me gusta porque hago ejercicio; al día camino entre ocho y 10 kilómetros.

–¿No tiene miedo de que algún perro se le pierda?

–No. Sólo les quito la correa a los que sí están educados y obedecen a la voz. Nunca se me ha perdido un perro, afortunadamente. Si se me perdiera, de entrada, perdería el empleo. Es una gran responsabilidad que mucha gente no reconoce. Algunos dueños de perros protestan; se les hace caro lo que cobramos, yo siento que es barato porque, le repito, es como traer a un niño.

–¿Cuánto cobra?

–En promedio cobro 50 pesos la hora por perro. Si lo saco dos veces al día, son 100. Es mucha responsabilidad. Si viene otro perro y ataca a uno de los míos, me expongo también a las mordidas. A varios cuidadores les han mordido el brazo, la mano. Muchos creen que es fácil, pero no es cierto porque no sólo es pasearlos, sino cuidarlos y saberles el modo. La parte desagradable del oficio es levantar las heces, llevo bolsitas de plástico. Si encuentro un contenedor, pues ahí las deposito y si no, al llegar a la casa le digo a la dueña: Aquí está lo de su perro y ya ella o su muchacha lo echa al excusado. Es muy desagradable darse cuenta de que en la mayoría de los parques, los dueños y hasta los paseadores nunca recogen los excrementos de su mascota.

–En París, maestro Joel, cualquier paseante que olvide hacerlo acaba en la comisaría. Hace años, los franceses decían muchas veces al día “ merde” de tanto embarrársela en la suela de sus zapatos.

–Así es, en una ocasión, Elena, en el Parque Hundido andaba con 6 perritos. Levanté excrementos con la bolsita, fui al contenedor y la deposité con mucho cuidado y un caminante me reclamó: “Perdón, señor –repuse– pero así debe de ser”. Nos hicimos de palabras y, al llegar a mi casa, busqué una legislación de cómo recoger las heces y puedo asegurarle a cualquier juez que siempre lo he hecho a la perfección.

–¿Así es que usted sigue las reglas que impuso Marcelo Ebrard acerca de la basura orgánica e inorgánica?

–Al pie de la letra, aunque nunca he encontrado a un vigilante o policía que me diga algo porque siempre lo hago bien y ya me conocen.

–Así es, de que le encanta su oficio…

–Lo que más me gusta es la alegría con la que me reciben los perros. Ya parezco el personaje de Héctor Suárez, El mil-usos porque también toco música en las fiestas de fin de semana, aunque ahora por la pandemia nadie baila. Pasear a los perros es ahora mi fuente de ingresos. Otro paseador de perros que me saluda a diario, estudia veterinaria en la UNAM y con eso sostiene su carrera.

–Las colonias privilegiadas son una mina de oro…

–Antes sólo se paseaban perros en las zonas de ricos, ahora también los pasean en Tlalpan. La colonia Toriello Guerra, por ejemplo, es de clase media y ahí también hacemos falta. Creo que este oficio nació en Nueva York y me han dicho que algunos se han hecho multimillonarios. Yo no, pero con eso complemento el sueldo de mi mujer y otros gastos. Agradezco este empleo porque aparte de que hago ejercicio, tengo mucho tiempo para pensar, para escuchar música porque traigo los audífonos…

–¿No es peligroso?

–Realmente es un oficio que ya le encontré el gusto. Las cosas se van dando como se tienen que dar. Aparte de percibir ingresos, mi paseo matutino y vespertino me ha hecho ser mejor persona gracias a la convivencia con los perros. Son muy nobles.