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Mar de historias

Abandonos

U

n fuerte olor a desinfectante inunda la perrera municipal. Es muy pequeña y el techo bajo amplifica un ensordecedor coro de ladridos. Eréndira, la secretaria, hace anotaciones en una libreta de tamaño oficio y comenta: Pobres animales. Ustedes ¿qué culpa tienen?

En la puerta aparece Iván. Lleva casco, guantes y rodilleras de motociclista.

–Se me hizo tardísimo. ¿Empiezo o espero al doc?

–¡Qué bárbaro! Me lo preguntas como si no te importara la vida de estos animales.

–No son míos –replica Iván observando las jaulas donde los perros ladran, saltan y arañan con sus patas la tela metálica que los aísla. –¿Te digo una cosa? Me parece un desperdicio ponerlos a dormir. Por algunos, como aquel labrador, darían una muy buena feria... Ay, no me mires tan feo: era broma.

–Ya lo sé, pero de todos modos no me gustó lo que dijiste. –Va hacia el galerón donde están los perros enjaulados, enloquecidos a causa del hacinamiento y el encierro: –Si estuviera en mi mano les abriría la puerta para que se fueran a la calle.

–Tarde o temprano volverían a atraparlos.

–Pero no a todos. Los conozco bien: aparte de ser muy nobles, son muy listos. Estoy segura de que saben por qué los trajeron.

II

–¿Cuánto tiempo llevas en esto?

–Cuatro años y todavía me sigue doliendo el destino de los perros que son atrapados y los traen a estas instalaciones. Mi mamá dice que sufro mucho y que mejor busque otra chamba. No puedo: me gusta cuidar a los perros y tratarlos con cariño mientras les llega la hora. Hablo en serio: mi trabajo me encanta aunque la situación haya cambiado mucho.

–¿En qué sentido?

–Antes llegaban aquí personas con perritos extraviados. Buscándolos, sus dueños venían a preguntar por ellos y se los entregábamos con mucho gusto. Los que no eran reclamados por nadie, con el dolor de nuestro corazón, teníamos que ponerlos a dormir.

–La cosa sigue igual.

–No, perdóname. Llevas poco tiempo aquí pero te habrás dado cuenta de situaciones que antes no se daban: de un tiempo para acá, quienes traen a los perros para que los sacrifiquemos son sus mismos dueños. Odio que me pregunten si la inyección duele o si la muerte será rápida, pero lo que más me enfurece es que se pongan a llorar y a pedir perdón en el momento de la despedida. Si quieren tanto a sus mascotas, ¿por qué los traen a morir?, les pregunto.

–¿Qué te dicen?

–Me salen con que ya no tienen tiempo para sacarlos o que ya crecieron demasiado y no hay espacio para ellas en la casa. Muchos me confiesan que están en el desempleo y no pueden mantener a su perro.

–No sé qué ganas con meterte si sabes que no hay nada qué hacer... ¿Qué pasa? ¿De qué te ríes?

–Recordé que hace como quince días, cuando estabas de vacaciones, vino un señor con su perrito Divino. Quería que lo pusiéramos a dormir porque agarró la mala costumbre de robarse la ropa interior de su esposa y desgarrarla. Eso, comprenderás, molestaba muchísimo a la señora.

–Le doy la razón. Imagínate: andar por el mundo sin calzones. Y ya viene el invierno. –Iván mira su reloj: –Dejé mi moto en el tallercito. Quiero ver cómo va la compostura. Si llega el doc me llamas a mi cel.

III

Eréndira lee en su computadora el registro de los perros llegados en la última semana: comprobar que fueron nueve la desalienta y se pregunta cuántos más serán la próxima. Carreras y gritos en la calle la inquietan. Rápido se dirige a la puerta. Al abrirla ve una cachorrita, blanca y manchada de ocre, que apenas puede sostenerse.

–Canijos escuincles: la abandonaron, y eso que acaba de pasar el Día de los Animales. –Eréndira busca acariciar a la cachorra, pero ella retrocede y cae: –¿Ves lo que te pasa por miedosa? Pobrecita: has de tener hambre. Espérame aquí, voy a traerte agua y comida.

La secretaria se dirige a la bodega donde hay arneses, tambos y costales de croquetas. Toma un puñoy al echarlo en un plato ve junto a ella a la recién llegada:

–Te dije que me esperaras –le murmura Eréndira al tiempo que la levanta: –Pesas bien poquito, como si fueras una pluma blanca. Ay, qué bien: te llamaré Pluma Blanca.

Iván está de vuelta y al encontrar a su compañera con la cachorra en brazos, queda sorprendido:

–Órale... A esa cosa, ¿te la trajeron sola en la camioneta o con otros perros?

–No. La dejaron abandonada en la puerta; y, por favor, no le digas cosa: llámala Pluma Blanca.

–Mientras viva, y no creo que sea por mucho tiempo. Hoy va a haber... –Finge inyectarse un brazo y enseguida, como disculpándose por la brutalidad de su gesto, acaricia a Pluma Blanca: –Aunque flaca y mugrosa, de veras que estás linda. Lástima que te hayan traído aquí en vez de a un sitio más seguro para ti.

–Iván, ¿por qué no te la llevas a tu casa?

–No puedo. Mi chava es alérgica a los animales, por eso tuve que deshacerme de Rufo, mi gato.

–Cuando yo era niña me sucedió algo parecido: una huésped que teníamos hizo que mi mamá echara de la casa a Motita: según ella, los pelos de la perra la hacían estornudar demasiado. Odié a la vieja y extrañé a mi perrita con desesperación. Nunca volvió. Ojalá que no la hayan metido en un sitio como este... A veces sueño que la veo atorada entre raíces, con las patas rotas, y quese va deshaciendo sin que pueda ayudarla a pesar de...

–¿Por qué te callas?

–Se me acaba de ocurrir algo: ya que en mis sueños nunca puedo salvar a Motita, en la vida real lo haré con Pluma Blanca: me la llevo a mi casa. Allí nadie la pondrá a dormir y si se duerme será porque le da la gana y por el gusto de soñar su magnífica vida de perro.