Opinión
Ver día anteriorDomingo 10 de marzo de 2019Ver día siguienteEdiciones anteriores
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En los pasillos
E

l interminable vals de un cortejo amoroso. Para Christian (Franz Rogowski), ex presidiario recién contratado como operador de un carro montacargas en un supermercado, la vida termina cuando sale de su centro de trabajo. En ese espacio industrial y mercantil, en apariencia inhóspito, ese joven introvertido y taciturno ha encontrado una nueva razón de ser, un supervisor paternalista, un oficio rutinario pero desafiante, y sobre todo la empatía afectiva con Marion (Sandra Hüller), una colega simpática y seductora de la que Christian comienza a enamorarse. En los pasillos (In den Gängen, 2018), de Thomas Stuber (Herbert, 2015), joven realizador nacido en la ex República Democrática Alemana, combina de un modo sutil y preciso los resortes de la comedia romántica y la radiografía de un mundo laboral en el que aún permea la nostalgia por un orden social en parte desaparecido o desfigurado con la reunificación territorial y política de Alemania.

Ese inmenso hangar, a la vez supermercado y depósito de mercancías y alimentos, en el que transcurre la cinta, es la metáfora perfecta del nuevo mundo consumista al que los obreros y camioneros del viejo régimen comunista intentan aclimatarse con una mezcla de regocijo por la faena bien realizada y de melancolía por una vida anterior en la que todo parecía resuelto de antemano, desde la seguridad social hasta cierta armonía en las relaciones humanas. Lo novedoso en la aproximación narrativa del realizador y su guionista Clemens Meyer es que para señalar el gusto agridulce de esos sentimientos encontrados (euforia por un mundo nuevo, compleja añoranza por el antiguo), no se precisa ser muy explícito ni recurrir al expediente de la denuncia social. Basta señalar el carácter impersonal y frío de esos pasillos de la abundancia y el desperdicio capitalista, y añadir la imagen elocuente de la pareja romántica encerrada en ese rincón de productos congelados familiarmente conocido como Siberia, enfundados en ropas de invierno y preguntándose qué pasaría si por un azar tuvieran que quedar encerrados ahí para siempre. O reconocer la desesperación de un hombre que habiendo alcanzado el grado máximo de satisfacción profesional y el cálido reconocimiento de sus colegas, elige de modo inexplicable poner fin a sus días. O la antigua trayectoria de vandalismo del joven Christian en el país de la democracia y la prosperidad. O la violencia de género que convierte a Marion, esposa maltratada, en un ser de enorme fragilidad anímica que sólo puede reconocer en el novato Christian una suerte de cómplice emocional, un alma gemela.

Ante esa realidad casi inexpresable e inasible de desasosiego moral, la cinta de Stuber ofrece una bocanada de frescura y todo un impulso poético. En los pasillos del hipermercado se escuchan, sorprendentemente, ritmos de rock y de blues, y una música clásica, Bach o Strauss, que acompaña las rutinas laborales, desde la mecánica de los carros montacargas cuyo manejo exige una precisión maestra hasta la minuciosa organización de una enorme variedad de pastas italianas. No hay mayor rastro de clientes en los pasillos, tampoco en las cajas registradoras. La acción transcurre durante esas horas de una actividad anónima e incesante anterior a la apertura del almacén. Y en ese tiempo suspendido se dan cita, en un microcosmos de la sociedad industrial germana, las emociones más disímbolas y complementarias, la solidaridad afectiva de una gran familia laboral; la añoranza, despojada de rencor social, por los tiempos pasados que no necesariamente fueron mejores; el humor entre colegas como estrategia para mantener a raya la depresión o el hastío; el alborozo colectivo por todas las ocasiones de festejo, como la Navidad, aquí omnipresente; el orgullo por la destreza en el manejo de los mecanismos más complejos de la empresa; y como punto máximo del relato, el vals interminable de ese cortejo amoroso al que se libran con un pudor impresionante y raro el tímido joven Christian (notable ya en la cinta En tránsito, Petzold, 2018) y su esquiva y tentadora Marion (formidable protagonista de Toni Erdmann, de Maren Aden, 2016). La cinta que muchos medios presentan como cuento de hadas contemporáneo es posiblemente eso, pero también algo más provocador y estimulante: la posibilidad poética de afirmar a contracorriente de la creciente despersonalización en el orden neoliberal moderno, la originalidad y plenitud de toda inocencia amorosa.

Se exhibe en la sala 7 de la Cineteca Nacional. 21 horas.

Twitter: Carlos.Bonfil1