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Las Ilíadas de las mujeres
L

os numerosos comentaristas de los poemas homéricos han concluido a lo largo ya de milenios que se trata de palimpsestos de cantos, relatos y mitos rescritos, ajustados, reinventados por manos irreconocibles. Son, pues, un producto colectivo de las eras helénicas. Esto permite concluir, al tenor de la nueva sensibilidad, o la nueva conciencia, que desde siempre la mujer fue nigger of the world. Pedro Henríquez Ureña señalaba, además, su impronta en todos los cantos épicos de Occidente. En términos actuales resultan machistas y violentos a un grado que el plural Homero no tuvo, pues su sutileza sigue insuperable. Y su belicismo no es propaganda, permanece como una cátedra de buen periodismo, al igual que Herodoto. A Hesíodo, el de Trabajos y días, también debemos un fascinante Catálogo de las mujeres.

La pensadora ucranio-francesa Rachel Bespaloff buscó la huella en los relatos bíblicos y el cristianismo. Sólo que ni la Ilíada ni la Odisea, anteriores al sentido de la culpa, se usaron para inventar religiones y, de algún modo, ella misma lo señala, se burlan de esos dioses demasiado humanos. Habla de la comedia de los dioses. Bueno, existe una parodia antigua, la Batracomiomaquia. Nada nuevo bajo el sol. Hoy resulta fácil cargar la tinta del machismo en la Ilíada. Su riqueza es mayor. Alfonso Reyes nos recuerda que los ideales homéricos son un inventario de valores para nuestra civilización, por la ausencia de complicaciones y motivaciones enfermizas. Su moralidad no se encamina tanto a ganar el favor divino cuanto a conservar la dignidad humana sobre la base de la razón y el bien social. Por ello, la renovada lectura del poema es tan estimulante: tiene lugar para la dignidad y la calidad humana de las mujeres, más que casi toda la posterior literatura épica y mítica.

Mientras Simone Weil lee la Ilíada como unos desastres de la guerra goyescos, Rachel Bespaloff, también impresionada por Goya, analiza las sinrazones de los dioses y el inapelable destino de los hombres y las mujeres que sirven de entretenimiento a unas divinidades aquejadas de aburrimiento, prebíblicas, irresponsables.

Bespaloff equipara a Homero con Tolstoi. La guerra y la paz tendría la sabia serenidad de la Ilíada. Y Ana Karenina sería la nueva Helena, atrapada por el destino. Homero es tan implacable con Helena como lo es Tolstoi con Anna. De la bella hija de Leda, raptada por el iluso Paris, ofrece un retrato extraordinario, de lo mejor en su ensayo Sobre la Ilíada.

Si es el poema de la fuerza según Weil (algo que Bespaloff desestima), no olvidemos que, como admite Joseph Conrad en aparente perogrullada, la fuerza nace de la debilidad de los otros: es meramente relativa. Un cambio en la correlación de estas fuerzas, que no necesariamente han de ser físicas, nos está obligando a reconsiderar los llamados paradigmas, esto es, nuestros hábitos éticos, los pretextos patriarcales, la degradación sostenida de la mujer en lo físico, mítico, histórico, semántico. Y si el poema homérico pudo ser visto como un teatro de la sumisión y el sacrificio femenino, y se asume que esa asimetría milenaria es ya inaceptable, sería señal de que algo estamos aprendiendo.

Por lo demás, escribe Luis Miguel Aguilar en sus extravagantes cuentas de la Ilíada (algo que sólo una mente tan peculiar como la suya para la observación literaria podría acometer con puntería ¡en un poema!), “Una mujer es ocho bueyes más barata / que un trípode en la Ilíada: / Una mujer ‘en lo alto valorada / y diestra en muchas artes y labores’ / vale cuatro bueyes en la Ilíada”. Y añade: Por cierto, / un buey costaba / ocho y medio gramos de oro (Las cuentas de la Ilíada y otras cuentas, UAM, México, 2009).

El poemario de Ethel Krauze La otra Ilíada (2016, recientemente llevado al teatro en Chihuahua) hace una apropiación doméstica, radicalmente sencilla, de la guerra diaria de las mujeres.

Traslada a ellas la rabia de Aquiles, el esfuerzo de los héroes, la tragedia hereditaria de los linajes (te acompaña la sangre de tu madre y de tu abuela). El resultado es iluminador: Toda la casa es una Ilíada, / es tu Ilíada, / tu personal batalla contra el enemigo: / tu destino de polvo, mugre y chinches, / te avalan el trapeador, la escoba, la cubeta, / te cubren el delantal, la jerga y el plumero.

Hoy, con la masculinidad en crisis, el heroísmo está en otra parte.