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El PRI “no estaba muerto…
…A

ndaba de parranda”. La frase viene a cuento con la victoria del añejo Partido Revolucionario Institucional en las pasadas elecciones de los estados de Coahuila e Hidalgo.

Ante este resultado, que a muchos sorprendió, se han estado tejiendo diversas explicaciones, entre las cuales destaca la de una vecina de mi clasemediera colonia de Guadalajara, quien afirma tener pruebas suficientes de que el tricolor ha sido abanderado por la Virgen de Guadalupe para poner en su sitio a la 4T. No precisa, por cierto, cuál es ese sitio que le corresponde tener al movimiento que encabeza el propio Presidente de la República, pero me sospecho que la pía dama lo debe ubicar a pocas cuadras del infierno.

Lo que resulta cierto es que mi otrora joven y bella vecina andaba por estos parajes de Dios henchida de felicidad cuando los decentes del PAN –así les llamaba– ganaron las elecciones de Jalisco en 1995 y, más aún, cuando el preclaro Vicente Fox se convirtió en presidente de México, a fines del año 2000, dando comienzo a lo que la historia nacional ya registra como la docena trágica.

“Ahora sí van a ver lo que es el gobierno de gente decente…”, decía a voz en cuello por doquier.

Lo cierto es que la edad y los desfiguros de sus panistas le fueron aplacando los ánimos; y ya nos habíamos olvidado de ella, hasta que el lunes pasado me volvió a dirigir la palabra en un estado en verdad exultante. Para ella, el PRI ya no era “la cueva de indecentes…”, como lo había calificado tantas veces a fines del milenio pasado.

Aparte de la referencia a mi vecina, pienso que no debe perderse de vista que el PRI conserva estructura en verdad nacional que, si logra reponerse de los desfiguros y traiciones de Peña y su pandilla y deshacerse de muchos busca chambitas que tiene incrustados, mismos que han perdido totalmente de vista el nacionalismo revolucionario y sus principios. Éstos, a mi modo de ver, siguen siendo válidos todavía retocando algunos procedimientos, de manera que es posible que vuelva a tener por sí mismo una gran presencia en el panorama nacional.

El estado de postración en que quedó después de las elecciones de 2018, muy merecido por cierto, queda claramente representado con aquel discurso de Peña Nieto que, a pesar de haber llegado a la presidencia montado en el PRI, su gobierno traidor fue mayormente blanquiazul. Recuerdan que tuvo incluso la desvergüenza de declarar que el partido tenía que cambiar de colores, de nombre y de ideario… ¡cualquier cosa! Con los mismos términos lo secundaron aquel Ochoa Reza –quien fue su presidente– y la señora que también ostentó su cargo después, haciendo gala ambos de su patética ignorancia tanto de los estatutos como de la plataforma ideológica.

Eso es lo que hubiera querido aquella camarilla de traidores al partido y al país.

Si no olvidamos que un cúmulo de priístas, que se sintió decepcionado por habérsele impuesto a un candidato a la Presidencia de la República de filiación panista, votaron por López Obrador, cuyo discurso era el más parecido de todos al del PRI original y verdadero, podremos pensar que, si se recupera a sí mismo, podrá acrecentar el número de seguidores, a costa de votantes de Morena.

A la memoria de Jesús Reyes Heroles