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Mar de historias

De júbilos y jubilaciones

I

dalia abre las tres cajitas donde colocó los regalos –unos guantes de lana, una chalina y una bufanda– y revisa minuciosamente los accesorios. Quiere asegurarse de que en ninguno haya quedado evidencia de que son obsequios que le hizo su familia en la última Navidad. Desde poco antes, adoptó la costumbre de guardar en el ropero los presentes que le dan y sólo elige alguno cuando tiene que hacer un regalito.

Sabe que un descuido en la práctica de los roperazos puede ser fatal. Una vez le regaló a Margarita en su cumpleaños la blusa que un año antes le había obsequiado su prima Lourdes. Todo estuvo bien hasta que la festejada, al desdoblar la prenda, vio caer un sobrecito. Lo abrió ansiosa de leer la tarjeta que de seguro contenía y que indudablemente era para ella.

Mientras, Idalia, por darle un toque más personal al obsequio, dijo: El azul malva te sienta muy bien; por eso, desde que vi la blusa en la tienda dije: esta preciosidad sólo puede ser para mi Magos. Su euforia se desvaneció cuando Margarita leyó en voz alta el mensaje: Para Idalia, más que una prima, una hermana. Lourdes.

II

Idalia intentó justificarse atribuyéndolo todo a que por la mañana, cuando sacó del clóset el regalo para Margarita, no llevaba puestos sus lentes, y como sin ellos ve muy mal, se equivocó. Tenía que disculparla y darle oportunidad de que le entregara la cuelga que había comprado para ella. La respuesta fue contundente: Por mí, ¡guárdatelo! A ti te hace más falta.

Después del bochornoso incidente, Margarita llamó a Rocina, Mercedes y Josefa –integrantes del pequeño grupo de amigas– y las puso al tanto de lo sucedido: para ella, una vil muestra de desprecio que ponía fin a su amistad con Idalia. Rocina le dijo que estaba haciendo una tempestad en un vaso de agua. Mercedes le reprochó su actitud: el mundo estaba padeciendo horrores y lo único que le dolía era haber recibido un roperazo.

Josefa fue más allá: le reclamó que no hiciera el mínimo esfuerzo por entender que, en su condición de pensionada, Idalia se veía obligada a vivir con un presupuesto muy reducido que no toleraba gastos extra. ¿Acaso no se había dado cuenta de que cuando iban a comer las cuatro Idalia sólo tomaba un plato fuerte y jamás postre o café?

A partir de su jubilación, además de imponerse total sobriedad, Idalia empezó a mostrar un ímpetu ecologista que antes no había tenido y resume para sí misma en una frase: Recíclalo todo, remiéndalo todo, consérvalo todo: en especial las amistades.

En ese aspecto ella está satisfecha. Ha conservado a todas sus amigas –excepto a Margarita– gracias a que, en el trato, concede mucha importancia a los destalles. Para no errar tiene una libreta con las fechas significativas para ellas, de modo que puede hacerles comentarios oportunos al respecto. A Mercedes, que lleva dos divorcios, la llama cada 4 de abril y 9 de diciembre –según ella las fechas de liberación– para saludarla, desearle que pronto encuentre un buen compañero y recordarle que, aunque no lo crea, la soledad también tiene sus encantos. Mercedes no lo duda, pero hasta el momento le ve dos desventajas a la soltería: no tener quien le suba el cierre ni quien le rasque la espalda.

III

La última en la fila para tomar el microbús, Idalia se entretiene mirando a los niños que llevan globos en forma de corazón, a las parejas que se abrazan para festejar el San Valentín, a las familias que van al restaurante. Ella y sus amigas, desde hace años, el Día del Amor y la Amistad reservan una mesa en La Concordia, hacia donde se dirige ahora.

El sol quema, la luz demasiado blanca lastima los ojos. Los claxonazos agobian. De pronto, en medio del ruido ensordecedor de la calle, se escucha un violín. El ejecutante es un hombre algo corpulento, moreno, de cabello y cejas muy abundantes y entrecanos. Idalia puede verle los ojos, brillantes y melancólicos, cuando el músico se detiene frente a ella en espera de la propina que amerita su música.

Algo cohibida por la apostura del músico, Idalia mete la mano en su bolsa y palpa un billete. Lo saca y al ponerlo en la mano del intérprete ve que no es el de veinte, sino el de cincuenta pesos que tenía apartado para contribuir con la propina en el restaurante. Siente el impulso de recuperar el billete y sustituirlo por el otro. Desiste al advertir el asombro con que el violinista mira la gratificación y la sonrisa luminosa, agradecida, que le dispensa antes de remprender su recorrido e inundar la calle con las notas de un hermoso vals.

IV

Al fin le llega el turno de abordar el microbús. Su viaje será breve y opta por quedarse junto a la puerta, donde nadie pueda testerear la bolsa con tres regalos. Alguien detrás de ella dice que va a dar la una, ¡es tardísimo! Para Idalia no, falta media hora para su cita. Saber que llegará a tiempo la enorgullece. Desde niña, en su casa le inculcaron el hábito de la puntualidad: conquista simpatías y abre puertas, aseguraba su padre.

Aparte de esa máxima, don Ignacio inventó muchas otras. Ella nunca ha dudado de que gracias a la constante actividad mental, su padre logró conservarse lúcido hasta el final; pero tiene mayor certeza desde que leyó en una revista médica que la calistenia intelectual es muy recomendable, sobre todo para las personas de la tercera edad y las jubiladas. Idalia nunca imaginó que llegaría el momento de verse en ese grupo. Deplora que su padre le haya heredado los pies planos, pero no el talento para inventar frases llenas de sabiduría, como esa que acaba de recordar acerca de la puntualidad. Abre puertas y conquista... Ay, Dios mío, chofer: ¡deténgase! Necesito bajarme.

V

Idalia lleva unos minutos caminando bajo el sol quemante, entre el gentío bullicioso que atesta la calle y le dificulta el paso. Se considera a salvo cuando al fin llega a La Concordia. Desde la puerta puede ver a sus amigas. Ocupan una mesa lateral. Visten los mismos trajes que el anterior Día de San Valentín, ríen tal vez del mismo chiste que se contaron hace un año o dos. Nada de eso importa: las quiere porque son así, porque son ellas, porque son sus amigas y podrá contarles el incidente con el violinista.