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La torre de Villa de Cortés
C

uando se inauguró la línea 2 del Metro, el 14 de septiembre de 1970, el gobierno del entonces Distrito Federal con toda razón se sintió orgulloso de la obra, tanto por la importancia de la misma, como sistema popular de comunicación en la urbe que crecía, como por sus soluciones acertadas de seguridad y hasta por lo artístico de los íconos que distinguen a las estaciones; corría entonces sólo de Taxqueña a Pino Suárez, pero no mucho después creció y llega hoy hasta Cuatro Caminos, en los límites con el estado de México.

El primer tramo no cuenta ni con vías elevadas ni con túneles subterráneos, recorre la calzada de Tlalpan y la antigua avenida San Antonio Abad; pasa por territorio de tres circunscripciones, hoy alcaldías, Coyoacán, Benito Juárez y Cuauhtémoc; sustituyó a los tranvías que usé en mi adolescencia (esos fueron y siguen siendo mis rumbos) para ir de la colonia Álamos a la secundaria uno, en las calles de Regina y después a la prepa de San Ildefonso, en el antiguo barrio universitario.

Las estaciones están bien construidas. Se tuvo especial cuidado de que no hubiera sitios ocultos o difíciles de vigilar, no hay ángulos pronunciados ni esquinas que faciliten a los delincuentes esconderse; los íconos tienen su belleza, una trajinera estilizada para Nativitas, el perfil de un monje para San Antonio Abad, un cañón en General Anaya y un morrión español para la estación Villa de Cortés, la más cercana a la casa en que vivo desde hace muchos años.

Esta línea, eficaz y tranquila, ha dado poco de qué hablar: un accidente hace tres sexenios, ocasionado, según se dijo, porque fallaron los frenos con la lluvia que mojó las vías y no mucho más; salvo un programa sorpresivo de construcción de torres para poner oficinas, consultorios y negocios, que ha motivado quejas de los vecinos y aun protestas más drásticas, como un cierre de la calzada de Tlalpan por cerca de una hora; esto, provocado por la demolición de la estación de Villa de Cortés, entrada Oriente, por la invasión del parque aledaño que lleva el nombre de Victoria, por las obras primero apresuradas y luego continuadas con suma lentitud.

No está de más recordar que los vecinos de la zona no son dejados y se saben organizar; hace unos años, impidieron que se colocarán tuberías para el gas natural, negocio peligroso y no siempre lo mejor para los usuarios, que con él, se convierten en clientes cautivos de la compañía y se ven obligados a aceptar abusos y arbitrariedades.

El miércoles pasado La Jornada publicó una oportuna nota al respecto, elaborada por la reportera Sandra Hernández García, quien vuelve a poner el caso ante la opinión pública. Denuncia que el uso de la torre de ocho niveles, construidos por una empresa privada que la explotará por 10 años, mediante un permiso temporal revocable, por el que el gobierno capitalino, sólo recibirá la irrisoria cantidad de 45 mil pesos al mes.

Todo se inició durante el gobierno del actual senador Mancera, cuando a algún funcionario con mentalidad y formación público-privada, le pareció que había descubierto una mina de oro en aprovechar los espacios sobre Tlalpan, dos por cada una de las ocho estaciones, para construir torres con espacios para ser rentados y pagar una bicoca a la Tesorería de la ciudad.

Sin previo aviso, en 2016, dio inició la ejecución del plan, la demolición de la estación Villa de Cortés. Se improvisó un paso al anden del Metro con estructuras peligrosas, se invadió el parque Victoria para almacén de material de construcción, instalación de maquinaria y paso de trabajadores. Los vecinos protestaron de inmediato, por lo peligroso del paso, porque tanto Villa de Cortés como Nativitas son colonias habitacionales y no de oficinas, por la anunciada altura de la torre que excede lo permitido en la zona y por la falta de estacionamientos para los negocios que se instalen; también por lo mal planeado, por los accidentes frecuentes, uno, de un anciano que pereció en la escalera improvisada.

Cuando los vecinos investigaron a la empresa, dieron con el domicilio señalado en el PTR y encontraron una propiedad destartalada, sin oficina alguna y con un encargado que les dijo que él cuidaba el lugar y recibía correspondencia. Es decir opacidad, ventaja excesiva para la empresa privada y uso abusivo de un espacio público.

El parque Victoria es muy estimado por la población cercana, pero también por los peregrinos que constantemente se dirigen a la Basílica y que se detienen tradicionalmente en ese lugar, en el que además de una zona arbolada y juegos infantiles hay una bella fuente art nouveau, todo dañado sin ninguna consideración.

Parece que es la hora de que el actual gobierno tome cartas en el asunto e investigue sobre este negocio, que pretende extenderse a todo lo largo de la línea dos, clásico ejemplo de los negocios en los que emprendedores se benefician aprovechando bienes públicos.