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Falleció Agnès Varda, la única cineasta de la nueva ola francesa

En la pasada Berlinale presentó su último documental

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▲ La realizadora de origen francés y griego posa en imagen de 2017 con el Óscar por su trayectoria.Foto Afp
 
Periódico La Jornada
Sábado 30 de marzo de 2019, p. 5

París. Caracterizada por su peculiar corte de pelo y su amor por las papas en forma de corazón, Agnès Varda fue una figura emblemática del cine independiente francés, a la vez poética y comprometida, fuente de inspiración para muchos artistas.

Única representante femenina de la Nouvelle Vague, quien fue compañera, durante 30 años del cineasta Jacques Demy, falleció este viernes a los 90 años.

Consagrada con un Óscar honorífico en 2017, Varda deja una filmografía marcada por un interés genuino hacia el ser humano y una originalidad ubicada entre el documental, la ficción y la autobiografía.

El año pasado en la alfombra roja de Cannes, junto a Cate Blanchett, encabezó a un numeroso grupo de actrices y productoras para abogar por la igualdad salarial, reafirmando su estatuto de icono del séptimo arte. Infatigable, trabajó hasta el final de su vida y el mes pasado presentó un documental autobiográfico en el Festival de Berlín.

A los 88 años, la también fotógrafa y artista plástica, había retomado la carretera con el artista JR, medio siglo más joven que ella, para filmar lugares olvidados de Francia para su documental Caras y lugares, que le valió una nominación a los Óscares.

Nacida el 30 de mayo de 1928 en Bruselas, de madre francesa y padre griego, Arlette (su verdadero nombre) comenzó primero una carrera de fotógrafa, después de cursar estudios de arte en París.

Para su primer filme, en 1954, La pointe courte, contó con pocos recursos y ninguna cultura cinematográfica (afirmaba sólo haber visto hasta entonces una decena de películas).

El largometraje, con el actor Philippe Noiret y Alain Resnais en el montaje, está considerado precursor de la Nouvelle Vague (nueva ola francesa), que sacudiría el séptimo arte cinco años después de su estreno.

Después de tres cortometrajes poéticos, Varda firmó en 1962 Cleo, de 5 a 7, conmovedora deambulación por París de una joven que espera unos resultados médicos decisivos.

Mi apuesta era mostrar cómo esta mujer tan coqueta, narcisista, se transforma en 90 minutos, pues está filmada en tiempo real. Su miedo a tener cáncer la despierta, resumía.

Madonna, fan de la película, durante un tiempo quiso interpretar el papel en una nueva versión, aunque el proyecto nunca se concretó.

Cineasta comprometida, Varda rodó varios documentales políticos como Hola, cubanos (1963), Black Panthers (1968) o el filme colectivo Loin du Vietnam (1967). Se sumó además a la causa feminista con Una canta, la otra no (1977), sobre el aborto.

Filmando a una artista hippie en San Francisco (Tío Yanco, 1967) o a los muralistas de Los Ángeles (Mur Murs, 1981), la cineasta siempre dio muestras de tener gran curiosidad por los demás.

A la vez, construyó a una diversa galería de retratos, desde sus amigos artistas hasta las viudas de la isla francesa de Noirmoutier.

Su vertiente social se expresó en particular en Sin techo ni ley, León de Oro en Venecia en 1985, un largo flash back que recorre los últimos días de una joven marginal, hallada muerta de frío.

Con Los espigadores y la espigadora (2000), Varda ilustró a los pobres que recuperan en los campos y los mercados las verduras olvidadas o no vendidas; fue ocasión para enfocar con los proyectores la papa, el comestible más modesto, más pobre, el que no se mira.

En 2008, rindió homenaje a las playas de su vida y al más querido de los muertos, Jacques Demy, en la cinta Las playas de Agnès, que recibió el César, premio de cine francés, al mejor documental.

El anterior es un autorretrato que muestra las playas de Bélgica de su infancia, las de California y Noirmoutier, donde iba de vacaciones. Las últimas imágenes la muestran sola, en una silla, salpicada por las olas.

A su compañero fallecido en 1990, director de Las señoritas de Rochefort, Varda le consagró una trilogía. Tuvieron un hijo, Mathieu Demy, convertido en actor, y Rosalie Varda, adoptada por Demy, quien trabaja actualmente en la empresa que gestiona los filmes de sus padres.

Varda recibió en 2015 una Palma de honor en el Festival de Cannes por su trayectoria.

En febrero pasado presentó en la Berlinale su último documental, Varda por Agnès, al que consideraba una forma de decir adiós.