Opinión
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El estante de lo insólito

Lou Reed: la rebelde inteligencia del lado salvaje

“I need a guru, I need some law Explain to me the things we saw Why it always comes to this It’s all downhill after the first kiss.”
Lou Reed. Modern Dance.

C

on su poesía, sus decires sobre lo que los perdedores dejan de vivir entre los destellos flamígeros de la élite exitosa. Con esa poesía del humo, la coladera siniestra, los corazones heridos, la sexualidad libre, las decepciones amorosas y la combatividad de la gente común. Con una voz que no era trueno ni terciopelo; con un rostro marcado de juventud ansiosa y, después, de arrugas recias como grafiti neoyorquino, Lou Reed ponía a pensar y a vibrar, con una conexión efectiva y glacial desde un escenario encendido, pero que no escanciaba discursos entre canciones; bastaba guiñar un ojo, señalar a la multitud, hacer un movimiento, un beso, un gesto, acaso, dar las gracias, que lo importante era la música y el momento. La experiencia de compartir entre amigos a los que no les importaban ciertas maldiciones en los versos, con el desgaste de aquello que en publicidad, televisión, limusinas, metales cromados y mesas lisérgicas, se le decía a todos que era el único camino reconocible del éxito. Reed siempre se plantó como quien seguía haciéndolo en la galera warholiana de La Factoría, nunca cercana a ser una de las estrellas roqueras de estadio, si bien los festivales y algunas colaboraciones lo pusieron entre monitores del tamaño de un barco. Con el rasgueo de una serenata interna, podía susurrar que algunas parejas viven en armonía y otras se gritan, en ese balance inalcanzable del espíritu.

The Velvet Underground

El taller de Andy Warhol fue factoría de maravillas, excesos, basura industrial, versos sin destino, películas de vanguardia (algunas), y gran alfombra roja de un mecenas negociador, intenso y complaciente, que puso en reflectores a algunos de verdadero genio, como la banda The Velvet Underground. Ellos eran un manifiesto de la calle metida al estudio, con su orgullo, su libertad creativa, su integridad a prueba de sustancias nocivas, su facha de bronca serena de madrugada y poesía con voces propias y de préstamo, como la de la alemana Nico, con quien grabaron su primer disco, aunque no del mejor humor. Con nueve años de trayectoria y muchas piezas duraderas, entregaron un clásico: Sweet Jane (muy usada para abrir o cerrar conciertos) y un puñado de rolas de época, como Pale Blue Eyes, I’ll Be Your Mirror o I’m Waiting for the Man. Se pelearon, se reconciliaron, grabaron de nuevo… Lou Reed tomó su camino y se hizo leyenda.

It’s a perfect day

Las letras de Reed pueden reunir muchos versos, no necesariamente con narrativa directa, no precisamente con el ritmo fácil musical dulce, cronista de muchos dolores y búsquedas, crítico, pero sin cinismo, al final complejo y distinto.

“Well for me time has no meaning,
no future, no past
And when you’re in love, you don’t
have to ask.”

Turning Time Around

Tuvo muchos y estupendos duetos, como los que hizo con el galés John Cale, su viejo colega cofundador de la Velvet Underground con melancólicos pasajes como, Nobody But You, mientras U2 (Reed fue una de sus más poderosas influencias) ponía en las pantallas al neoyorquino para hacer dueto de Satellite of Love. Otro de sus grandes éxitos masivos fue Perfect Day, canción que demolió cinéfilos con el Trainspotting de Danny Boyle (1996), si bien muchos lo ubicaban con precisión desde que Wim Wenders lo puso a tocar en Stay Faraway, So Close (1993). Con U2 tuvo además el encuentro de 1993, cuando la reunida Velvet Underground fue abridora de la banda irlandesa en Europa.

Muchos veneraron a Reed abiertamente, como la banda Metallica, con la que actuó en varias ocasiones, normalmente cantando Sweet Jane. Pero las colaboraciones no se limitan a la música en escena y estudio; en el cine, Reed hizo con el cineasta Julian Schnabel una cosa inusitada: filmar el concierto de su álbum de 1973 Berlin (2003), para una película como registro experimental con banda, coro, telón y pared de proyección, contiene la máxima energía de Lou, con transiciones como exposición colorida de negativo rayado en 16 mm. Es una memoria musical más que estimable.

Foto
Foto Ilustración Manjarrez / @Flores Manjarrez

Escenario

Lou Reed era un portento del accionar en vivo. Hizo grabaciones geniales en mútliples escenarios, lo que generó discos y videos hoy clásicos, como American Poet, Lou Reed Live, Take No Prisoners o Perfect Nigth in London. Normalmente, enfundado de negro con chamarra o gabardina de piel, con gafas oscuras o de aumento, con playeras pegadas que lucían sus atléticos brazos, un cuello de músculos y venas cruzadas, entreveradas, como reflejo de su disciplina de ejercicio, que no rehuía la fiesta pero distaba de las depresiones, como llamados de la muerte, como cuando escribió Heroin en los tiempos iniciáticos de la Velvet ( track de su álbum debut). También pudo parecer el veterano de guerra cerca del retiro mientras agotaba su agua mineral en escena, con la dureza de quien entendió todo antes de marcharse, que mantuvo su categoría de artista de ruptura, que no perdió la etiqueta de quien cuestionaba y reflexionaba sobre su lugar en la Tierra, la inquietud nacida en los hierros elevados de Nueva York, donde Romeo y Julieta podían ser una historia de maldiciones cristianas, uzi, policía muerto y Manhattan (como antigua Roma) metida en una bolsa de basura que se hunde, mientras los enamorados se desean y se tienen.

Grabó muchísimo y mantuvo una lírica elevada, en todo tipo de álbumes, enlistados como la tinta de la gloria, que nunca fue subterránea y tocó a un púbico amplio, aunque selecto en su búsqueda de discurso y vibraciones musicales. En trabajos como New York, Song for Drella, Magic and Loss, Ecstassy, Set The Twilight Reeling y el gran homenaje a Édgar Allan Poe en el espeso disco de 2003 The Raven (al poner voz y música al propio poema de Poe) Lou Reed se consagró poeta de los otros, figura de culto para quienes podían dejar los éxitos digeribles que se empacaban en dos versos y cuatro acordes, mientras los tracks de Reed tenían cosas de asombro como Vicious, Sad Song, Street Hassle, Here Comes the Bride o Tatters.

Eso llamado fama

Lou dio el discurso para recibir a Frank Zappa en el Salón de la Fama del Rocanrol en 1995. Lamentablemente, Frank no estaba vivo para recibir su premio. Cuando Patti Smith se hizo cargo de las palabras para recibir a Reed en el mismo recinto de leyendas en 2015, Lou Reed se había ido de este mundo. En el hoy mítico concierto del 21 de noviembre de 2000, en el teatro Metropólitan de la Ciudad de México, Reed tocó dos horas y media, culminando con par de encores en una seguidilla perfecta: Set the Twilight Reeling, Sweet Jane, Dirty Boulevard, Walk on the Wild Side y Perfect Day. Si hubiera placas por conciertos ilustres, la de Reed estaría ahí.

En 2013 se fue, lejos del camino salvaje, por la ruta de la satisfacción, la de quien dijo todo lo que debía, sin buscar su nombre en la piedra del recuerdo, sin concierto pendiente, sin deudas líricas, con las tensiones resueltas, con las canciones para el público apropiado, que no el correcto, ciertamente no el suficiente, ya quisiéramos que más buscaran densidad letrística y temas interesantes como los suyos, pero con la dignidad estoica de una obra completa. Las calles para los soñadores y poetas siguen concentrando vandalismo, oportunidad, sueños, hipnosis, siguen siendo una provocación; the walk side.

“Candy came from out on the
island
In the backroom, she was
everybody’s darlin’
But she never lost her head
Even when she was givin’ head
She says: ‘Hey babe, take a walk
on the wild side’.
Said: ‘Hey babe, take a walk on
the wild side’.”
Walk on the Wilde Side.