Opinión
Ver día anteriorDomingo 28 de marzo de 2021Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Nuestra tragedia
M

ientras la furia de Morena amaina y dejan tranquilo al apabullado Instituto Nacional Electoral (INE), tratemos de afrontar lo que no necesita narrativas o ficciones sino reconocimiento pleno, sin ambages, de una realidad oprobiosa. Al hacerlo, podemos comprometernos a no buscar culpas ni culpables a modo de tamaña desgracia, al menos mientras no logremos poner en debida perspectiva el carácter de la problemática que la rodea y caracteriza.

Los agresivos comentarios presidenciales contra Lorenzo Córdova hacen a López Obrador reo de una falta grave no sólo a la etiqueta política que él se obstina en desconocer, sino al sentido común de la mayoría de los mexicanos a quienes el Presidente adjudica un alto grado de politización y sensibilidad política. En una sociedad tan asimétrica como la nuestra, lo menos que esos mexicanos del común esperan de sus gobernantes es un sentido claro de las proporciones para que, una vez desplegado como instrumento de relación social y conocimiento político, pueda traducirse en decisiones sensatas y capaces de abrir panoramas transitables de construcción o reconstrucción económica y social.

Ésta es una condición sin la cual el avance de la política y la lucha por el poder, por obtenerlo o mantenerlo, se vuelve ejercicio fútil y autodestructivo, generalmente acompañado de una violencia social que va erosionando no sólo el entendimiento comunitario, sino el orden democrático tan tortuosamente construido, como ha sido nuestro caso. Ya nos metimos a ese callejón: más de 100 candidatos asesinados es proscenio para una Semana Mayor teñida de rojo.

No hay sentido de las proporciones en el discurso del poder y el poderoso en turno, si sus energías y enjundias buscan arrinconar a un actor político cuyo papel es siempre auxiliar y de apoyo al sistema político y a quienes ocupan sus centros de decisión y poder constituido que es el caso del INE.

Para referirse a ese organismo se ha escogido la figura de árbitro; me temo que esta elección es desafortunada. El árbitro en la lucha por el poder o su ejercicio, legitimado en los procesos de construcción de la representatividad, es la Suprema Corte de Justicia de la Nación; no puede ser de otra forma. La Corte es depositaria de uno de los tres poderes de la unión y responsable de cuidar que la legalidad y en general las decisiones adoptadas en y para el gobierno del Estado, se apeguen a lo estipulado en la Constitución. Todos los demás órdenes de gobierno y las legislaturas, del Ejecutivo a la Judicatura, así como los órganos autónomos de que dispone el Estado para gobernar y gobernarse, deben apegarse a estos criterios y, a partir de ellos, ser evaluados por los ciudadanos y por los responsables de juzgar su apego estricto al derecho de sus acciones.

Supongo que, de seguir por aquí, me ganaría severa reprimenda de mis queridos amigos y colegas de la Facultad de Derecho o del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Espero que, en mi descargo, valga la angustia que me embarga el abuso desenfrenado de violencia verbal, que no otra cosa es el pretendido juicio político contra Lorenzo Córdova. Despropósito que se acompaña de una grotesca violencia conceptual y simbólica que soslaya o menosprecia nuestra cuestión social, abrumada de pobreza y desigualdad, ampliada y profundizada por el golpe al empleo y a los ingresos de millones de trabajadores que nos impuso el combate a la pandemia.

Situación desgraciada que reclama, o debería hacerlo, toda nuestra atención. Para desplegar acciones urgentes y extraordinarias a fin de sacar a millones de compatriotas de la inicua circunstancia en que se encuentran, hoy sin esperanza alguna y sin apoyos significativos desde el poder constituido o desde las cúpulas díscolas de una riqueza inconmovible.

Resulta agotador, desgastante, un discurso en el que la autocrítica no existe. Donde el debate es impensable y el irracional cada quien sus datos se impone. Una de las lacras de esta anomalía es la autocomplacencia que nubla la mirada, el triunfalismo que no ayuda a entender hasta qué punto la democracia mexicana vive tiempos de urgencia.

La tragedia social de México es brutal. No hay manera de edulcorarla. Empeñarse en matizar la desgracia no hará sino empedrar más rápido el camino del infierno, de la anomia y la furia, el rencor y la decepción.