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En Chiapas, la pandemia pasa a último plano

Desplazados, entre el temor a paramilitares, al hambre y al Covid-19
 
Periódico La Jornada
Martes 19 de mayo de 2020, p. 9

En los Altos de Chiapas pareciera haber cosas más urgentes que la pandemia de Covid-19: hambre, miedo, enfermedades curables, respiratorias y digestivas; decenas de familias fuera de sus casas y parcelas, noches y días, semanas, meses. Tres son los lugares álgidos donde el sufrimiento de los expulsados es constante. Su común denominador son los agresores y la impunidad de que gozan estos grupos armados plenamente identificados, de tipo paramilitar, procedentes del municipio de Chenalhó.

Es el caso de unas 50 personas perseguidas con violencia en Los Chorros; pertenecen a Las Abejas Sociedad Civil y actualmente se refugian en el santuario (en ambos sentidos de la palabra) de Acteal. Los otros dos focos de exilio no resuelto y violencia activa son Aldama y diversas comunidades de Chalchihuitán. De ahí que los organismos civiles que los acompañan hablen de desplazamiento forzado interno para caracterizarlos.

Viven en condiciones precarias, entre la militarización creciente, siendo de por sí las regiones indígenas de Chiapas el territorio más militarizado del país. Ello no impide que las agresiones prosigan. Este lunes se registraron varias horas de balazos en Chalchihuitán para evitar que los desplazados se acercaran a sus tierras a trabajarlas.

Mayor acceso al refresco

La situación impuesta por la pandemia y la desatención jurídica y humanitaria del gobierno de Chiapas impactan de manera profunda en los desplazados. No tienen trabajo ni la posibilidad de cultivar alimentos. Durante la emergencia se han disparado los precios reales de maíz, arroz, frijol y demás alimentos básicos. Estas familias no cuentan con gallinas ni huevos y la Coca Cola les resulta más accesible que el agua.

Ante la escasez y carestía, y la situación de desplazamiento por violencia que enfrentan los pueblos tzotziles en los Altos de Chiapas, el Fideicomiso para la Salud de los Niños Indígenas de México (Fisanim), que impulsa la actriz Ofelia Medina, este fin de semana y ayer entregó maíz, arroz, sal y medicamentos en Acteal a los desplazados de Los Chorros, así como en los campamentos de Chalchihuitán.

La también activista describe a los desplazados cansados, deprimidos, sucios, sin ingresos y se pregunta si no es acaso más importante que los megaproyectos turísticos y viales del gobierno, un programa alimentario eficaz para 30 millones de personas. Durante 30 años Ofelia Medina ha combatido la desnutrición infantil y materna en Chiapas, Guerrero y otras regiones indígenas. En este momento, considera, lo más grave es la miseria extrema.

Aunque los casos de Covid-19 son escasos en el área, todos los observadores consultados coinciden en que el sistema de salud no está materialmente preparado para un brote, que sería letal para miles de indígenas en condiciones precarias. Gracias a donaciones de emergencia de particulares, el Fisanim entregó ayuda a los desplazados en Acteal y Chalchihuitán.

Los desplazados de esta última comunidad reiteraron ante el Fisanim que exigen la devolución de sus parcelas, reparación de los grandes daños materiales sufridos, así como desintegración y castigo de los grupos agresores.

En tanto, aunque el turismo y muchas actividades económicas se desplomaron por la pandemia, según testimonios de Medina y de residentes de San Cristóbal de Las Casas, los mercados están abiertos, la población no usa cubrebocas y se mueve relajadamente por las calles. En la plaza central, centenares de indígenas hacen fila, hasta por 10 horas, para recibir la limitada ayuda económica que proporciona el gobierno.